¿Qué es lo que manda para juzgar el triunfo de una película? ¿Las entradas que corta el primer fin de semana, aunque después se desinfle? POR HECTOR SOTO ¿Cuántos crímenes se habrán cometido en nombre del éxito? La pregunta, que daría para escribir una enciclopedia universal de la infamia a la manera de Borges, también […]

  • 20 abril, 2007

¿Qué es lo que manda para juzgar el triunfo de una película? ¿Las entradas que corta el primer fin de semana, aunque después se desinfle?
POR HECTOR SOTO

¿Cuántos crímenes se habrán cometido en nombre del éxito?
La pregunta, que daría para escribir una enciclopedia universal de la infamia a la manera de Borges, también da para mucho circunscrita a los dominios del cine.

Aunque no en los mismos términos, se la plantea en Santiago el cineasta español Fernando Trueba (Oscar a la mejor película extranjera en 1994 por Belle époque) en un diálogo con el público, que ha llegado a hablar con él a la hora de almuerzo en el auditorio de la Universidad Alberto Hurtado.

Trueba, que vino invitado por el Diplomado en Cultura Audiviosual de la universidad, no tiene la respuesta. Pero sí cualquier cantidad de dudas. El mismo, que partió su carrera con un taquillazo de proporciones (Opera prima), dice que su segunda película apenas reunió a cien espectadores con ocasión del estreno y que fue un fracaso colosal.

Pero, ¿qué es lo que manda para juzgar como éxito una película? ¿Las entradas que corta el primer fi n de semana, aunque después se desinfl e? ¿La cantidad de espectadores que atrae al completar su período de estreno, así sea que esa gente la olvide a la semana después? Podría ser. Son parámetros objetivos. Sin embargo, el asunto no es tan simple porque no en todos los países las películas se comportan igual. Eso podrá ocurrir con El hombre araña y megaproducciones de este tipo, pero en el caso del cine más independiente o que se realiza fuera del paraguas de la gran industria norteamericana las variaciones pueden ser muy pronunciadas. El mismo Trueba cuenta que cuando terminó Belle époque medio mundo le anticipaba que la cinta iba a ser un balazo en Francia. Se estrenó y no pasó nada.

En cambio, en Estados Unidos, donde nadie hubiera dicho que iba a sobrevivir a la semana de su estreno, se convirtió en un contundente hit. Eso no es todo. También hay películas que se anticipan a su época y son redescubiertas después. No le dicen nada a una generación, aunque sí se puedan transformar en obras de culto para audiencias posteriores. ¿Califi ca o no esta circunstancia para redimir lo que en su momento fue un fracaso o para poner en su lugar un presunto éxito que a lo mejor no fue otra cosa que un espejismo? ¿Fue un fracaso La regla del juego porque efectivamente poca gente la vio para su estreno, no obstante que hoy califi ca entre las mejores películas de todos los tiempos? ¿Fue un éxito El día de la independencia porque rompió la taquilla una temporada, a pesar de estar hoy completamente olvidada?

Al fi nal, sospecha Trueba, las películas únicamente triunfan o fracasan en relación a la tradición en que se inscriben, es decir, en relación al cine, tal como las novelas en definitiva merecen ser rescatadas u olvidadas únicamente en relación a la literatura. No hay otro tribunal que valga. La sentencia, el juicio fi nal en tal caso, será más difusa y enigmática, más lenta y misteriosa, pero tal vez sea solo en ese terreno y no en la contabilidad de la producción donde el autor debería medirse y responder.

Si así fuera, toda esa tradición analítica que intenta esclarecer para quién diablos filma un director no pasa de ser pura coquetería intelectual. El polaco Miklos Jancsó decía a comienzos de los años 70 que él solo fi lmaba para sus amigos, para Antonioni y para muy pocos más. Algo similar diría Scorsese pocos años más tarde. Yo filmo para mi pueblo, yo fi lmo para equilibrar
las cuentas con mis demonios interiores, han dicho otros. Está bien, todo eso seguramente es muy respetable.

Aunque también muy engañoso. Porque lo que valga para los amigos, para el pueblo o para los equilibrios interiores en defi nitiva da lo mismo si la obra, al final de los fi nales, es una basura o si, habiendo sido odiada por los amigos, detestada por el pueblo o traumática para el mismísimo realizador, resulta ser, sin embargo, una obra maestra. El viejo Nicholas Ray (Rebelde sin causa) tenía literalmente la película clara: “No hay fórmula –decía– para el éxito. Pero hay una fórmula infalible para el fracaso: tratar de dejar contentos a todos”.