• 4 noviembre, 2011

sto de que la encuesta Casen va a incorporar entre sus variables la medición de la felicidad nos ha caído como algo poco ajustado a nuestra realidad chilena. La felicidad nos resuena como un estado emocional extremo, ajeno a lo que somos y a cómo nos vemos. Para algunos, se trata de una cosa naïf, casi hippie, tropical, típica de los brasileños: el carnaval en la vida cotidiana. Para otros, la felicidad es más bien minimalista, como para los escandinavos; es decir, un estado emocional templado, en armonía con su entorno. Ambos casos están muy lejos de cómo nos vemos y también de lo que estamos viviendo como nación.
Así, este “feliz” anuncio se hizo en momentos de alta destrucción de valor país, de polarización, de encapuchados, de leyes de seguridad del Estado. Irrumpen los intolerantes, populistas y cabezas de pistola. Momentos en que si yo estoy mal, mejor que todos estén mal. En este ambiente radicalizado y de sordos, estudiar la felicidad parece una píldora lavinesca, entre el fuego cruzado de la contingencia.
Obviamente, el contexto de baja autoestima en que se halla el país no ayuda a que existan ganas de hablar de la felicidad individual de cada uno de los chilenos. Pero no nos engañemos. No es un fenómeno reciente. Hace rato que no creemos mucho en lo que somos capaces de hacer, y cuando estamos cerca de alcanzarlo, pareciera que preferimos desconocerlo o destruirlo.
Ello ocurre en varios planos. Hemos crecido por más de 25 años, y somos considerados ejemplo global. Pero la clase política entera, en un arranque populista o destructivo inédito, nos tiene convencidos de que todo puede ser peor. Miremos la educación. ¿Quién podría creer ahora que algo bueno se ha hecho en este ámbito o que algo bueno pueda salir de la actual crisis? Miremos lo ocurrido con Bielsa. Ahora nadie lo dice, pero todos creemos que nos vamos a los potreros. Miremos la marca país. ¿Quién habla de ella? Miremos el anuncio de Codelco de ejercer su derecho de compra sobre Anglo American Sur, que de por sí podría ser motivo de orgullo. Sin embargo, a un grupo de parlamentarios PPD no se le ocurrió mejor idea que hacer una conferencia de prensa para impedir la operación.
Más allá del contexto país, estudiar la felicidad es una buena señal. Ello debiera ser un dato significativo para los políticos que de verdad quieran acercarse a la experiencia actual de la modernidad y a mejores propuestas de desarrollo para los ciudadanos. Nuestra clase política, lamentablemente, está muy lejos de aquello. Mientras tanto, los liderazgos populistas nos manipulan a través de los temores, los liderazgos complacientes nos hacen creer que aumentando el ingreso per cápita podremos comprar felicidad y los liderazgos flagelantes nos deprimen y resienten.
Acercarse a la felicidad requiere de liderazgos contemporáneos, que sepan guiarse por el bienestar subjetivo de las personas, aquello que no está dicho, pero que constituye la diferencia. La posibilidad de transformar el día a día en calidad de vida, en satisfacción. Temas que están muy lejos de la discusión actual de nuestros políticos, tan lejanos como lo están de las personas.
En rigor, la persecución de la felicidad no es asunto nuevo en materia política. Estados Unidos la incluye como un derecho en su declaración de independencia. Brasil está tramitando una enmienda que la incorpora en su constitución. El lejano Bután creó el índice de Felicidad Interna Bruta en reemplazo del tradicional PIB en la orientación de su estrategia de desarrollo. La Asamblea General de la ONU aprobó en agosto una resolución para promover políticas públicas que incluyan la importancia de la felicidad. La New Economics Foundation, del Reino Unido, plantea que se pueden usar indicadores de bienestar subjetivo en cada momento del ciclo de las políticas públicas; o sea, en su diagnóstico, diseño e implementación, así como en el monitoreo y evaluación de las mismas.
Pese a los pesimistas, lo cierto es que Chile no está tan mal en este sentido. En el último informe del organismo dedicado a medir el bienestar de los países miembros de la OCDE, aparecemos con 6,1% en satisfacción personal (el máximo es 10%), uno de nuestros mejores indicadores.
El actual clima país –responsabilidad de gobierno y oposición, liberales y conservadores, populistas, complacientes y flagelantes– no suma en esta dirección. Para tener ciudadanos más satisfechos en lo personal, los políticos tienen que ser capaces de dar un salto en su vinculación con la gente. En vez de contribuir activamente al deterioro del momento país, deberían mostrar mayor empeño en generar nuevas formas de trabajar con la ciudadanía y de responder a sus inquietudes e intereses. De esa manera, aportarían para que la felicidad no sea un estado emocional extremo, algo lejano a nuestra realidad e idiosincrasia.