El autor de esta crónica conoció a Pilar Donoso; estuvo en Iowa City revisando los papeles de su padre; y escribió una serie de reportajes y un libro nunca editado sobre el novelista. Pero ella se opuso tenazmente a su publicación. Este es el testimonio personal de una historia secundaria en una tragedia mayor.

  • 29 noviembre, 2011

 

El autor de esta crónica conoció a Pilar Donoso; estuvo en Iowa City revisando los papeles de su padre; y escribió una serie de reportajes y un libro nunca editado sobre el novelista. Pero ella se opuso tenazmente a su publicación. Este es el testimonio personal de una historia secundaria en una tragedia mayor. Por Marcelo Soto

 

 

1 Fue una decisión apresurada, algo suicida. Mi mujer me preguntó qué hacíamos con todos esos papeles que llevaban años guardados en un rincón de la biblioteca. Sin pensarlo, le dije: “Bótalos”. Creía que había llegado el momento de zafarme de ese fantasma, tal como era el momento de cambiar de barrio, luego de casi dos décadas viviendo en el Parque Forestal.

Hacía poco había muerto un gran amigo, quizá el mejor que he tenido, el escritor y guionista René Arcos, quien vivía a un par de cuadras. Fue ese hecho trágico lo que llevó a decidirme a dejar el barrio que tanto había querido. Se cerraba una etapa y quizá era el momento de decirles adiós también a esas páginas llenas de polvo que tantas veces el propio René me animó a publicar.

“¿Estás seguro?”, insistió mi mujer. “Sí”, repetí. “Si no los botamos ahora, ¿cuándo? No quiero saber nada más del tema, quiero olvidarme de esos papeles”. Los “papeles” eran un centenar de fotocopias, sacadas de los diarios originales que José Donoso legó a la Universidad de Iowa City a mediados de los 60.

Yo fui el primer periodista en revisarlos y con ellos realicé una polémica serie de reportajes para el diario La Tercera en 2003. Con ese material, además de ganarme varias amenazas de demanda y un odio visceral por parte de Pilar, la hija del escritor, escribí un libro que hasta hoy se mantiene inédito e inconcluso. Y que así permanecerá –tal vez, afortunadamente– pues se fue al tacho de la basura junto con todo lo demás.

2 Unos días después nos habíamos mudado a Providencia. La primera mañana en que desperté en la nueva casa, al revisar twitter, me encontré con la noticia: “Pilar Donoso encontrada muerta en su departamento en Pedro de Valdivia”. A unas pocas cuadras de allí. No lo podía creer.

Se me revolvió el estómago y recordé todo lo que había pasado estudiando los papeles del escritor, varios años de mi vida gastados en un tema que tenía su lado apasionante, pero también un aspecto desolador, que dejaba un gusto agrio del que costaba recuperarse. De hecho –y salvadas las distancias– tuve mi propia temporada en el infierno luego de realizar esos reportajes: a punto estuve de separarme, me distancié de mi padre y de mis mejores amigos y hasta terminé perdiendo un trabajo.

Primera vez que cuento esta historia. No es la historia más relevante –no puedo ni imaginar el dolor que llevó a Pilar a tomar esa decisión, ni menos la desolación que debe haber provocado en sus hijos y familia– pero creo que en algún momento tenía que contarla. Quizá para cerrar de una vez por todas este capítulo.

3 Es curioso, pero cuando leí la noticia de la muerte de Pilar Donoso en mi celular (no tenía prensa ni cable ni Internet), lo primero que pensé fue: malditos papeles. Malditos diarios. Aunque ella varias veces habló pestes de mí en diversas entrevistas, insultándome y hasta acusándome de delitos que eran falsos (¿eso se llama difamación?), el impacto de saber que había muerto, probablemente por decisión propia, provocó un remezón profundo. Me dolió. Medio asqueado y casi perdiendo el equilibrio, salté de la cama y le conté a mi mujer, que en ese momento se estaba duchando: “murió Pilar Donoso. Parece que se suicidó. Qué horrible”.

Pensar que esos papeles guardados en Iowa estaban malditos era, obviamente, una tontería, pero no pude sacarme la idea de la cabeza. ¿Qué habría pasado si no hubiese viajado a EEUU y nunca hubiese publicado esos artículos? ¿Se habría evitado este desenlace? Preguntas absurdas, desde luego, porque entiendo que Pilar tenía fantasmas anteriores que la perseguían desde pequeña y porque pensar en esa posibilidad sería darme una importancia que no tengo. “Quizá si yo no hubiese publicado esos reportajes, ella no se habría obsesionado con el tema”, le comenté a Coni. “No seas ridículo”, me dijo.

4 Dicen que toda historia tiene un principio y un final y si es así –cosa que dudo– esta historia comienza a principios de 2003, cuando el director de La Tercera me llamó a su oficina, con uno de esos gritos que se escuchaban en toda la redacción y que pronosticaban algo importante (un reto, casi siempre). “Marcelo, te voy a hacer famoso”, me dijo, usando una de sus bromas habituales cuando tenía un notición entre manos. Yo había escuchado varias veces el chiste, y no le di importancia.

Entonces me contó que el escritor Roberto Ampuero, que estudiaba un doctorado en Iowa City, había descubierto los diarios de José Donoso que se guardaban en la biblioteca de la universidad. En realidad, lo que pasó fue que Daniel Balderston, director entonces del departamento de Español y Portugués de dicha casa de estudios, había realizado una exposición de los “Donoso Papers”. Ampuero quedó impresionado con el valor literario y documental de los cuadernos, de los cuales en Chile nada se sabía. Era un tesoro listo para ser descubierto.

Parecía demasiado bueno para ser cierto y yo dudaba de que el material pudiese ser lo suficientemente noticioso como para justificar el viaje. Partí a EEUU con el temor de no corresponder a las expectativas y en Dallas viví un episodio que no auguraba nada bueno. Aprovechando que tenía unas cuatro horas antes de la conexión decidí visitar la plaza donde JFK fue asesinado y comer, de paso, una buena hamburguesa tejana.

Todo resultó perfecto –la ciudad y la hamburguesa–, hasta que de vuelta al aeropuerto, en el tren urbano, me enfrasqué en la lectura de Coronación, la primera novela de Donoso. Tan metido estaba en la trama, que no me di cuenta de que a mi lado alguien tomó mi bolso con mi pasaporte, mis tarjetas, el dinero en efectivo, la cámara fotográfica… Todo. Lo peor es que también estaba allí mi cédula de identidad. Me quedé en medio de EEUU sin nada que acreditara quién era.

No voy a extenderme, pero el caso es que terminé hospedándome en casa de unos amigos del cónsul y consiguiendo un salvoconducto para viajar hasta Iowa City. Era justo el tiempo de la guerra con Irak, así que la idea de andar en EEUU con apenas un papelito que te permitía salir del país no era la más tranquilizadora.

En el consulado –siempre estaré agradecido– me prestaron unos cuantos dólares y mi padre –como siempre– me ayudó a salir del embrollo, enviándome una buena cantidad de dinero vía Western Union. Recuerdo que había un ambiente enrarecido en los aeropuertos, en todas las pantallas se veían imágenes de soldados y tanques, y si en Dallas, bastión del conservadurismo, se respiraba un patriotismo exagerado, en Iowa City, de tradición liberal, era todo lo contrario.

La dueña del hostal donde me hospedé –una hermosa casa rodeada de jardines, la quintaesencia del sueño americano– era una exaltada y amable demócrata puertorriqueña, enamorada de Clinton y feliz de recibir a un “compañero” latino. Obviamente, cuando le comenté que venía a estudiar los papeles de Donoso, quedó impresionada: las estanterías de su biblioteca estaban llenas de obras de realismo mágico.

Esos días en Iowa, luego del mal rato en Dallas, fueron un agradable remanso. La ciudad tiene un encanto pueblerino y a la vez sofisticado, con buenas librerías y restaurantes, y el bullicio siempre alegre de los estudiantes haciendo las primeras barbacoas en los cuidados pastos era una grata compañía. Se aproximaba la primavera.

5 No puedo sino recordar con cariño esas semanas en Iowa City. Pasaba el día en la sala de Colecciones Especiales revisando los papeles, y en las noches me quedaba un buen rato en la biblioteca –calefaccionada y abierta hasta la madrugada– leyendo todo lo que encontrara sobre Donoso. La dueña del hostal hizo una cena en mi honor; invitó a unos profesores liberales como ella y nos quedamos hasta tarde hablando del boom latinoamericano. Pasé buenas veladas con Roberto Ampuero y Óscar Hahn –que era profesor en la Universidad–, quienes fueron los mejores anfitriones.

Pero la lectura de los diarios era agotadora. Había páginas bellamente escritas, junto a testimonios de una amargura casi intolerable. A veces Donoso era pesado, mal hablado, chismoso, arribista. Había un sentimiento de inferioridad que cruzaba muchos de sus comentarios. Con todo, el valor literario era enorme. Hasta hoy espero que sean publicados en su totalidad.

Entre bosquejos de sus grandes obras y reflexiones sobre al arte narrativo, había también muchos aspectos de su vida íntima, descritos sin el menor filtro. Estaba ahí, por supuesto, el tema de la homosexualidad, tratado con franqueza. La mayor parte de las veces no parecía ser un problema para él; aunque en otras tenía una relación ambivalente. No quería ser catalogado de escritor gay, un temor –creo– exagerado, como la mayoría de sus miedos. Una de las secciones del archivo era su correspondencia con María Pilar, su esposa. Allí estaba, con lujo de detalles, la historia de un matrimonio en su más secreto campo de acción. ¿Por qué Donoso dejó ese material para ser estudiado? Supongo que su inseguridad escondía un alto concepto de sí mismo. Un escritor de su nivel no podía dejar de ponerlo todo en la página, al costo que fuera.

En fin, había un material valiosísimo y extendí mi estada en Iowa City –a costa de mi propio bolsillo– para investigarlo con mayor profundidad.

6 Poco después de llegar a Santiago, publiqué una serie de cuatro reportajes, el primero de ellos el 27 de abril de 2003. No pasaron ni quince días cuando Pilar Donoso, en El Mercurio, anunció una demanda en mi contra, contra el diario y la universidad de Iowa City, porque según ella el material todavía no debía ser expuesto al público.

Yo esperaba una reacción adversa –el propio Donoso ya había tenido problemas con parte de su familia, que le exigió sacar una parte de sus memorias, a lo cual el escritor accedió–, pero me sorprendió el tono agresivo de las amenazas. Desde luego, en la universidad me confirmaron varias veces que los diarios no tenían restricción para ser publicados, siempre que se identificara el origen. Bastaba con poner que eran parte del archivo de Colecciones Especiales de la Universidad de Iowa.

Los artículos tuvieron repercusión internacional y el académico Julio Ortega escribió un furibundo ataque al “sensacionalismo” de los reportajes. Curiosamente, el autor no hizo sino destacar los pasajes más polémicos –que eran apenas una parte de los contenidos–, los que fueron replicados en las agencias y diarios extranjeros. Si quería “defender” la imagen de Donoso, le hizo un flaco favor.

Aunque en Chile las reacciones del entorno de Donoso fueron negativas, afuera varios artículos rescataron el valor de los reportajes. El propio Daniel Balderston destacó el aporte de la serie, sobre todo al esclarecer el origen de algunas de sus novelas más importantes, y más tarde Miguel Angel Náter respondió a Ortega con un artículo en que señalaba que lejos de caricaturizar a Donoso, el material enriquecía la visión del escritor.

Quizás al ver que el camino de la demanda legal era difícil –tal como reconoce Esther Edwards, gran amiga de Donoso, en una crónica recién publicada en Caras–, Pilar me llamó poco después y nos juntamos a tomar un café. Yo había hablado un par de veces con ella y pensé que era el momento de hacer las paces. Pilar, sin embargo, me pareció intrigante. Andaba vestida como para ir a una fiesta y siempre buscaba dobles lecturas en mis comentarios. Le conté que quería escribir un libro sobre su padre, a partir de los reportajes. Le dije que lo admiraba como escritor y que lamentaba todo el escándalo, pero que eran temas que no podían seguir ocultándose. Tarde o temprano saldrían a la luz. Ella me escuchó en silencio, sin creer en nada de lo que decía. Le ofrecí mostrarle el borrador y aceptó sonriente.

Después de que ella leyó el manuscrito volvimos a juntarnos, esta vez en su casa. Me hizo a pasar a un escritorio pequeño, recargado y ostentoso. Recuerdo que me sorprendió ver muchas figuritas de cristal probablemente costosas, pero que a mí me parecieron algo kitsch. Pero más sorprendente fue escuchar que el libro le había gustado. “Hay cosas que yo sacaría, pero en general está bien”, dijo. Y luego aclaró: “pero a mi marido no le gustó nada”. Me contó que sus hijos habían sufrido mucho con el tema, que los molestaban en el colegio. Le dije, otra vez, que lo lamentaba, pero que no había nada de qué avergonzarse. Ella insistía en la forma de tratar el asunto homosexual: “deberías sacarlo”. Yo pensaba que era una parte menor del libro, en la que ni siquiera se hablaba de una relación consumada, y que sacar ese aspecto sería un acto de censura absurdo e inútil.

Terminamos en buenos términos, pensando en que era posible llegar a un acuerdo. Me dio a entender que no se opondría a la publicación del libro, pese a que algunos contenidos le molestaban. Y, sobre todo, reconocía que el texto tenía valor al destacar el aporte literario de su padre y la manera en que había creado algunas de sus obras.


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Con el tiempo, sin embargo, conocí otra cara de Pilar. Ya no sonriente, como en su casa, sino amenazante. No sólo movió mar y tierra para evitar que el libro fuese publicado –hubo tres editoriales dispuestas a lanzarlo, que a último momento decidieron desistir, luego de recibir mensajes furiosos de Pilar–, sino que en varias entrevistas me trató de ser un tipo “despreciable” y “obsesionado con la homosexualidad de mi padre”. Esto último era un avance: al principio lo negaba rotundamente. Incluso aseguró que yo había robado una carta contenida en los archivos, lo que era absolutamente falso.

Pensé en responderle, pero decidí olvidarme del asunto. Ya estaba aburrido del tema. La última vez que pensé en publicar el libro fue en 2004. Me llamó la editora de un sello importante, y me dijo que feliz lo editaban. Pero a los pocos días me mandó un mensaje diciendo que “la Pilar Donoso llamó y dijo que ella iba a demandarnos a todos, a ti, a nosotros, a todo el que hiciera el libro”.

En algún momento, esos papeles que estaban amontonados en mi biblioteca empezaron a pesar más y más. Cada vez que pasaba por allí y los miraba, me provocaban desazón. En algún momento pensé convertir todo en una novela, pero la sola idea de volver a internarme en esos diarios me ponía de mal humor.

En 2009, Pilar Donoso finalmente publicó un libro sobre su padre, basado en los cuadernos de Iowa y de Princeton. Mentiría si dijera que no me sorprendió. Me costó leerlo. Al principio –y me parece que a muchos amigos de Donoso les pasó lo mismo– sentí que el texto subrayaba el lado patético y desagradable del escritor. En buena parte del volumen Pilar era mucho más dura con su padre de lo que yo había sido en mis reportajes. Había algo tragicómico en todo eso.

Aunque el texto fue elogiado y es una obra valiente (muy superior al libro que yo traté de publicar y que quedó inconcluso), a mí me parecía que no funcionaba del todo. Claro que los textos de José Donoso eran en general imperdibles y uno se tentaba a pasarse los párrafos de Pilar hasta llegar a los extractos de los cuadernos. Alguien dirá que mi comentario es parcial –y tendrá razón–, pero intuyo que las reflexiones de la hija no tienen el mismo interés que las del padre.

En el libro –que hoy volvió a encumbrarse en la lista de más vendidos– Pilar me menciona sin nombrarme. Dice que los cuadernos de Iowa guardados allí en los 60, “darán 35 años más tarde, mucho de que hablar al ser revelados por un periodista de manera sensacionalista y poco académica”. Lo de “poco académica”, pese a que admiro a los buenos profesores, me parece un elogio.


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En los días posteriores a la muerte de Pilar Donoso he escuchado muchas críticas a José Donoso, culpándolo en cierta forma del lamentable final de su hija. Pero no estoy de acuerdo. Uno no puede vivir –o morir– apuntando a los padres. En algún momento hay que liberarse de esos fantasmas. Al parecer ella no pudo o quizá sí: sólo que eligió una forma terrible para hacerlo.

Luego de la noticia, me invitaron a un programa de TV para hablar sobre los Donoso. Tenía muchas dudas pero acepté. En un momento de la entrevista dije que la historia de Pilar y sus padres parecía una novela. Y que ahora tenía un final. “El material está ahí, hay que puro escribirla”, creo que dije.

Sin embargo, con el correr de los días, pensé que estaba equivocado. Esto no es, lamentablemente, una novela. Y por más que la literatura sea una de las mejores cosas de la vida, no justifica tanto dolor. ¿Valió la pena? No lo creo.