Desde que nació hasta los 17 años, el sociólogo Eugenio Tironi vivió parte de su vida en La Greda, la pequeña localidad ubicada entre Quintero y Puchuncaví. Ahí se instalaba desde diciembre a marzo con sus padres y sus seis hermanos. Y ahí fue testigo de cómo las industrias que se asentaron en el sector fueron transformando la forma de vida, eliminando la vegetación, cambiando el movimiento del mar y también enfermando y matando a sus habitantes.

  • 13 septiembre, 2018

Nunca había hecho pública esta historia.

-No, nunca. 

-¿Por qué decidió hacerlo ahora?

-Para pagar la deuda que tengo con La Greda. 

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Eugenio Tironi habla lento, repasa sus frases. Piensa, recuerda. Y a veces baja la voz y sus palabras se transforman en murmullos. Las últimas semanas, episodios de su infancia lo visitan con frecuencia: él junto a sus hermanos y amigos jugando fútbol. La campana que anuncia que el almuerzo está listo. La caminata de 20 minutos a pleno sol por un sendero de tierra hasta la playa de Ventanas. Los atardeceres recogiendo machas. El paseo a Horcón a la playa de las ágatas. Las tardes ayudando a sus amigos a buscar a los animales y a juntar leña para el horno. 

Hasta los 17 años, parte de la vida del sociólogo y presidente ejecutivo e Tironi & Asociados transcurrió en La Greda, el pequeño poblado ubicado entre Quintero y Puchuncaví, en el sector que hoy es considerado zona de sacrificio por sus altos niveles de contaminación. Y el lugar donde en los últimos días cerca de 500 personas se intoxicaron debido a una nube tóxica, cuya procedencia las autoridades todavía no logran determinar.

Sus padres partían todos los veranos, en carpa, a instalarse en esa zona del litoral central. “Los Tironi de la Católica, nos decían, porque mi padre era tesorero de la universidad y estaba muy metido con las cooperativas, los sindicatos. Entonces, iban muchos funcionarios, 20 familias, todos los veranos”, cuenta Eugenio.

Inicialmente armaban un campamento –“era una manera barata de veranear”–, pero luego de nacer Eugenio (el cuarto de seis hermanos), la familia Tironi Barrios decidió comprar un terreno conocido como el fundo El Tallarín, porque tenía ocho metros de ancho por 340 metros de largo que subían hacia el cerro. “Era una cosa angostita y ahí mis padres construyeron en torno a un pozo una serie de casitas hechas con las cajas de maquinarias de la universidad, una especie de containers de madera. Hicieron tres habitaciones y ahí nos instalábamos, por supuesto sin luz, sin agua potable y con pozo negro”, recuerda. 

La vida de los Tironi durante esos veranos transcurría como la de cualquier habitante de La Greda en plenos años 50 y 60. Todo giraba en torno a la agricultura y la ganadería, por lo que era frecuente que participaran en la trilla, que ayudaran a arrear a los animales, a cosechar lentejas y que fueran junto a sus amigos a cazar conejos. A veces, el padre de los Tironi organizaba campeonatos de bádminton o béisbol. 

Venían de una familia de clase media de Santiago, estudiaban en el Saint George, pero cuando pisaban La Greda se transformaban en locales. De hecho, nunca se juntaron con otros veraneantes de Ventanas y los miraban con distancia, “como una manera de integrarnos”. “Visto ahora, claro, hay una diferencia social, cultural y educacional enorme. Pero nuestra instalación ahí era totalmente local y eso fue una gran cosa de mis padres”, dice Eugenio. 

-¿A ustedes no los miraban con distancia? 

-Por lo menos creía yo que no. Pero en realidad no, eran pares nuestros.

 

El Tachi

“Todos mis amigos de la infancia son de allá”, dice. Hasta el día de hoy mantiene una relación con varios de ellos. Lo llaman para juntarse cuando están de paso en Santiago y hace siete años organizaron una reunión a la que asistieron 50 personas del grupo de amigos de la infancia y sus familias. “Yo para ellos soy el Tachi, me decían el Tachi. Y tengo una relación totalmente horizontal. Ahora, muchos han muerto y algunos han emigrado a otros lugares de la Quinta Región”, cuenta. 

Pero su principal contacto hoy con La Greda es Olivia Torres Vera. La mujer quedó huérfana cuando chica y la mamá de los Tironi la llevó a vivir con ellos a Santiago, donde se quedó durante 15 años, para luego volver a La Greda. Hoy vive sola en una casa frente al fundo El Tallarín. Hasta allá llegó el sábado pasado Eugenio a almorzar junto con sus hermanos Ernesto y Pablo. “En esta conversación con la Olivia y mis hermanos fue pasar revista uno por uno. Cómo está el Yayo, el Chito, el Milo, el Bicho. En qué están. Y es muy impresionante cómo todas estas familias han progresado, todos tienen hijos universitarios, o carabineros o técnicos profesionales. Uno de ellos, el Milo, es un pequeño empresario del transporte, tiene dos camiones. Y el Bicho, que hace años está enfermo, una enfermedad rara, está mucho mejor. Al menos no se ha agravado”, cuenta Tironi.    

-¿Cuando ustedes veraneaban allá era una zona muy pobre?

-Sí, porque la agricultura siempre fue pobre, esto del secano costero. Había mucha sequía, los animales estaban flacos, todo era pobretón. Salían arvejas o lentejas, pero nunca fue una zona rica. Era más rica hacia Puchuncaví. Allá tienen un microclima con una agricultura mejor, pero esta zona de Ventanas y La Greda era pobre. 

Eugenio lo recuerda bien. Tenía apenas ocho años cuando empezaron a llegar. Primero fueron los camiones, los talleres, los caminos pavimentados y las enormes chimeneas. La primera empresa en instalarse fue la refinería de Enap, a mediados de los 50, luego la Enami (hoy Codelco Ventanas) y después Chilectra, la termoeléctrica. A continuación vendrían más. Los habitantes de La Greda recibieron a las industrias con los brazos abiertos. “Cuando llegó esto, todo el mundo lo celebró como algo milagroso. Había una pelea grande entre distintas zonas de la costa para que estas inversiones se hicieran ahí. Y se salvó Zapallar, Cachagua y Los Vilos, que eran otras alternativas. Durante 10 a 15 años esto fue la panacea para las personas que vivían ahí”, dice Tironi.  

En cinco años, toda la zona entre Ventanas y Puchuncaví se transformó en un sector industrial.

A los 10 años, Eugenio comenzó a sentir los primeros efectos: un sabor ácido en la boca. “Todos empezaron a sentir este ácido. Y obviamente que veíamos el humo. Hoy no es nada, entonces, era una humareda que la veías desde arriba de la cuesta Los Maquis, viniendo desde Nogales”, recuerda. También se acuerda de un estero, en el que él y sus amigos se bañaban y pescaban, que se empezó a contaminar, a llenar de aceite, de petróleo. Luego fue el mar. “Comenzó a cambiar. No solo el color, sino también el movimiento del agua, había menos olas y menos peces, y los pescadores alegaban. Antes, en el horizonte de Ventanas había puros botecitos, y eso se acabó”, rememora. Pero lo más violento, dice, es cómo se empezó a morir la tierra, la vegetación. “Los árboles se pusieron grisáceos y la gente dejó de cultivar porque no crecían las cosas”. Años después, la contaminación se acumuló en las quebradas. Donde antes Eugenio y sus amigos cazaban conejos, ahora había tierra contaminada, vertederos ilegales. 

A mediados de los 70, los Tironi decidieron vender e irse. “Dejamos de ir por eso, porque vimos cómo todo se moría”.

 

“Nos hemos hecho los tontos”

Desde hace algunos años, las principales noticias de lo que ocurre en La Greda han llegado a los oídos de Eugenio Tironi a través de su hijo mayor, Manuel. Sociólogo, al igual que su padre, trabaja en el Centro de Investigación para la Gestión Integrada de Desastres (Cigiden) y desde ahí lleva estudiando hace más de diez  años lo que ocurre en la zona entre Ventanas y Puchuncaví (ver recuadro). “Él conoce bien lo que pasa, ha estado mucho con la gente, sus enfermedades, sus maneras de adaptarse, cómo miden a través de métodos artesanales cuando viene la contaminación y cómo defenderse de ella, cómo lo han hecho con sus huertas. Y esto también me ha hecho reencontrarme con La Greda”, cuenta.

A través de su hijo también, Eugenio se ha enterado cómo la contaminación está afectando a los habitantes de ese sector. 

-En la columna que publicó en El Mercurio, usted relata cómo algunos de los habitantes de La Greda y sus alrededores empezaron a enfermarse y morir.

-Claro, esto es algo que empezó a detectarse con claridad hace unos 15 a 20 años. Hay mucha mayor prevalencia de cáncer que en el resto del país, cáncer al pulmón principalmente. Sobre todo la gente que trabajó en la Enami, problemas a la piel, muchas enfermedades. Cuando se habla de esto de la zona de sacrificio, no es una metáfora. 

-¿Quién es responsable? 

-Esto fue el Estado de Chile. Esto fue Enami y Chilectra cuando era del Estado. Y esto fue fruto de presiones políticas, cálculos estratégicos. Mucho político, senadores y diputados, porque atraer esta inversión era potentísimo. Y entonces, cuando se evaluaban nuevos proyectos, decían “ya que tenemos dos contaminantes, pongamos otra central”. Y hagamos el puerto, la Enap, y el último fue GNL Quintero, una decisión del gobierno de Lagos después de la crisis del gas con Argentina. Y uno ve que lo mismo que se produjo aquí lo encuentras en todas partes del mundo: en Gran Bretaña, en Francia, en la ex Unión Soviética, en Brasil.

-Llama la atención que si hace 15 años se sabe de las enfermedades y de las muertes, el problema siga ahí, que no se haga nada.

-Eso es increíble. A principios de los 90 yo estaba en el gobierno y esto empezó a tomar fuerza. Por presión de la población. Y se cambian las normas. Enami dejó de contaminar como lo hacía, lo mismo las generadoras. Se pusieron normas mucho más estrictas, pero igual siguió siendo una zona altamente contaminante y bajo regulaciones que, hoy día descubrimos, son muy bajas y poco exigentes. Y, además, con mucha recurrencia de episodios críticos, porque como son tantas las industrias que hay, la probabilidad de que tengan algún accidente es altísimo. Pero además, hay un daño ya provocado, un daño acumulado en la tierra, en esos lugares de acopio de material contaminado.

-Por qué si este tema se levantó en los 90, llegamos a la situación de hoy, con 500 intoxicados. 

-Hemos sido indolentes. El Estado ha sido indolente. Nosotros como opinión pública hemos sido indolentes. Nos hemos hecho los tontos. Claro, se ha reducido la contaminación presente, se han establecido compensaciones. Pero son cuestiones marginales respecto a lo que fue el daño. Es el precio que hemos debido pagar para el progreso del que hoy nosotros gozamos como sociedad. En ese sentido, todos tenemos una deuda con esas familias. Y no son los únicos. Si hacemos el inventario, nos vamos a encontrar con habitantes de otras zonas también. En Chile tenemos mucho de esto. En Paipote, Tal Tal, todas las zonas alrededor de tranques de relave que tenemos por la minería. Y creo que llegó un momento en que vamos a tener que meter en la agenda la llamada remediación. Hacernos cargo de este pasivo ambiental.

-¿Cómo se puede remediar esto? ¿Sacando las industrias para ponerlas en otro lugar? ¿Reubicar a la población? 

-Es súper complicado. Pero si uno ve el petitorio que hacen las organizaciones de la zona, son muy modestos. No están pidiendo ninguna revolución. Solicitan que no se instale ninguna industria más, ni que se amplíe ninguna de las que hoy día están presentes. De hecho, lo podríamos haber comenzado a hacer mucho antes. Segundo, están pidiendo que se estudie el cierre de Codelco porque, además, no tiene mucho sentido económico. Y creo que uno podría plantearse el cierre de las termoeléctricas en un plazo relativamente breve, porque van a pasar a ser antieconómicas muy pronto. Y al mismo tiempo, vamos a tener que meternos la mano al bolsillo y gastar muchas lucas, porque el proceso de remediación es caro. Cómo limpias el mar, la costa, la tierra. Es caro, pero se puede hacer. Va a durar 20 o 25 años. Por ahora, están pidiendo cosas tan elementales como por ejemplo reforzar los consultorios, los hospitales.

 

Los dueños del NO 

-Hoy está muy fuerte este debate de quién es el dueño del plebiscito. ¿Cuál es su posición?

 -Mira, yo encuentro que es bien importante el debate, no es banal. 

-¿Es un debate pendiente?

-Yo creo que sí. Pero es un debate que se ha venido realizando desde hace por lo menos 15 años. Y hoy vuelve. Y es si valió la pena o no haber ganado con el No. Hay un sector importante en la izquierda, y no solo en la izquierda, en la Democracia Cristiana, que después de décadas se han venido a preguntar si no habría sido mejor haberse mantenido con Pinochet, lo que habría polarizado las cosas, pero habría permitido desprenderse del modelo. 

-Eso también se planteó con fuerza con la película NO, cuando aparece toda esta crítica a la transición.

-Esto viene desde hace un rato. El primero que lo explicita más intelectualmente es Tomás Moulian, que ya el año 94 se hacía la pregunta. Pero esta era un poco la tesis del PC. El PC estuvo por el levantamiento insurreccional, que fracasó con todas sus letras entre el 84, el 85 y el 86. El PC intenta revitalizarlo por la vía de la lucha armada, primero con la internación de armas que se las descubren y luego con el intento de magnicidio de Pinochet, como gatillante para un levantamiento tipo Nicaragua, que hubiese permitido acabar al mismo tiempo con Pinochet y con el capitalismo. Y hacer justicia de forma exprés respecto a las violaciones a los derechos humanos. Y esa cuestión se enfrenta a otra tesis que es buscar una forma pacífica, negociada, incluso aceptando la institucionalidad pinochetista, que desemboca en el plebiscito y el No. El PC se suma muy al final, pero con la secreta esperanza de que fracasara.

-¿Le parece razonable entonces que la DC quiera dejar fuera al PC de la celebración del aniversario de los 30 años del plebiscito?

-Pero el PC ha cambiado. Se dio cuenta, y lo dijo muy lealmente Guillermo Tellier en el entierro de Aylwin, de que ellos estaban equivocados. Pero de repente surgen voces que dicen “a lo mejor no estábamos tan equivocados”. Las perspectivas van cambiando, uno revisita el pasado con otros ojos. Y ha venido toda esta crítica ácida a la transición que se volvió muy popular en el mundo de la centroizquierda, y en el Frente Amplio. Y ahora algunos dicen: quizás no valió la pena porque el que realmente triunfó aquí fue el modelo pinochetista, que se siguió implementando bajo un sistema semidemocrático que legitimó lo que había instaurado Pinochet. Y esto estableció la sociedad que hoy día tenemos, de consumo e individualista. A algunos de ellos les preguntaría: ¿para qué vienen a celebrar al aniversario del plebiscito? Más bien deberían venir a llorar, si son consecuentes con su análisis.

-También está toda esta discusión de quién debería atribuirse el fin de la dictadura, si los que hicieron posible el plebiscito o los que protestaron en la calle e hicieron la resistencia, y dicen que esto no habría pasado sin ellos.

-Yo creo que es medio ridículo empezar a ver quién fue. Estos temas son multicausales. No hay ninguna duda de que todas las manifestaciones y la organización social fueron un factor que influyó. Pero tampoco tanto, digamos las cosas como son. Cuando se hizo el plebiscito, ese movimiento social estaba en el suelo. O sea, Pinochet no hace el plebiscito para detener una insurrección en ciernes, no nos pasemos películas. No. Pinochet tenía el control de todas las cartas. Y si lo hizo como lo hizo, fue más bien por presiones internas dentro de su propio mundo de la derecha civil. Y creo que ahí influyó mucho el Departamento de Estado americano y muchísimo Juan Pablo II. Pero no fue para defenderse de una ola de protesta popular que lo iba a voltear. Además, él estaba totalmente convencido de que iba a ganar.

 

No mirar el techo

-¿Cuál es su visión de lo que está pasando hoy con las intoxicaciones masivas? 

-Estamos con toda esta discusión de quién fue el causante. Pero da lo mismo quién fue.

-¿No es útil buscar responsables?

-Creo que no es lo que hay que hacer. Porque ¿sabes? Esa búsqueda lleva a la conclusión de que si corregimos eso, se soluciona el problema. Si corregimos la manera como se limpian los estanques, si fiscalizamos mejor, arreglamos el problema. Y no. Si el problema es que estos son 50 años en que hemos venido acumulando contaminación en esa zona. Y uno diría que es una contaminación cruzada. Porque, claro, se instala una nueva industria que cumple la norma, incluso puede ser la más exigente. Pero el problema es que unida a otras tres industrias que están en el vecindario se produce un efecto que nadie puede prever, seguramente, quizás a eso responden estos episodios: a factores cruzados, hubo una cuestión de presión atmosférica, de temperatura, del efecto del cambio climático, y se produjo de pronto una combinación que tuvo como efecto este impacto. Estamos ante una suerte de Chernobyl silencioso. Tenemos que hacernos cargo. 

-¿Qué le ha parecido la manera como ha reaccionado el gobierno frente a esta emergencia?

-Yo sé que se criticó mucho que Piñera fuera para allá. Pero me parece que es lo que tiene que hacer un presidente de la República. Ahora, claro, a uno le gustaría que tuvieran las cosas más claras. Pero lo que yo escucho que dicen las personas de la zona es: “Estamos cabreados de planes de descontaminación, de expertos que vienen a hacernos estudios, de instrumentos de monitoreo, de que vengan las autoridades y digan que ahora sí van a venir unos finlandeses y van a encontrar la bala de plata y van a resolver esta cuestión. Vengan a hablar con nosotros, nosotros sabemos bien lo que pasa en la noche, y sabemos que de repente hay un pito y después aumenta el sabor ácido en la boca. Cualquier cosa que vayan a hacer, háganla con nosotros”. Porque no hay nadie más interesado que las víctimas en buscar una solución. Y ellos también quieren que haya actividad económica, no quieren que esto se acabe, si sus hijos y nietos viven de esto. 

-¿Se ha escuchado poco a las víctimas, a su juicio?

-Lo fundamental es ir a escuchar. En ese sentido, el que haya ido el presidente no está mal, pero ahora el gobierno y las empresas tienen que ir a conversar. Y yo lo noto en el mundo de las empresas que dicen: “Por favor, no podemos seguir hablando de sostenibilidad, hacer seminarios en Casa Piedra y tener esto aquí”. Es lo que dijo Antonio Bacigalupo (gerente general) de GNL también, que esto debería ser un punto de inflexión. En ese sentido, el mundo empresarial tiene que hacer algo, no puede mirar el techo. Y desde luego el Estado. Pero lo primero es conversar, ir a hablar con la gente. 

-¿Podría ser una oportunidad política para el gobierno de Sebastián Piñera?

-Podría ser, pero lo que pasa es que no se van a ver efectos en el corto plazo.