• 4 mayo, 2010


Bachelet ha estrenado otro modelo. Su decisión de permanecer cercana está resultando un muy buen plan para mantener vigencia y prepararse para los ataques. Intuyo que estos afanes de comisiones y auditorías para debilitar su capital fracasarán rotundamente.


hile tiene un régimen presidencial muy fuerte. Para algunos en ese rasgo institucional está la base de
nuestra identidad. Los ciclos de progreso de la nación se suponen vinculados al presidencialismo vigoroso.
Al revés, el parlamentarismo se asocia a momentos de decadencia, a periodos de intensa frustración, habitualmente antesalas de grandes crisis y tragedias.

Intentos destinados a promover un régimen parlamentario o semi presidencial han aparecido muchos en las últimas décadas, pero siempre concluyeron con poco éxito. Distintos analistas han caracterizado la rigidez de nuestro sistema presidencialista como la raíz de nuestros conflictos y, parcialmente, de nuestro subdesarrollo. Pero estas ideas definitivamente no han cuajado. Y ahora, con gobiernos de solo cuatro años de duración, menos opciones hay para que propuestas de esta naturaleza tengan cabida.

Al revés, avizoro que pronto, avanzados apenas algunos meses del gobierno entrante, comenzarán las elucubraciones respecto de los futuros presidenciables. Además, desde que la presidenta Bachellet se transformó en candidata ganadora proveniente de un perfecto anonimato, la incertidumbre se ha apoderado de este proceso.

En el siglo pasado esto no era así. En sus respectivas décadas, los apellidos de Ibáñez, Alessandri, Allende y Frei se repitieron muchas veces en la boleta electoral y sus campañas eran la vida misma de la política chilena.

Los ex presidentes pueden ser figuras que cumplan roles muy diversos. Aylwin, a sus 92 años, es un dirigente que hace esporádicas contribuciones sobre dilemas fundamentales. Frei gastó parte importante de su capital en una esforzada campaña electoral que muchos partidarios de la Concertación daban lastimosamente por perdida con anticipación.

No es fácil definir cuál es el estilo mas adecuado. Felipe González compara a los ex presidentes con los jarrones chinos: esos armatostes que se reciben como obsequios y nadie sabe muy bien dónde poner, pero que tampoco puede desechar.

Pero no siempre es así. En nuestra propia experiencia, Ibáñez del Campo y Alessandri Palma, fueron reelegidos con altas votaciones. No hay ninguna base para suponer que estos “jarrones chinos” sean objetos inertes.

Ricardo Lagos inició su periodo post-presidencial con una estrategia muy clara, apuntando a una fuerte participación en la comunidad internacional, concentrado en el tratamiento de los cruciales temas del calentamiento global. Con lo que no contaba era con una oposición obstinada en destruirlo como opción presidencial y que se pondría en marcha a partir del debate de alguna de sus políticas públicas. Esa campaña era una parte fundamental de la tarea del “desalojo”. Su coalición no defendió con fuerza su sexenio presidencial. Y el propio Lagos tuvo que responder, muchas veces solitario, con dureza a estos emplazamientos, que consideró excesivos, y al desequilibrio que percibió en el juicio respecto de la importancia de su gobierno.

Michelle Bachelet ha estrenado otro modelo. Su decisión de permanecer cercana, particularmente a los débiles, está resultando un muy buen plan para mantener vigencia y prepararse para los ataques que vendrán. Intuyo que estos afanes de citarla a comisiones investigadoras, estas auditorías repentinas, que pretenden debilitar su capital, fracasarán rotundamente. Debilitar a la ex presidenta y erosionar su 84% es una tarea difícil. Particularmente, porque la base primigenia de su adhesión es su propio género, al que colocó en un nuevo piso de reconocimiento y derechos. Creo que, como en el pasado, en su campaña y durante su gobierno, los ataques sólo lograran fortalecerla. La gentileza de su estilo y la adhesión que acumuló al cierre de su gobierno le dan fortalezas inéditas. Distintos planes, distintos estilos, quizás
distintos resultados.