Se suele decir que la guerra es la prolongación de la diplomacia. Pero el Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia parece pensar distinto. Entre marzo y mayo en Chile podremos apreciar la sobresaliente colección del Palacio de la Farnesina, donde deslumbran no pocos artistas contemporáneos de esa nación.

  • 19 marzo, 2008

 

Se suele decir que la guerra es la prolongación de la diplomacia. Pero el Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia parece pensar distinto. Entre marzo y mayo en Chile podremos apreciar la sobresaliente colección del Palacio de la Farnesina, donde deslumbran no pocos artistas contemporáneos de esa nación. Por Luisa Ulibarri

 

Se sabía, pero no lo suficiente. Desde hace más de una década La Farnesina, palacio sede del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia, convive con obras significativas del arte italiano del siglo XX. Y no es para nada asunto casual. Por años, la diplomacia italiana se ha esmerado en hacer relaciones exteriores a partir del refinamiento, la belleza y la contemporaneidad de su arte.

 

A fines de los 90, el Palazzo Della Farnesina se lanzó en un experimento audaz y fundacional: habitar sus muros y salones con obras selectas de artistas y movimientos del arte italiano del siglo XX, y abrir este espacio de exposiciones a las delegaciones extranjeras y al público. Ello, por la vía de un comodato bianual renovable y la presencia de la aseguradora Assitalia que hicieron posible a la Farnesina iniciar una ofensiva cultural frente a la naciente Unión Europea y al mundo entero. Se envió a Londres un busto de Miguel Angel, se instaló el imponente Cavalieri de Mario Marini en el Bundestag de Berlín; luego, un árbol de casi nueve metros de alto, de mármol de Carrara, en Bruselas y dos esculturas decisivas en Nueva York y Los Angeles.

 

¿Por qué no hacerlo en la propia Farnesina?, pensó un avispado canciller de la época, convencido de que la mejor política exterior es la que se realiza a través del arte. A poco andar, obras de Dorazio, De Chirico, Vedova, Lucio Fontana y muchas otras clasificadas por el profesor Mauricio Calvesi, curador de La Farnesina, iniciaron un periplo en 2007 por Europa y pasan este año por Santiago (Centro Cultural Palacio la Moneda, marzo-mayo), Lima y Sao Paulo, para continuar en 2009 por América del Norte.

 

Ya en 2003 se había entregado la filiación de la colección de la Farnesina a Calvesi, quien fue metódicamente ordenando tendencias decisivas, obras que se exhiben por estos días en Chile. Un verdadero trayecto secular del arte italiano conocido en el ámbito internacional.

 

 

 

Caleidoscopio de tendencias

 

 

Una selección de cien obras (pinturas, grabados, técnica mixta, esculturas y estampas) contiene esta muestra que plantea por primera vez en Chile un recorrido por los acontecimientos de la historia italiana y del arte contemporáneo a partir de un 900 muy explicitado en la señera película del mismo nombre de Bertolucci.

 

El Futurismo literario y artístico impulsado a comienzos de ese siglo por Marinetti, entre 1909 y 1916, orbitó con entusiasmo en la exaltación de la velocidad, la energía, las máquinas industriales y las estructuras del movimiento. ¿Su temática? Deportes, guerras, vehículos, color refulgente y artistas como Boccioni, Severino, Carrá, Balla, ¿Sus ansias? Un proyecto de futuro, de reconstrucción no sólo en Italia sino en el mundo entero. ¿Su influencia? Nietzsche, D’Annunzio y una visión anticipada del fascismo. Llenos de manifi estos, los futuristas italianos exaltaron en el arte, la literatura, el teatro, la danza, el cine, la música y la gastronomía su desesperada sed de cambio.

 

Durante la Primera Guerra Mundial, surge un auge de la estética clásica, y nace la Pintura Metafísica considerada como un surrealismo avant la lettre influenciado por la filosofía alemana (Hüsserl, Heidegger), y la nueva objetividad de Sartre, Camus y Joyce. De Chirico es el más importante autor de este movimiento y sus búsquedas coinciden con las de los franceses Apollinaire, Chagall y Breton. Para él, la pintura muestra lo real más allá de lo cotidiano: una ciudad detenida en mitad del fluir temporal. Para conseguir esto, la realidad ha de ser mirada extrayendo su función: una plaza italiana está para ser atravesada. Si se la pinta repleta de gente, de puestos de flores, de animación, se la está usando. Pero si se pinta la plaza tal cual, única, lejos del tiempo y del espacio del resto del mundo, se la está mirando hasta en su más recóndita intimidad, dándole el valor absoluto que le corresponde. Esto es la pintura metafísica. Autores metafísicos no tan importantes como De Chirico fueron Carlo Carrá, con una pintura algo naïf y humorística, Casorati, muy popular en su momento, Sabini y Morandi.

 

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Arte Povera y Transvanguardia

 

El nombre de Arte Povera (pobre) inventado por el crítico italiano Germano Celant a partir del fundacional Teatro Pobre del polaco Grotowski, agrupó en los 70 a jóvenes creadores que trabajaron los desperdicios y los cuatro elementos en una reacción contra el mundo tecnológico y el consumismo. Las instalaciones tenían esa construcción invertebrada y obediente de la transitoriedad. Un arte efímero hecho de elementos orgánicos perecederos, en el que el aparente desorden era el nuevo orden. Jóvenes artistas que utilizaban piedra, tierra, agua, vidrio, metal, legumbres, incluso animales vivos, grasa o cualquier clase de desperdicio fueron el fundamento de una obra creada como “encuentro casual” con los materiales mismos. Fue una brillante constelación de nombres que después alcanzaría renombre internacional: Giovanni Anselmo, Alighiero Boetti, Pier Paolo Calzolari, Luciano Fabro, Mario Merz, Pino Pascali, Michelangelo Pistoletto, Gilberto Zorio, Giulio Paolini, Marisa Merz y Jannis Kounellis.

 

Pero sin duda fue la Transvanguardia, compuesta entre otros por Chia, Clemente, Cucchi, De María y Paladino, el movimiento con más resonancias de la escena italiana de la segunda mitad del siglo XX. Con la denominación con que Achille Bonito Oliva nucleó a un grupo de jóvenes pintores de comienzos de los años 80 y cuyas obras se alejaron claramente del arte conceptual y del Arte Povera. Los transvanguardistas italianos retomaron técnicas claves de su país como el fresco, el bronce en la escultura, además del óleo, la acuarela, el lápiz. La forma volvía a ser un sello de la personalidad. Se recurrió al pasado, a la llamada “cita” o “apropiación” como parte de un juego libre de prejuicios.

 

Un ejemplo de cita es El Visitante de la Tarde de Mimmo Paladino con clara referencia a Las Meninas de Velásquez. Bonito Oliva destacaba el carácter “manierista” de la Transvanguardia. A veces, la cita era más sutil y lejana como los espacios y paisajes creados por Enzo Cucchi, poblados por figuras medievales y animales fantásticos. Un ejemplo de la síntesis entre surrealista y naif es Tierra, síntesis decorativa con una contemporaneidad en la que los signos son tan claros y legibles como un árbol, un perro, una línea de horizonte. En suma, lo que la Transvanguardia lograba con creces era su libertad y el protagonismo europeo frente a la hegemonía americana.