• 23 enero, 2009

Debemos ponernos en el lugar de quienes ven sus oportunidades limitadas por el sistema educativo. Se trata del 92% de nuestros niños. Probablemente quienes lean esta columna no provienen de este triste porcentaje y tampoco los que legislan. No es difícil pensar que esto explica, en parte, la lentitud de los cambios.


Sin duda, la restricción más importante al crecimiento y desarrollo futuro (y sostenible) de nuestro país la constituye el bajo capital humano de la fuerza de trabajo. Más preocupante aún es que no se anticipan cambios significativos en el acceso a una educación de calidad que permita mirar con optimismo el futuro.


La importancia de este tema se explica tanto por el lado de la eficiencia como por el de equidad. Por una parte, una sociedad más educada es también más productiva. A ello se suma que el acceso generalizado y democrático a una educación de calidad otorga los espacios de movilidad y justicia social que sustentan el desarrollo de los países, su convivencia social y su sentido de cohesión.


Diversas señales y manifestaciones de distinta naturaleza muestran que, como país, estamos atentos a la evolución de estos temas. Las campañas presidenciales, la relevancia política de la discusión en educación y las manifestaciones estudiantiles, entre otras, dan cuenta de que existe conciencia sobre la magnitud de este problema.


Para enfrentar el desafío de una educación de calidad para toda la población de manera permanente se requieren al menos dos condiciones. Primero, debe existir un acuerdo transversal respecto a la relevancia del tema educativo. Segundo, una disposición técnica y política para afrontar los cambios requeridos.


Si bien el tema de la importancia del acceso a la educación de calidad se ha instalado en la opinión pública, lo que satisface la primera condición, hasta ahora no hemos logrado las condiciones que permitan avanzar de manera significativa en reformas sustantivas. Razones ideológicas, visiones de corto plazo y agendas gremiales han dificultado mucho la tarea.


El Consejo de Educación, los grupos de trabajo que permitieron alcanzar los acuerdos de la LGE y la Reforma de Educación Pública son ejemplos recientes de este difícil proceso. Cada una de estas iniciativas requiere de un trabajo largo y complejo, en el que gran parte del tiempo se ocupa en sortear desconfianzas. Sin embargo, este esfuerzo no basta. La suma de indicaciones legislativas y las críticas técnicas, políticas e ideo lógicas dan cuenta de un escaso reconocimiento a los esfuerzos realizados y, en definitiva, de una falta de voluntad para resolver el problema de fondo.


La situación descrita queda de manifiesto cada vez que se dan a conocer los resultados de las distintas pruebas de conocimiento. Pruebas como el SIMCE, PSU, TIMMS y PISA nos revelan objetivamente lo precario de nuestro sistema educativo. Distintos actores políticos suelen reaccionar airadamente (frente al micrófono) exigiendo soluciones inmediatas, denunciando negligencias y naturalmente ofreciendo una batería de medidas que satisfacen el interés del momento, pero que no resisten un análisis riguroso. Lo que uno espera es que, en vez de estas pataletas esporádicas, hagan un aporte más sistemático en mesas de trabajo, en negociaciones, en la tarea de pensar permanentemente en un Chile en el largo plazo. Paradójicamente, esta situación que cada tanto calificamos de insostenible… la sostenemos hace mucho tiempo.


No hemos estado a la altura de las circunstancias. Este, fundamentalmente, es un problema de la educación municipal y particular subvencionada, un 92% de la matrícula del país. No es poco. Una cifra significativa que no parece estar siendo representada adecuadamente en las decisiones políticas, en la definición de plazos ni en las urgencias legislativas.


Se requieren liderazgo y generosidad de quienes están llamados a legislar, particularmente en este tema. Liderazgo para definir un norte y, sobre todo, para navegar de manera consistente en esa dirección. Y generosidad para lograr acuerdos por sobre preferencias y dogmas. Existen múltiples diseños educacionales exitosos: públicos, privados y mixtos. Implementar un diseño mejor que el existente es definitivamente posible.


Necesitamos ponernos en el lugar de todos aquellos niños que ven sus oportunidades limitadas por un sistema educativo alejado de las expectativas y necesidades reales del país. Insisto: se trata de un 92% de nuestros niños. Probablemente quienes lean esta columna no forman parte de este triste porcentaje; tampoco, los que se ocuparán de legislar al respecto. No es difícil pensar que probablemente esto explica, en parte, la lentitud de los cambios requeridos, la falta de disposición o tolerancia y la incapacidad de ceder por un objetivo mayor.


Es indudable que a la hora de sentarnos a discutir debemos cuidar los equilibrios generales pero, ¿a qué costo? Hipotecando nuestras posibilidades de desarrollo, nuestra paz social y la oportunidad de construir un mejor país.