¿Qué tiene A Star Is Born que Hollywood no puede parar de rehacerla? La versión de Bradley Cooper y Lady Gaga es el cuarto remake oficial, y lo más probable es que no sea el último. Todavía queda bastante combustible para que el fuego de este romance en perpetuo estado de replay arda sin parar.

  • 11 octubre, 2018

La están llamando desde el escenario. Acaba de ganar el premio a la artista del año. Sube. Recibe la estatuilla. Parte su discurso, pero cuando va en la mitad, su marido sube también a la tarima, totalmente borracho. La interrumpe y la avergüenza. Es la clase de momento que puede cambiar tu carrera, pero en vez de un sueño, esto se convierte en pesadilla…

Si la escena resuena con el eco de algo que les resulta muy familiar, no están perdidos. Para nada. Ese instante de horror se repite, casi como un ritual, en las cuatro versiones de Nace una estrella, incluyendo por cierto la última, la que ahora protagonizan Bradley Cooper y Lady Gaga.

¿Por qué la reiteración? Bueno, porque en lo que a Hollywood respecta, este es nada menos que “el drama de los dramas”: la fábula del artista rebelde que descubre a su alma gemela en una chica desconocida, se enamora perdidamente de ella y luego la convierte en un ícono, antes de caer él mismo en una espiral de autodestrucción, es la clase de relato fundacional que justifica el mito hollywoodense de la “fábrica de sueños”. El tipo de cuento que la industria se inventa para sí misma, para justificar sus luces y sombras; su energía superhumana capaz de levantar carreras legendarias, pero también de devorarlas y olvidarlas como si nada. Una máquina de buscar rostros que generen ganancias y que inevitablemente serán reemplazados por la siguiente camada y la siguiente. ¿Muy crudo? Obvio que sí. Pero no por eso menos fascinante.

La compulsión por desenmascarar –y también celebrar– este ciclo tan creativo como depredatorio, ha sido lo bastante poderosa para que la trama de Nace una estrella fuese reciclada en forma oficial tres veces –en 1937, 1954 y 1976–, y en cada ocasión con mayor repercusión mediática. Lo extraño aquí es que Warner Bros. se haya demorado 42 años en rehacerla, y que lo haga precisamente en este momento, en que la velocidad de ascenso y caída de un famoso ya no se gestiona vía medios de comunicación, sino a través de las redes sociales, y cuando la influencia de movimientos como #MeToo y el neofeminismo se hacen sentir sobre una historia que ya no puede ser leída solamente como el sufrido romance entre dos talentosos artistas, sino además como un relato donde las tensiones de género, la rivalidad hombre-mujer, el machismo encubierto y el fantasma del abuso también tienen su espacio, sin que lo esencial de la historia cambie.  

El foco podrá cambiar una y mil veces, pero después de 80 años la matriz continúa siendo la misma. ¿Cuál es el secreto?

 

Esther, Norman y los otros

La intuición inicial corre por cuenta del ambicioso David O’Selznick. En agosto de 1936, apenas dos meses después de adquirir los derechos de Lo que el viento se llevó, el productor compró un segundo guion: Nace una estrella, supuestamente basado en las pellejerías sufridas por Barbara Stanwyck (una de las grandes actrices de la década) a manos de Frank Fay, el comediante que la había descubierto y que la mortificó hasta el momento mismo de su divorcio. Protagonizado por Fredric March y Janet Gaynor, el filme reemplaza a Fay –un imbécil, en la vida real– con el complejo personaje de Norman Maine, un sujeto tan brillante y carismático como hábil para sabotearse a sí mismo. Alcoholizado y en caída libre, Maine se topa con Esther –nuestra heroína– cuando ella intenta conseguir trabajo como actriz en Los Ángeles; pero, al contrario de lo que ocurre en los remakes, la película nunca intenta convencernos de la presunta genialidad de sus protagonistas. En este mundo salvaje, Norman no es otra cosa que un famoso y eso es, básicamente, la herencia que deja a su futura mujer, antes de desintegrarse. Fama, pura y dura.

La lógica cambia en la versión del 54, porque el filme no necesitaba fabricar criaturas “geniales”. El proyecto ya contaba con una: Judy Garland, cuyo trayecto vital irónicamente estaba más cerca de Maine que de Esther. Años después de haber tocado el cielo con El mago de Oz, a principios de los años cincuenta Garland era una adicta en recuperación en busca de una segunda oportunidad. Para ella, esta nueva versión representaba mucho más que un mero intento de reconstruir su carrera y –tal como le ocurre a Esther en la cinta– ganarse de una vez por todas el Oscar. Lo de Judy iba más allá: prácticamente se estaba jugando la vida, su salud y sanidad mental en cada escena, cada canción y cada diálogo. James Mason está a la altura como un encantador y veleidoso Norman, listo para ejecutar su rutina de chantaje emocional a la primera; pero este Nace una estrella le pertenece completamente a Esther, que emerge como uno de los grandes roles de la historia del cine, pese a que el estudio mutiló 30 minutos del corte original (que fueron restaurados recién en 1983), pese a que Garland perdió el Oscar frente a Grace Kelly. Tal como la propia película lo deja claro: la Academia –y la industria– siempre favorecen al recién llegado y casi nunca al redimido.

Pasaron veinte años antes que el cuento se reciclase otra vez, en esta ocasión a instancias de Barbra Streisand y su pareja de entonces, Jon Peters, un peluquero que gracias a su clientela vip había terminado convertido en productor. Y a propósito: el pelo de Barbra, escarmenado al borde del afro, es hoy uno de los dos aportes “culturales” que la cinta legó a la posteridad; el otro es la elección del cantautor Kris Kristofferson como John Norman Howard, ficticia leyenda del rock, mitad Elvis mitad Jim Morrison, si Jim hubiera sobrevivido a The Doors y las drogas, para transformarse en solista en la era de los grandes conciertos en estadios. Inserta en ese mundo, Streisand luce como pez fuera del agua, sobre todo porque las canciones –con la excepción de Evergreen que se despegó de la cinta al punto de convertirse en un clásico– no juntan ni pegan con la tragedia. Nace una estrella 76 es el raro caso de un musical, sin sentido musical. Fue un éxito enorme. Pero en esta historia no es más que una nota al pie.

 

Rostro al natural

Puede que el desabrido recuerdo del 76 haya influido en que cualquier intento de rehacer A Star Is Born se haya ido directo al congelador por más de cuatro décadas. De hecho, Bradley Cooper –que oficia de protagonista, productor, coguionista y director– nunca habría llegado al proyecto si su mentor Clint Eastwood no se hubiese interesado primero en la idea de filmar en 2011 un remake junto a Beyoncé. El concepto prometía: aún sería un musical, pero en el ambiente R&B y hip hop; sin embargo, la cantante se embarazó, la preproducción se pospuso, Eastwood se marchó a rodar un musical de Broadway (The Jersey Boys) y, cuando finalmente resucitó, la idea en vez de mutar a algo distinto había vuelto a la fuente original. Así como la versión del 54 expandió al filme original, la cuarta Nace una estrella corregiría todos los cabos sueltos dejados por Barbra y sus amigos: el rockstar ahora se llama Jackson Maine y ya no es un clon de Morrison, sino el último y desgastado de los héroes del grunge. Cooper toma prestada la empatía de Eddie Vedder, la combina con el aura trágica de Chris Cornell, las adicciones de Layne Staley y el pasado de un Kurt Cobain, y en el camino le da vida al que quizás sea el personaje masculino más acabado de todo el ciclo de películas, probablemente porque es el que mayor tiempo tiene en pantalla, al extremo que uno comienza a pensar si acaso este Nace una estrella no está centrado en él, en sus fantasmas, en su resistencia a darle libertad a Ally (Lady Gaga), la prodigiosa cantautora que él imagina como su roca, como el faro que lo llevará a puerto sano y salvo después de la tormenta.         

 

Contribuye a esa sensación que, por lo menos en la vida real, el verdadero principiante es él (que debuta en la dirección) y no la fogueada Lady Gaga que recrea con energía sus propios inicios en el ambiente pop, antes del maquillaje, antes del glam y los disfraces. En realidad, en lo que a ella respecta, uno podría pensar que el verdadero disfraz es el que luce en la película: su rostro expuesto al aire, sin maquillaje alguno. La extravagancia final. La cinta tiene que avanzar un buen trecho antes que reconozcamos los trajes y los peinados de la cantante en el cuerpo de Ally, dispuestos justo en el momento en que Jackson inicia su rito de caída, uno que viene repitiéndose desde hace generaciones; a veces, en clave de inmensa tragedia; en otras ocasiones, como inadvertida parodia, pero siempre pregonando lo mismo: el mejor complemento del drama es más drama. Y no hay que oponer resistencia, mejor dejarse llevar por esa marea de intensidad.