La nueva película chilena de Luis Vera. POR HECTOR SOTO Metaforones O el dudoso arte de decir una cosa por otra. En sus últimos años, cuando ya era una figura muy decadente y un pintarrajeado remedo de sí misma, Mae West comenzaba sus presentaciones del show Catalina, la grande diciendo que la zarina había tenido […]

  • 18 mayo, 2007

La nueva película chilena de Luis Vera.
POR HECTOR SOTO

Metaforones

O el dudoso arte de decir una cosa por otra.

En sus últimos años, cuando ya era una figura muy decadente y un pintarrajeado remedo de sí misma, Mae West comenzaba sus presentaciones del show Catalina, la grande diciendo que la zarina había tenido algo así como unos 3 mil amantes en sus 30 y tantos años de reinado. Pues bien, decía la diva, con su voz pastosa y sus ojos entornados, yo trataré de hacer lo mismo en los 90 minutos que vienen. Hora y media duraba su espectáculo. Qué desafío.

Me acordé de la anécdota viendo Fiestapatria, la nueva película chilena, donde Luis Vera, autor de una de las mejores películas chilenas de los últimos años, Bastardos del paraíso, mete en una sucedida celebración familiar –el “18” en el campo y el compromiso matrimonial de la hija de un uniformado con el hijo de un concertacionista que se colocó relativamente bien en los nuevos tiempos– los dilemas y tensiones, los exabruptos y temores, los traumas y “transacas” de los quince años transición política chilena. Que estuviera todo. Que no faltara nada. Qué agote.

Estirando hasta el infi nito el elástico del discurso metafórico –que en este caso, por lo demás, se corta antes de los 15 minutos de proyección– Fiestapatria describe en términos un poco patéticos las limitaciones de esos relatos en clave que cuentan una cosa pero en realidad están hablando de otra. Al menos en cine, las metáforas suelen ser sapos defi nitivamente intragables. No solo son un pie forzado que ni la mejor ortopedia cinematográfi ca puede aliviar. Son a estas alturas también una expresión suprema del kitsch. El metaforón, por lo general, constituye una negación impía
del enorme poder testimonial que tienen las imágenes. Dicho más crudamente, es la renuncia a lo mejor que el cine puede ofrecer. En las película “cifradas” lo que se muestra al fi nal importa un carajo. Lo que realmente importa, cuenta y debe hacer poner los ojos en blanco es aquello que no se muestra pero que está en el centro del planteamiento que la cinta está haciendo. Haciendo con mucha “inteligencia”, por supuesto.

Pelotudeces, desde luego. La pregunta obvia es qué sentido pueden tener estas transferencias, sobre todo cuando terminan imponiéndole a los personajes unas camisas de fuerza que, además de restarles misterio y espontaneidad, les amputan cualquier posibilidad de autonomía dramática y moral. Los personajes son títeres digitados por un mecanismo que opera y funciona en otro plano y cuya suerte no se decide en la puesta escena sino en el suprarrelato ideológico, político o histórico al cual debe someterse servilmente.

Creo que las películas metafóricas están entre las grandes penalidades de este tiempo. Incluso una película que vi con fascinación y recogimiento la primera vez, Caché, se me empezó a desarmar cuando en una segunda mirada olfateé el hedor pestilente de la metáfora. Porque Hanecke no estaba contando la historia de un tipo que termina colapsando tras sentirse acosado por la mirada no sabe de quién sino que estaba hablando –pónganse de pie y atinen ustedes, los despistados de este mundo– de la Europa culturalmente desgarrada por corrientes migratorias que ha condenado
a la exclusión. En el primer piso Caché es una cinta provocativa e inteligente. En el segundo, en cambio, un ladrillazo con poquísimo misterio y cero matiz.

Okey, hay películas que pueden ser estupendas metáforas. Pero ex post, no porque hayan sido construidas como tales. ¿Quién se puede sentir molesto, por ejemplo, cuando alguien dice que A la hora señalada es un verdadero monumento al aislacionismo norteamericano? Sin embargo, ¿fue con ese hilo que Fred Zinnemann dio su puntada? Las pinzas. Por cierto que no. La suya era una película que paraba por sí misma, que no era “ilustración” de nada y que tampoco requería de muletas para caminar. Bueno, era cine.