La opción expresiva de Joaquín Eyzaguirre en Casa de remolienda puede ser discutible, pero es coherente de principio a fin.

  • 7 septiembre, 2007

La opción expresiva de Joaquín Eyzaguirre en Casa de remolienda puede ser discutible, pero es coherente de principio a fin.Por Héctor Soto.

 

El nuevo título que acaba de incorporar el cine chileno –Casa de remolienda, de Joaquín Eyzaguirre– se aleja del realismo naturalista dominante en las últimas producciones nacionales (Padre nuestro, El rey de los huevones) y tributa a una estética de corte más bien expresionista y gran densidad en términos de texturas, claroscuros, composición visual y decorados ostensiblemente recargados. La cinta se inspira en una obra de Alejandro Sieveking que, con mayor ritmo y levedad, también remitía a un Chile de superficie ingenua y costumbrista por cuyas profundidades circulaban corrientes atávicas de brutalidad y violencia. La historia se desarrolla alrededor de los años 40, en el contexto de un burdel pueblerino y rural, cuando la hermana de la regenta –ignorando la naturaleza de las actividades que ésta desarrolla– le anuncia una visita junto a sus tres inverosímiles hijos. La regenta decide disfrazar su negocio como una pensión casera y decente mientras el grupo esté de visita en su casa y esa impostura es la que da lugar a una serie de malentendidos y conflictos que se resuelven a la chilena con creciente ferocidad y crudeza. La acción transcurre en los días en que la luz eléctrica está por llegar al pueblo y cuando los nuevos aires de modernidad deberían desplazar las matrices del Chile agrario y arcaico.

 

Casa de remolienda es una película mucho más de atmósferas que de personajes. No obstante sobrepasar las dos horas de proyección, dedica poco tiempo a perfilar caracteres o explicar motivaciones y en cambio mucho a generar climas de embriaguez eufórica, de odiosidades crispadas, de lascivia adocenada, de coqueterías de mala muerte, de lirismo pueblerino y noches amenazantes. El esfuerzo invertido en la decoración, en meriñaques, afeites, medias, peinados, collares y vuelos, como también en aspectos poco glamorosos de la vida prostibularia, es tanto más desconcertante cuanto que a menudo se observan discontinuidades que van mucho más allá de la elipsis en el desarrollo de los personajes y de la trama. Es posible que Eyzaguirre se haya visto obligado a reducir el metraje final a costa de saltos o lagunas narrativas que el espectador debe llenar a su amaño.

 

De cualquier modo, la opción expresiva del director puede ser discutible –discutible en su desconfianza a las imágenes serenas, a la observación paciente de las conductas y a los planos limpios– pero es coherente consigo misma, en la medida en que está presente de principio a fin y domina desde la respiración hasta los registros musicales de la cinta. En esta estética recargada, microclimática y antigua, parecida a la de Caiozzi y de cineastas italianos menores, la película tiene sin duda carácter, voluntad de estilo e identidad. Lo que no tiene mucho es vuelo y libertad expresiva; tampoco chilenidad ni inspiración. Esto se parece más a un nocturno agobiado y campestre que a una cueca tristona y larga. Planteada y desarrollada en una cuerda bastante más trágica y taciturna que la obra de teatro original, Casa de remolienda debe gran parte de su consistencia al temple extremadamente contenido de algunas actuaciones, especialmente las de Daniel Muñoz, Amparo Noguera y Alfredo Castro. Lo que ellos aportan en términos autocontrol con frecuencia vale más que el histrionismo gritoneado, sobregirado y expansivo de todo el resto.