A mediados de julio en el Teatro Municipal, el regreso de Sor Angélica de Puccini y el estreno en Chile de El castillo de Barba Azul de Bartók, dos obras clave en el género lírico del siglo XX que prometen convertirse en hitos de la temporada musical. POR JOEL POBLETE

  • 27 junio, 2008

A mediados de julio en el Teatro Municipal, el regreso de Sor Angélica de Puccini y el estreno en Chile de El castillo de Barba Azul de Bartók, dos obras clave en el género lírico del siglo XX que prometen convertirse en hitos de la temporada musical. POR JOEL POBLETE

Fueron estrenadas con pocos meses de diferencia hace 90 años, en 1918 –una en mayo, la otra en diciembre–, y aunque aparentemente se trata de dos obras muy distintas entre sí, es posible encontrar más de una conexión entre El castillo de Barba Azul de Bartók y Sor Angélica (Suor Angelica) de Puccini, las óperas que el Teatro Municipal de Santiago ofrecerá en un imperdible programa doble a partir del próximo 17 de julio. De partida, hay que reconocer que ambas representan una nueva cuota de saludable renovación en el repertorio lírico del escenario capitalino: la pieza del compositor húngaro es un estreno absoluto en nuestro país, y el drama del italiano –que se enmarca en la conmemoración de los 150 años del nacimiento de Puccini– no se representa en Chile desde los años 70.

Eso sí, antes de establecer los paralelos es ineludible señalar las diferencias, partiendo por aclarar que las dos obras nacieron en momentos muy diversos en las trayectorias de sus autores: mientras Puccini ya había alcanzado la fama mundial y el peak de su inspiración y talento dramático-musical con su inolvidable trilogía Boheme-Tosca- Butterfl y (es verdad que aún le quedaba la notable Turandot, pero a pesar de la belleza y pasión de sus melodías, en lo teatral y dramático ésta nunca logró superar al célebre trío), Bartók aún no componía algunos de sus trabajos más memorables, como los ballets El príncipe de madera y El mandarín maravilloso, o su Música para cuerdas, percusión y celesta, entre otros que lo llevarían a cimentar un prestigio internacional. También difirieron notablemente las condiciones para llegar a estrenar los dos títulos, pues en un principio El castillo de Barba Azul –una historia inspirada en el personaje del cuento, ese aristócrata que había hecho desaparecer a sus esposas, acá “retocada” por los simbolismos y alcances sicológicos– fue escrita para un concurso donde la rechazaron por considerarla imposible de escenificar, lo que obligó a Bartók a re-elaborarla durante años antes de su debut teatral; en cambio, Sor Angélica –la tragedia de una joven monja que se entera de la muerte del hijo que dio a luz antes de verse obligada a tomar los hábitos– debutó a lo grande en el Metropolitan de Nueva York, como parte del Tríptico de Puccini, compuesto además por otras dos obras muy diferentes: la ruda y naturalista El tabardo y la hilarante y encantadora Gianni Schicchi.

La reducida extensión de esas tres obras puccinianas, todas en un acto único y con una duración que no sobrepasa la hora, ha permitido que los teatros las separen, programándolas en conjunto con trabajos similares de otros autores, y aunque ninguna de las combinaciones ha logrado superar en popularidad al dúo “verista” Cavalleria rusticana/I pagliacci, a veces las mezclas pueden ser fascinantes, como en las funciones que ofrecerá el Municipal, que contarán con un prometedor equipo artístico: Bálint Szabò, Janina Baechle y Verónica Villarroel –en su debut como la sufrida monja de Puccini– estarán dirigidos por la siempre estimulante batuta de Jan Latham-Koenig, mientras en lo escénico tendremos al mismo equipo chileno-argentino que ya nos deslumbró en el Municipal con La vuelta de tuerca y Tristán e Isolda.

¿Por qué es tan especial este, a primera vista, inesperado parentesco musical? Inicialmente, porque tanto la ópera de Bartók como la de Puccini sacan el mayor partido a su brevedad, desarrollando sus tramas con intensidad y envidiable sentido del ritmo teatral, y abordando las complejidades sicológicas de fuertes personajes femeninos (en Sor Angélica no intervienen cantantes masculinos, y en El castillo de Barba Azul el rol titular queda en segundo plano, pues la que se “roba la película” es su esposa Judith). Las características musicales en ambas son tan marcadamente diferentes como sus historias, pero permiten paralelos y complementos de enorme atractivo, partiendo por el desarrollo de potentes atmósferas dramáticas que, en los dos casos, dependen en gran medida de las sutilezas y contrastes orquestales y la expresividad melódica: en el húngaro todo está bañado en un clima de enrarecido misterio que incluye enormes cuotas de impresionismo incorporando los avances en la música vernácula que el autor investigó cada vez más activamente, al tiempo que Puccini despliega su sensibilidad y sentido del drama en torno a una de las heroínas más conmovedoras de su carrera, con una paleta melódica que va de la ternura al dolor, de la dulzura a la tragedia implacable. El italiano permite que su discurso musical sea cada vez más abierto y fluido, aunque aún incluye en su estructura los números tradicionales –como arias y dúos–, mientras Bartók es aún más libre y personal en el camino que sigue, cuyos ecos nos llevan de Strauss, Janacek y el Debussy de Pelléas et Mélisande hasta prefi gurar el Britten que recién nacía en esos años. Con todos estos antecedentes, ¿le cabe alguna duda de que no hay que perderse estas funciones?