El Guggenheim de la ciudad –concebido por Frank Gehry– cumple diez años de vida. Y la celebración es en grande, al reivindicar en una muestra portentosa el trabajo del alemán Anselm Kiefer, uno de los grandes artistas vivos de la segunda mitad del siglo XX. Por Luisa Ulibarri. Cuando hemos crecido al amparo de una […]

  • 18 mayo, 2007

El Guggenheim de la ciudad –concebido por Frank Gehry– cumple diez años de vida. Y la celebración es en grande, al reivindicar en una muestra portentosa el trabajo del alemán Anselm Kiefer, uno de los grandes artistas vivos de la segunda mitad del siglo XX.
Por Luisa Ulibarri.

Cuando hemos crecido al amparo de una concepción de la historia del arte occidental del siglo 20, donde los maestros solo procedían del impresionismo parisino –o de una emergente escena neoyorkina habitada por creadores de diversos orígenes y nacionalidades–, hablar de la pintura alemana como referente es cambiar absolutamente el eje de la mirada en esta historia: pocos saben que esta pintura puede ser la más perfecta síntesis de una visión de mundo integradora y multifacética, en la historia de un país fracturado en buena parte del pasado siglo. Que está tamizada de ópera wagneriana con potentes infl uencias filosóficas de Nietzsche, Heidegger. Que la presencia humana es casi puro reflejo y recuerdo de los acontecimientos que hasta hoy marcaron a esa nación. Y que, en pintura o ruptura, en soporte plano o volumétrico, en miniatura o inmenso formato, expresa con poesía y desolada belleza la más absoluta soledad o desamparo, así como un anhelo de trascendencia y búsqueda de salvación de contornos desgarradores.

Muchos de estos elementos se encuentran en la obra de Joseph Beuys, Gerard Richter, Julian Schnabel, Sigmar Polke y, fundamentalmente, Anselm Kiefer (1945) con quien el Museo Guggenheim de Bilbao está celebrando este 2007 –a través de una contundente exposición inaugurada a fines de marzo y que permanecerá hasta el 3 de septiembre– sus primeros diez años de existencia. No es casualidad que el polémico museo deconstructivista, de volúmenes escultóricos interconectados, de muros ortogonales o curvados y recubiertos de titanio y piedra caliza creados por el arquitecto norteamericano Frank Gehry, haya dedicado una de su salas permanentes a Kiefer, quien, en este aniversario, se convierte en artista eje del museo. La muestra agrega obras de esta década, sus proverbiales series temáticas, más una pintura de gran escala hecha para la ocasión y emplazada en el atrio de este museo, situado a nivel de la ría (desembocadura) del Nervión, varios metros bajo la
cota de la ciudad vasca de Bilbao.

Tanto la celebración de la década del Guggenheim Bilbao como su consagración a la obra de Anselm Kiefer por seis meses proponen un diálogo desafiante entre arquitectura y arte provocador, y una suerte de bocato di cardinale del que difícilmente los amantes de la visualidad contemporánea podemos escapar.

Por un lado está la génesis y espectacularidad de este Guggenheim, nacido codo a codo con las administraciones vascas para contribuir a la llamada“regeneración” de la estructura económica de Bilbao. Uno de los principales propósitos del proyecto fue rescatar el área metropolitana para los efectos de la reurbanización de la ciudad. Obviamente, la provocadora forma arquitectónica del museo no ha estado libre de críticas ya que, en muchos círculos, la arquitectura de Gehry es vista como un alarde de exhibicionismo y gratuidad.

Por otro, están el coleccionismo de la Fundación Guggenheim y la majestad de la obra de Kiefer, situada –como el mismo artista lo ha dicho– “entre el cielo y la tierra, pero por sobre todas las cosas en el océano como constante fuente de regeneración en la línea estrepitosa de sus olas y de un horizonte impertérrito en su linealidad”.

Semejante encuentro no pudo producirse en mejor lugar que Bilbao. Aquí todo invita a un debate sobre la postmodernidad. Conocí las primeras obras significativas de Kiefer en el MoMa de Nueva York durante la década de los 80-90 y, con más detención, el año 2003, en el hoy desaparecido Hamburger Banhof Museo de Berlín, levantado sobre la antigua estación de trenes que unía a esta ciudad con Hamburgo. También pude ver su obras Lilith, Parsifal y The Rhin –entre otras– en una visita a la Tate Modern de Londres, en 2005.

Nunca antes paisaje y figura, materia y esencia pictórica, historia y tiempo en la Alemania post-nazi, y cierta espiritualidad vertical nutrida un poco desde la mitología dialogaron, a mi juicio, con tanta lucidez y perfección. Muchas veces se reiteraba los motivos en estas inquietantes pinturas, acuarelas, libros y esculturas nacidas a fines de los años 60, cuando el artista recién egresaba de la universidad. Eran
los tiempos en que exploraba una materialidad enérgica y a la vez callada de plomo, paja, pigmento negro, gris y dorado nacido de la quema de los más diferentes materiales pictóricos.

Como señala la monografía dispuesta en el Guggenheim de Bilbao, Kiefer, discípulo indesmentible de Beuys en su escuela de Düsseldorf (años 70-72), fue uno de los primeros exponentes del neoexpresionismo. Ya en su primera muestra de pinturas (1969) utilizó un lenguaje eminentemente gráfico. Superpone dibujos, textos e informaciones en obras de gran formato donde emplea gruesos empastes y una gama restringida de colores en la cual predomina el negro. Sus obras, muchas de ellas vinculadas a la historia alemana, son más refl exiones que alusiones, como Operación lobo de mar, (1975), en que la marina de guerra del Tercer Reich destinada a la conquista de Gran Bretaña, aparece flotando en una tina de baño.

En una reciente retrospectiva realizada en 2006-2007 al regresar después de dos décadas de ausencia a Estados Unidos (Washington, Texas, San Francisco), Anselm Kiefer reapareció en la escena expositiva mostrando un conjunto de 60 pinturas, acuarelas, libros y esculturas, creadas entre los años 1969 y 2005. Ahí, el organizador de la muestra, Michael Auping, seleccionó trabajos representativos de todas las etapas y fases por las que ha atravesado la trayectoria del artista, centrándose de manera especial en la exploración visual del diálogo entre lo celeste y lo terrenal, idea de la que surge el título de la exposición: Anselm Kiefer: Heaven and earth.

En Heaven, nubes y pedazos de cielos recortados de revistas fueron pegados en las diferentes hojas del libro expuesto junto a las pinturas, con la intención de demostrar que el cielo no puede simplificarse en una única escena, sino que es mejor mostrarlo a través de varias imágenes que representan diferentes puntos de vista. Tras esta obra, Kiefer continuó su serie de libros utilizando con frecuencia el plomo como material, y comenzó su producción de acuarelas, a las cuales fue introduciéndole el resto de elementos que le caracterizan: árboles, campos, el fuego y las sempiternas dualidades bien-mal y redención-destrucción.

{mospagebreak}Con su taller instalado en pleno bosque de la selva de Oden en Alemania, donde va y viene después de la caída del Muro, Anselm Kiefer está considerado hoy como uno de los más relevantes y coherentes artistas vivos de la segunda mitad del siglo XX. No en vano en los años 70 revalorizó a la pintura alemana con garra en el circuito internacional, pues sus grandes telas y acuarelas fueron expuestas en los mejores museos del mundo. Kiefer es de esos artistas con un estilo de trabajo muy propio y peculiar: puede guardar obras inacabadas hasta por doce años (“solo pinto lo que siento
intuitivamente”), toma cientos de fotos que suelen estar dispersas en el suelo de su taller y los materiales invaden casi todos los espacios, especialmente cuando se trata de remotos libros comprados en librerías de viejo e incorporados a su lenguaje pictórico. También le son características obras sobre soportes y de dimensiones gigantescas, que en su mayoría guarda para sí mismo y que, según él, solo después de los 65 años empezará a donar a los museos.

Por supuesto, el Guggenheim de Bilbao está entre los prioritarios. Cuando el proyecto de este museo se puso en marcha –en octubre de 1997– la muestra de la colección inicial replicaba un estilo iniciado a fines de 1920 por Guggenheim y su asesora artística, la baronesa alemana Hilla Rebay, cuyo norte en el arte era sobre todo la abstracción moderna como respuesta y rechazo de la objetualidad.
Luego se adquirieron colecciones de artistas de la segunda mitad del siglo XX, entre los que estaban Kiefer, además de Motherwell, Rothko, de Kooning, Tapies, Chillida y muchos más.

Nombres todos frente a los cuales el arquitecto Frank Gehry no fue para nada indiferente. Al contrario: creó y diseñó galerías y espacios dentro del museo expresamente pensados para acoger la obra de los artistas de esas colecciones en un diálogo entre el arte, la institución artística y la arquitectura. Un diálogo tan bello como emblemático y en el cual esos espacios perdieron su tradicional condición de lugares presuntamente neutros. En otras palabras, justificaron con creces la propuesta y el sentido de esta inteligente y poco frecuente pero decisiva conversación abierta entre arquitectura y contenido artístico y museal.