• 20 febrero, 2009

 

Es la discusión del momento en Washington. ¿Qué rol deben tener los think tanks en la elaboración de las políticas que impulse la renovada gestión de Obama? Después de todo, se trata de una industria poderosa, que recibe casi 35 mil millones de dólares en donaciones ciudadanas.



En el contexto de la actual crisis económica y la nueva administración Obama, ha surgido en Washington un intenso debate sobre el rol de los grupos filantrópicos y de las organizaciones no gubernamentales en la ejecución de políticas públicas y combate contra la pobreza.

Las organizaciones sin fines de lucro son una creciente fuerza económica. Según muestran las estadísticas, uno de cada 10 miembros de la fuerza laboral americana trabaja en esas organizaciones, y los americanos donan aproximadamente 300 mil millones de dólares anuales a instituciones filantrópicas, un número más elevado que el producto bruto de la mayoría de las económicas de América latina. El 89% de los americanos realiza donaciones monetarias todos los años y un 44% de adultos dona su trabajo en una proporción equivalente a 9 millones de posiciones laborales de tiempo completo.

A su vez, la filantropía en Estados Unidos no sólo es una poderosa fuerza en términos de donaciones para acciones sociales, sino también de suma influencia en la definición de políticas públicas y de relaciones internaciones.

Así, por ejemplo, la ciudadanía americana dona al exterior más que los programas de ayuda del gobierno federal. De acuerdo con la institución Giving USA, en el año 2006, el último del que se tienen estadísticas, los ciudadanos estadounidenses donaron 34,8 mil millones de dólares a organizaciones que trabajan en países en desarrollo. Esto representa un 48% más que los fondos aportados por el gobierno, que fueron de 23,5 mil millones.

Dentro de este mundo de la filantropía, se encuentra la crecientemente poderosa industria de los think tanks, o institutos de pensamiento, que son actores cada vez más fuertes en el proceso de políticas públicas en Washington. Muchos los llaman “gobiernos en espera”, ya que los presidentes y congresistas los consultan al momento de definir políticas y son una de las principales fuentes de reclutamiento de funcionarios y staffers. Son, además, los que conectan el conocimiento y el análisis científico universitario con la acción y las propuestas concretas.

Un buen ejemplo es el Center for American Progress, que fundó John Podestá, ex jefe de gabinete en la Casa Blanca de Bill Clinton y que lideró el período de transición de Obama y aportó más de 20 de sus miembros a posiciones en el nuevo gobierno demócrata, a la vez que trabajó durante el año pasado en el diseño de varios de los planes de campaña.

Recientemente se presentó en Washington el primer índice de think tanks, publicado por la revista Foreign Policy, el cual reportó que existen 5.500 institutos de este tipo en 170 países. El estudio fue liderado por James McGann, un reconocido experto en la materia, que dirige el Think Tank and Civil Societies Program en la Universidad de Pennsylvania. De acuerdo al estudio, los que más infl uyen en Washington son el Brookings Institute, con un presupuesto de más de 60 millones de dólares al año; el Council on Foreign Relations, basado en Nueva York, con 38 millones de dólares; el Carnegie Endowment for International Peace, con 22 millones; la Heritage Foundation, con 48 millones; el Human Rights Watch, con 35 millones; el Woodrow Wilson Center, con 34,5 millones; el Center for Strategic and International Studies (CSIS), con 29 millones, y la Rand Corporation (basada en California), con 250 millones de dólares de presupuesto anual.

En el contexto de la actual crisis económica y de diversos paquetes de estímulos y aumento de programas sociales, las organizaciones filantrópicas de todo tipo están buscando más influencia en Washington, tanto en la definición de políticas como en la administración de programas gubernamentales. La victoria de Obama ha generado enormes expectativas en este sentido, ya que prometió durante su campaña dar un mayor espacio a las organizaciones comunitarias, siendo que él mismo trabajó varios años como líder de una de ellas en Chicago.

Algunos están sugiriendo la creación de una oficina en la Casa Blanca que funcione de liaison con grupos como America Forward, el National Council of Nonprofits o Philantrophy Roundtable, que agrupan organizaciones no gubernamentales en todo el país. Otras prefieren mantenerse lejos del financiamiento del gobierno, ya que condicionaría su trabajo, y algunos sugieren que el estado federal debería formar un órgano consultivo con líderes de instituciones filantrópicas de todo el país. Cualquiera de los modelos podría representar un buen ejemplo para mejorar el proceso de políticas públicas en América latina, incorporando mayor investigación, voces y actores al debate local.