• 2 junio, 2010


Cuánto impacta esta obsesión de Piñera por las encuestas en la definición del estilo presidencial. Cuánto le importa su propia popularidad y cuánto está dispuesto a sacrificar para conquistar adhesión a su figura.


La emergencia de la sociedad de opinión provocó cambios definitivos en la figura presidencial. La antigua
imagen patriarcal del jefe de Estado recorriendo el país en tren, o hablando a multitudes en plazas atiborradas, se desvaneció en el tiempo. Hay un antes y un después de la aparición de la televisión y de la masificación de su consumo. Es la transición entre Winston Churchill y John Kennedy. Más tarde, la irrupción de Internet y sus redes sociales, la telefonía celular y la oferta universal de información online aceleran este proceso. Es el paso de Ronald Reagan a Barack Obama.

Cambia el paradigma de relación entre la política y los ciudadanos. La actuación de los políticos y, en particular, de las autoridades en democracia se torna más competitiva y exigente. Toda la información que se refiere a lo público es procesada por las personas en el contexto de unos marcos de referencia que se constituyen en un complejo proceso en que intervienen los medios de comunicación y, de un modo muy decisivo, la propia experiencia de vida de cada cual. Identificar cuáles son esos marcos de referencia en cada caso, en cada época y en cada lugar es una cuestión principal para quienes dirigen campañas
o la comunicación de los gobiernos.

El estilo de un político surge de la interacción entre las convicciones del personaje y su apreciación de los modos más persuasivos para conectar y capturar a la opinión pública. Hay aquí un juego mutuo: la restricción que impone el medio ambiente público define la viabilidad de determinadas opciones. A su vez, establece los incentivos para moverse en una dirección que favorezca retener adhesión de esa opinión.

Desde que es posible conectarse directamente con todos los electores y presagiar los desempeños electorales probables de las personas, la política vive en función de los ánimos públicos. En palabras simples, de la adhesión, de la popularidad.

Sebastián Piñera fue el primer político en Chile en ser propietario de su propia empresa de encuestas. La Fundación Futuro, fundada en 1993, fue pionera en realizar sistemáticamente encuestas telefónicas que permiten seguir el pulso de distintos temas, a bajo costo. Piñera es un hombre al cual le interesan las encuestas, los focus groups, los pulse line y toda metodología que indague sobre percepciones sociales. Fue mostrando una serie de datos con que logró convencer a un Consejo General de Renovacion Nacional, el año 2005, de que Joaquín Lavín, entonces el otro líder de la oposición, venía en declinación y él
era una figura ascendente.

La cuestión es cuánto impacta este interés u obsesión de Piñera por las encuestas y los focus grups en la definición del estilo presidencial. Más bien, cuánto le importa su propia popularidad y cuánto está dispuesto a sacrificar de su agenda y del apoyo sus propios seguidores para conquistar adhesión a su figura.

El presidente tiene dos problemas: Bachelet y Lagos dejaron la vara alta en materia de apoyo. Sobre 80% la primera y en torno a 60% el segundo, al fin de sus respectivos mandatos. Cifras relevantes, incluso
a nivel internacional. El otro asunto es que el actual presidente siempre ha tenido niveles de rechazo relativamente altos o áreas de apreciación de bajo desempeño, en particular su credibilidad (ver www.
cepchile.cl, encuestas CEP-Programa de Opinión Publica).

A partir de estos límites es que se plantean los escenarios donde se define el estilo de Piñera, presidente.

Es evidente que el único marco de referencia a partir del cual los chilenos pueden llegar a admirar al presidente es por su capacidad de gestión. Pero ello es simultáneamente comunicación pública y delivery; es decir, realizaciones entregadas correcta y oportunamente a los ciudadanos. No promesas, sino soluciones.

Las fortalezas de Sebastián Piñera no están asociadas a valores subjetivos, como la cercanía o la empatía, esenciales para la población en otras coyunturas y claves en la instalación de otros personajes. Eso no es lo suyo, sino el uso de la confianza pública en su posibilidad de gobernar bien, a partir de su exitosa experiencia empresarial y de los deseos de los ciudadanos de conseguir una gestión pública más ágil en la solución concreta de los problemas principales.

El problema es que para conseguir esos resultados a veces hay que romper huevos, golpear intereses, hacer reformas, correr el riesgo de la impopularidad contingente para obtener el bien común de largo plazo. Si el presidente Piñera, más allá de la reiteración del verbo abundante, está dispuesto a esta travesía, es algo que veremos en los próximos años. En ese estrecho desfiladero se definirá su estilo presidencial.