Más que Harry Potter o El Señor de los Anillos, James Bond es el gran legado de la literatura popular qua ha dado Gran Bretaña. Un personaje que se rearma con el paso del tiempo y que jamás ha perdido su encanto. ¿Qué lo hace hasta ahora imperecedero?

  • 16 agosto, 2012

 

Más que Harry Potter o El Señor de los Anillos, James Bond es el gran legado de la literatura popular qua ha dado Gran Bretaña. Un personaje que se rearma con el paso del tiempo y que jamás ha perdido su encanto. ¿Qué lo hace hasta ahora imperecedero? Por francisco ortega

Que el pasado 27 de julio el actor Daniel Craig inaugurara en Londres los Juegos Olímpicos junto a la Reina Isabel II no tiene nada de casual. Más aún cuando en rigor no fue Craig el compañero de la monarca, sino James Bond, su personaje, porque la celebración era doble: por un lado la apertura de las Olimpiadas y por otra, los cincuenta años del mayor ícono literario parido por las Islas Británicas desde Sherlock Holmes y Drácula, por mucho que esto pueda dolerle a los seguidores de Harry Potter.

Flemática y con el carisma de una estatua, la Reina pronunció una sola frase, “buenas tardes señor Bond” y con esas cuatro palabras el estadio se vino abajo. Bond estaba allí, a la par de Paul McCartney, como metáfora de todo lo que le ha dado la cultura inglesa a la cultura pop en los últimos cincuenta años, un frac perfecto que a estas alturas es tan importante como la melodía de Hey Jude.

Y por supuesto, como esto es industria de masas antes que deporte, un alto en la ceremonia sirvió de excusa para estrenar el trailer de Skyfall, la nueva entrega del agente secreto, la película numero 23 de la saga, el cumpleaños perfecto para un personaje que se ha convertido en un estilo de vida y en una marca tan valiosa para el viejo imperio como Rolls Royce o The Beatles.

Batido, no revuelto
Fue el 8 de mayo de 1962, cuando una imagen cambió la historia del cine. Una playa en el Caribe, un agente secreto inglés buscando una manera de entrar a la guarida del archivillano y, de pronto, del mar surge una chica con el bikini más incendiario que se hubiera visto en pantalla hasta entonces. Ursula Andress acabaría convertida en un símbolo tan grande como Sean Connery -el actor que encarnaba al personaje creado por el escritor Ian Fleming ocho años antes- y en una de las piezas del universo James Bond, ese cuarteto conformado por mujeres guapas, autos caros, una Walter P-38 con silenciador y, por supuesto, algunas copas de martini seco, batido pero no revuelto, rubrica de estilo y del encanto del personaje.

¿Por qué a cincuenta años de su debut fílmico –y 58 de su creación-, 007 sigue tan vigente como en la edad de oro de Sean Connery? Por un lado están las razones comerciales. Sin desmerecer el valor narrativo del personaje –que lo tiene: las novelas de Fleming son de gran calidad literaria–, Bond es una franquicia que vale mucha plata, de hecho, es la que más dinero ha recaudado de todas las sagas cinematográficas, incluida La Guerra de las Galaxias y le reporta a la economía inglesa, en términos de derechos, más regalías que Harry Potter y El Señor de los Anillos juntos.

En datos duros, los veintidós (que sumarán uno más a partir de noviembre) filmes protagonizados por el agente secreto han reportado más de 6 mil millones de dólares en ganancias netas; casi mil millones más que la epopeya galáctica de George Lucas, que le sigue en el conteo. Y claro, uno puede argumentar que son más de veinte películas contra seis, pero los filmes de Bond no son para todo espectador, lo que limita bastante su público.

Además, al contrario que otras franquicias, la de 007 vivió un período de capa caída, cuando fue encarnado por Timothy Dalton, etapa en que muchos dieron por muerto al personaje (se buscó rescatarlo, por cierto, con opciones tan disparatadas como un Bond mujer o un Bond de color). Eso hasta que Goldeneye (1995) lo trajo de vuelta, ahora con el traje de Pierce Brosnan, revalorizando la marca, casi al mismo nivel de la era Connery, la más clásica de todas. El éxito de la actual reencarnación, la de Daniel Craig no ha hecho más que confirmar un valor que a estas alturas es tan obvio como el precio de un Bentley recién salido de fábrica.

Pero el truco de Bond no pasa por sus rentas (que son importantes y explican, entre otras cosas, por qué apareció en las Olimpiadas junto a la Reina Isabel) sino por lo que significa. En 2008 y con motivo del estreno de Quantum of Solace, la revista Esquire publicó un ensayó que sostenía que el 80% de los norteamericanos mayores de 30 años y de ingresos medio altos prefería a Bond sobre cualquier otro personaje de ficción, incluidos superhéroes como Batman o Superman. La principal razón: el factor generacional. Bond es de los pocos que une a padres e hijos.

Otras de las causas de su magnetismo son tan obvias como mirarse al espejo: los autos, tener licencia para matar, poder moverse por el mundo sin preocuparse del dinero y las chicas… Ni todos los superhéroes juntos igualan la cantidad y “calidad” de las conquistas del británico. Y, entre tener un batimóvil y defender la justicia vestido de murciélago, o poder quitarle el bikini a una chica como Halle Berry, no hay donde perderse. Raya para la suma, hace tres meses la sección cultural de The Times escogió por unanimidad a 007 como el personaje de ficción más importante de Inglaterra del siglo veintiuno (sí, de este, no del pasado), causando más de un ataque de histeria entre los seguidores de cierto niño mago.

Al servicio secreto de su majestad
James Bond fue creado en 1952 por el escritor, actor y novelista inglés Ian Fleming, quien lo convirtió en protagonista de su novela Casino Royale, publicada dos años más tarde, en septiembre de 1954. El mito dice que Fleming, hijo de una acaudalada familia británica y con un reconocido pasado como espía para la marina real, estaba en su finca de Jamaica, llamada Goldeneye (tal cual) cuando tuvo la idea del siglo: una serie de novelas de espionaje protagonizada por un agente secreto de la elite del servicio de inteligencia británico, el MI6, y que entre otras facultades otorgadas por sus superiores estaba la de matar, atributo que tenían todos los integrantes de la “división” 00, de la cual Bond era el 7.

De pasado misterioso, se sabe que Bond es huérfano, fue criado por su tío, estudió en los colegios más exclusivos y caros del Reino Unido, de los cuales fue expulsado; terminó su educación en Cambridge desde donde pasó a la Marina Real en la que llegó al rango de Comandante de Navío, aunque jamás tuvo un barco ya que fue reclutado por el Servicio Secreto. Allí inició una carrera que lo llevó a convertirse en uno de los pilares fundamentales del espionaje inglés durante la guerra fría y después de esta.

Dato curioso: existe un libro llamado James Bond: Biografía autorizada de 007, de un tal John Pearson, publicado en 1973 y que sostiene que Bond y su mundo son reales, aunque sus hazañas no son tan extraordinarias. La gracia es que el MI6 habría contratado a Ian Fleming para novelizar las aventuras de este agente, agregándole escenas de acción y villanos extravagantes con el objeto de actuar como tapadera de las verdaderas peripecias de este real Bond al otro lado de la cortina de hierro. La mejor manera de negar un hecho es convirtiéndolo en ficción, sostiene el autor, quien además aseguró haber pasado un mes entrevistando al verdadero 007 en Bermudas, donde pasaba su retiro con su mujer Honey Rider… sí, exacto: él personaje de Ursula Andres en Dr. No.

 

Los otros
James Bond y 007 son marca registrada de Eon Producctions, propiedad de la sociedad conformada por la familia Broccoli y Harry Saltzman, quienes visan todo lo que tenga que ver con el personaje. Eon ha producido, desde 1961, los 22 filmes del agente secreto, a los cuales se sumará Skyfall en noviembre y el ya anunciado Bond 24 para 2014. La productora es además dueña de los derechos de todas las novelas de Ian Fleming y las que a posterior se han escrito por encargo de los propios Broccoli, con excepción de los libros Thunderball y Casino Royale, aunque la propiedad de este último fue recuperada en 2006. Esta salvedad hace que existan tres filmes no canónicos del personaje: una versión televisiva de Casino Royale desarrollada en 1954 por la BBC; otra de la misma historia y en tono comedia, estrenada en 1967 con Peter Sellers como 007, y un remake de Thunderball -titulado No digas nunca jamás- de 1983, que trajo a Connery de vuelta y que se estrenó a la par con Octopussy (de la era Roger Moore) en una suerte de guerra no declarada por quién tenía al Bond verdadero. En taquilla y calidad, ganaron los Broccoli.