¿Qué le ocurre a Hollywood con sus ansias por recuperar un pasado que, a estas alturas, sólo existe en sus ficciones? Y ojo, ni siquiera en las mejores.

  • 1 marzo, 2012

 

¿Qué le ocurre a Hollywood con sus ansias por recuperar un pasado que, a estas alturas, sólo existe en sus ficciones? Y ojo, ni siquiera en las mejores. Por Christian Ramirez

Cada era elige su propio tipo de nostalgia y la lleva pegada a sí misma como si fuera una segunda piel. En los años 90 nos acostumbramos a la resurrección de los 70 y en la década pasada nos embriagamos –hasta el hartazgo– de espíritu ochentero. Ya estamos habituados a la idea de que, tarde o temprano, todo vuelve, no sólo por nuestras ansias de recordar sino porque el mercado lo necesita: la gente siempre tiende a comprar de nuevo lo que alguna vez le gustó; siempre que el producto venga bien presentado y empacado, claro. No hay quien se resista a la fórmula: hace unos meses mucha gente pagó por ver en pantalla grande una proyección digital de Volver al futuro, y en las semanas que vienen se dejarán caer El padrino, el Caracortada de Al Pacino y las versiones 3D de La bella y la bestia, Titanic y los episodios de Star wars (el primero ya se encuentra circulando).

¿Qué pasó que nos dio por estas vueltas de tuerca? ¿Es la respuesta natural de los distribuidores a una cartelera anémica? Los mayores de 40 quizás se acuerdan de los días en que las películas “regresaban”. Los clásicos de Disney volvían al cine cada nueva década y lo mismo pasó en su momento con Lo que el viento se llevó, Jesucristo superestrella y los filmes de Chaplin y hasta con La naranja mecánica. La política de los reestrenos se acabó el día en que el VHS y luego el DVD se hicieron cargo de la necesidad comercial de dar otro giro al material. Lo de ahora es distinto: El padrino vuelve porque no hay filmes de peso similar que ocupen su lugar en el panteón cultural, así que Vito Corleone y las seis familias no tienen otro remedio que ponerse de nuevo en circulación.

Ahora, pensándolo bien, cualquier vistazo actual al clásico de Brando es más interesante que pagar una entrada por El artista, filme que dominó la última temporada de entrega de premios apelando a algo que sólo superficialmente parece nostalgia, pero que más bien parece necrofilia: la historia de una estrella del cine de aventuras cuya carrera se ve truncada por el advenimiento del cine sonoro, mientras la chica que alguna vez apadrinó se ve encumbrada al tope de la realeza hollywoodense.

Aplicando sus poderes de lobby pro Oscar, la Weinstein Company convenció a medio mundo de que esta curiosidad francesa –filmada en blanco y negro, y sin diálogos- era una pieza de arte mayor, en circunstancias que la verdadera obra de arte fue la operación de relaciones públicas que logró llevarla al primer plano. Una apuesta que, al mismo tiempo, desenmascaró la tremenda inseguridad que afecta a una comunidad cinematográfica capaz de dejar en el camino y casi sin recompensa a películas que no miran hacia atrás –Los descendientes, Moneyball, El árbol de la vida–, para dar notoriedad a filmes que celebran un pasado almibarado (Caballo de guerra), anhelado (Medianoche en París) o vampirizado (como ocurre en El artista).

Esta última no se hace problema a la hora de trivializar el sofisticadísimo lenguaje que alcanzaron las películas mudas en el momento histórico mismo que pretende retratar (1926-29), o al introducir anacronismos de la nada, como el largo extracto de la banda sonora de Vértigo, de Alfred Hitchcock, que queda totalmente fuera de contexto al ser usado como música de fondo para rematar el fofo clímax dramático de la cinta. Los realizadores podrán defenderse diciendo que es un homenaje pero, tal como sugirió una indignada Kim Novak, protagonista de la película original, en una carta abierta a toda página de la revista Variety, en realidad esto parece un saqueo o un asalto al legado audiovisual. “Quiero reportar una violación. Siento que mi cuerpo –o por lo menos mi obra- han sido violados por El artista”. Tal cual.

Saber dónde termina el homenaje y dónde comienza el sampleo, no es el punto. Gente como Brian De Palma se ha ganado el pan por años transitando feliz por esa delgada línea. Y lo mismo corre para películas como Drive –una de las grandes olvidadas del pasado Oscar– cuya mismísima razón de ser pasa por su deseo de recrear con precisión milimétrica imágenes pasadas (en este caso, decenas de policiales y filmes de autos de los 80).

La pregunta de fondo es en qué momento la obsesión por recrear el pasado a la medida tomó el asiento del conductor en una industria que se precia por estimular la innovación. ¿No se suponía que después de Avatar el futuro era digital? Al menos esa es la lección que intenta impartir Scorsese en La invención de Hugo Cabret, que a la hora de recrear en 3D una época similar a la de El artista se prodiga en precisión y belleza, en voluntad de celebrar lo recuperado y no llorar lágrimas de cocodrilo por mundos perdidos.