El mayor cambio experimentado en Hollywood durante esta década no es la consolidación del cine digital ni el auge de los superhéroes, sino la lenta desaparición de lo que una vez fue su principal insumo: los rostros. Actores sobran, pero las movie stars van de salida.

  • 25 octubre, 2018

Bradley Cooper y Lady Gaga están sobre el escenario. Gaga se sienta al piano, él se inclina hacia ella y le dice: “Siempre nos recordaré de este modo”. La audiencia suspira. Misión cumplida. La película es un éxito. Gracias a momentos como esos, y por cierto, también gracias a esos rostros.

Entre lo más celebrado de la nueva versión de Nace una estrella se halla precisamente eso: la descomunal interacción entre una pareja de actores. La capacidad de ella para despojarse de su look habitual y lucir como una chica normal y silvestre; el aplomo de él para construir un personaje que lleva a cuestas un extenso mito musical. No es algo que la película vaya construyendo en el camino: es algo que está presente desde el instante en que los protagonistas del relato aparecen en escena, algo que se amplifica al ser contado en una gran pantalla. Es la madera de la que está hecha una estrella. Una movie star.

Una cualidad que, de hecho, parecíamos haber olvidado. Porque claro, hoy vivimos en un tiempo casi sin estrellas. Piénsenlo por un momento. ¿Cuándo fue la última vez que fueron al cine para ver una película solo por los actores? Piénsenlo bien. Lo más probable es que haya sido una de Di Caprio o Brad Pitt. Y si van más atrás, quizás una de Tom Cruise (no estoy contando la última Misión imposible, porque esa es acerca de los efectos especiales y las acrobacias, no sobre el cincuentón de Tom). Piensen en la última actriz que les voló la cabeza o en el actor cuyas películas no se perdían ni por nada. Esa gente que vende tickets solo con mostrar el rostro en la marquesina y la publicidad del filme. 

 

No es fácil, ¿cierto? 

Hay que regresar por lo menos unos diez o quince años, devolverse hasta principios de los 2000, cuando Nicole Kidman, Nicolas Cage, Bruce Willis, Harrison Ford, Tom Hanks, Travolta, Matthew McConaughey, Reese Witherspoon, Cate Blanchett, Clooney, Keanu, Julia, Charlize, Julianne, Ben y Matt, Leo y Tom, y la gente de su generación aparecían en productos creados a su medida. Hay que retroceder, en efecto, a la época en que la gente todavía pegaba posters de actores en las paredes de sus piezas, para mirarlos luego con anhelo. Al tiempo en que las estrellas de cine caminaban sobre la tierra, cual dinosaurios antes del meteorito.

Una generación desinflada

Siendo justos, aún hay actores que aspiran a cumplir esa función –Ryan Gosling, Emma Stone, Saoirse Ronan, Ryan Reynolds, Jennifer Lawrence, Benedict Cumberbatch, James McAvoy, Jessica Chastain y muchos otros–, pero de momento ninguno es capaz de “abrir” una película: vender millones solo con el poder de su rostro y ser pagado acorde a ello. 

¿Qué pasó con la nueva camada? No es un problema de talento, de presencia en pantalla o reconocimiento de marca. Al contrario: habilidades y trabajo tienen de sobra, y por si eso fuera insuficiente, además cuentan con asesores de marketing con una penetración en medios y redes que ya se habrían querido Humphrey Bogart y Cary Grant.     

¿Entonces? La explicación es tan chocante como simple: Hollywood cambió su modelo de negocio. En algún momento de la década pasada, las películas construidas en torno a estrellas fueron reemplazadas por producciones armadas en torno a conceptos, personajes y franquicias. El rostro fue importando menos y el producto más y más, hasta que este acabó por comerse casi todo. No hubo una sola causa o acelerante del proceso. Más bien fue una combinación de factores que acabaron creando y alimentando de energía una tormenta perfecta. 

El sofá de Oprah

23 de mayo de 2005. Esa es la fecha que, según varios tremendistas, marca el comienzo del fin de las movie stars. Fue el día en que Tom Cruise salió al aire, saltando sobre un sofá, al lado de una Oprah Winfrey que lo miraba entre asustada y compungida, sin saber bien qué hacer: el tipo supuestamente estaba proclamando su “amor” por su pareja, Katie Holmes, pero más bien parecía el berrinche de un niño de cinco años. A Tom, el gustito le costó caro: al año siguiente Sumner Redstone, presidente de Paramount, rescindió un millonario contrato con el artista, alegando que su conducta pública era controversial e inestable. Cruise era el rostro más reconocible del mundo y el actor mejor pagado, y sin embargo, su equipo de asesores fue incapaz de hacer control de daños. Pasaron seis años antes que él y el estudio hicieran las paces para así proceder con la siguiente Misión imposible.

 

Los hombres con capa 

Mientras Cruise estaba rostizándose en el horno, Paramount, su ex empleador, negociaba al mismo tiempo con los entonces modestos Marvel Studios un nuevo enfoque para las películas de superhéroes. Ya no estarían centradas en torno a un personaje o una estrella, sino que funcionarían tal como lo hicieron en los cómics: en bloque. Aspirando a que el total fuese más que la simple suma de las partes, cada héroe tendría su propia película, producida con rostros conocidos y un tope de 150 millones de dólares de presupuesto (cifra baja para esta clase de filmes). Rescataron al caído Robert Downey Jr. para Iron Man (2008), aprovecharon la obsesión de Edward Norton por Hulk (2008), convirtieron rostros clase B como Chris Evans y Chris Hemsworth en el Capitán América (2011) y Thor (2011), y fueron más lejos aún: usaron verdaderas estrellas de cine –Scarlett Johansson, Samuel L. Jackson, Gwyneth Paltrow, Anthony Hopkins– para rellenar papeles secundarios. 

Tras acumular kilometraje, recaudación y una apreciable audiencia, lo mezclaron todo en The Avengers (2012), cambiando de paso el paradigma de la industria del entretenimiento en la nueva década: de estar al frente en el marketing de las superproducciones, los rostros se convirtieron en un engranaje más de la máquina. La estrategia de venta seguiría apoyada en sus rostros para promover los contenidos, pero en adelante el objetivo central sería dar a conocer los personajes, sus historias de origen, sus poderes y, sobre todo, sus disfraces.

 

Universos de bolsillo 

El golpe de gracia vino poco después, cuando todos los estudios quisieron imitar el mismo modelo de negocios, inventándose “universos fílmicos” de lo que fuera. Disney compró Marvel y luego Star Wars; Fox se aferró a X-Men, Alien y el Planeta de los Simios; Universal, a Fast & Furious; Paramount, a Star Trek y Sony, a Spider-Man, pero lo que funciona para un pionero rara vez sirve para quienes le siguen. En los últimos cinco años, Warner ha perdido billones de dólares tratando de sacarle partido a Batman, Superman y la Liga de la Justicia y Universal mandó al carajo un ciclo interconectado de cintas de monstruos. Después del fracaso de Solo y el inesperado ataque de los fans a The Last Jedi, Disney ya no sabe qué hacer con La guerra de las galaxias. Para qué hablar de las decenas de millones gastados en las secuelas de Blade Runner, Alien, Predator o Terminator. Casi todo lo recaudado se utilizó en pagar el costo de los propios filmes, que afectados por la caída vertical en las ventas de DVD y blu ray, aún no son capaces de salir del rojo.

 

¿Y los actores? 

Situados en medio de todo eso, no les ha ido tan mal: sus contratos ya no son tan lucrativos, pero si están en la franquicia correcta, a la tercera o cuarta película les llegará un porcentaje de las ganancias. Así está cobrando –hace rato– Downey Jr.: ponerse la máscara de Iron Man le significó, en principio, apenas 500 mil dólares, pero siete películas más tarde lo ha convertido en el actor mejor pagado del mundo, con una cifra cercana a los 250 millones de dólares en su cuenta; pero algo perdió entre tanto viaje al banco. Él, que en los 80, 90 y 2000 fue considerado entre los mejores del medio (pero también como uno de los más inestables), hoy es simplemente el actor que interpreta a Tony Stark. Los cientos de miles de espectadores que están esperando al próximo año para saber cómo es que Stark vencerá a Thanos, en la cuarta parte de Avengers, probablemente no están muy pendientes de que el intérprete de su personaje favorito alguna vez tuvo por máximo objetivo ganarse un Oscar a mejor actor (estuvo nominado en 1993, por su trabajo en Chaplin).

Mientras tanto, Leo Di Caprio y Brad Pitt, supervivientes aún en este páramo de estrellas, unen fuerzas en la nueva película de Tarantino, Érase una vez en Hollywood, una historia construida “a la antigua”, sin efectos especiales, sin superhéroes. Una cinta que aún confía en el poder de sus rostros.