Por: Sergio Paz -Lento es rápido –dice Davenport. Son pasadas las nueve de la mañana en Portillo y, junto a un grupo de integrantes de la clínica de Chris Davenport, caminamos cerro arriba. Más allá de Roca Jack. Acaba de nevar. Falta aire. -Respira. Camina lento. Encuentra tu ritmo. Muchas veces, la gente fracasa no […]

  • 17 septiembre, 2015

Por: Sergio Paz

Davenport

-Lento es rápido –dice Davenport.

Son pasadas las nueve de la mañana en Portillo y, junto a un grupo de integrantes de la clínica de Chris Davenport, caminamos cerro arriba. Más allá de Roca Jack. Acaba de nevar. Falta aire.

-Respira. Camina lento. Encuentra tu ritmo. Muchas veces, la gente fracasa no porque no sean capaces de hacer algo, sino porque se apuran y no encuentran su ritmo.

La nieve está honda. El cielo azul. No corre viento. No hace frío ni calor. El día es perfecto.
Davenport, el hombre que anima al grupo a subir, es el mismo que has visto en tantas películas del deporte blanco. El mismo que ganó una medalla de bronce en los X Games y esquió la cara Lhotse del Everest. El tipo es un motor humano que, a los 44 años, se mantiene igual de fuerte que cuando tenía 30 y se impuso en el Campeonato Mundial de Esquí Extremo en Alaska, que ahora auspicia Red Bull.

Supongo que estar en la montaña con Davenport, es como para un fanático del fútbol entrenar con Messi o Cristiano Ronaldo. Hay una diferencia, obvio. Algo que no sólo tiene que ver con el deporte en cuestión.

-Yo me defino –explica Davenport– como un gerente de la diversión. Uno que tiene que procurar, antes que todo, por la seguridad.

Junto con ser un atleta que continuamente está presionando sus propios límites, es un coach que lleva a gente a esquiar a diferentes rincones del mundo. Y, en ellos, fuerza a sus clientes a perder miedos. Básicamente, a olvidar lo aprendido y a empezar todo de nuevo.

-Una de las cosas que me gusta del esquí –dice– es que tal como ocurriría en una empresa, de pronto te das cuenta de que la forma en que has hechos las cosas simplemente no sirve. Y si quieres que te vaya bien, tienes que aceptar que hay otra manera. Esto no es muy distinto a la innovación.

Razones para creerle hay varias. La primera tiene que ver con sus logros deportivos. La segunda con que él mismo es un empresario/innovador que, junto con trabajar al amparo de su propio nombre (a fin de cuentas una leyenda) se ha asociado con diversas marcas a las que ha llevado a otro nivel.

De ellas, probablemente la más significativa es Kästle; una fábrica de artículos de nieve que fue exitosa en los 70-80, pero que perdió liderazgo cuando se puso de moda el freeride o esquí fuera de pista. Afortunadamente para ellos, se asociaron con Davenport y, tras reinventar la forma de producción, sacaron una línea llamada Comeback Collection. Luego, para demostrar que la cosa iba en serio, Chris decidió subir en diez días las cuatro montañas más altas de los Alpes (Eiger, Matterhorn, Mont Blanc y Monte Rosa) y, desde sus cumbres, lanzarse cerro abajo. Tras la hazaña, Kästle volvió a tener un lugar competitivo en la industria.

***

En la firma de Davenport –que funciona en una pieza de su casa en Aspen– no trabajan más de tres personas. La jefa ahí es su esposa –patrulla de esquí– quien ve los contratos y produce los viajes. También las entrevistas. De hecho, antes de salir a caminar, en el comedor de Portillo era ella la que conversaba con la revista GQ para coordinar una nota con este ícono de la vida outdoor.

-Okey, vamos a bajar por aquí –dice Davenport indicando con su bastón unos roqueríos, justo donde el horizonte parece curvarse. Por suerte la nieve es perfecta y todo es muy suave. Preciso.

-¿Sabes? Éste es el mejor día de esquí de mi vida –me dice un canadiense, un segundo antes de ver a Chris en acción.

-¿Y de qué parte de Canadá eres? –le pregunto.

-De Revelstoke, Columbia Británica –responde él.

-¡Pero cómo! ¡Revelstoke es uno de los lugares del mundo donde más nieva! ¡Un lugar al que todos queremos viajar para esquiar! –le digo.

-Sin duda. Supongo que la diferencia es que, cuando estás con alguien como Chris Davenport, tienes la sensación de que hacer cosas difíciles sea lo más fácil del mundo.

Acto seguido, Davenport baja. El tipo es fuerte y elegante. Suave, pero poderoso. Aunque la pendiente es considerable, hace consistentes curvas como si fuera la cosa más simple del mundo.

La cosa es así: Chris creció en New Hampshire, Nueva Inglaterra, Estados Unidos. Sus papás eran fanáticos del esquí y, de chico, le metieron el bicho de la montaña, el camping y la escalada, el kayak y la bicicleta.

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Al terminar el colegio, se fue a estudiar historia a la Universidad de Colorado. Un pretexto para seguir esquiando, aunque muchos años después tendría sentido. A la fecha, Davenport ha escrito dos libros que conectan esquí e historia. A poco andar consiguió un par de trabajos en Snowmass. Y, en 1993, se mudó a vivir ahí. Un año después, recibió una llamada que cambiaría su vida.

-Hey Chris, tienes que venir a esta competencia. Se llama Extreme Skiing Competition y se realizará en Crested Butte.

El tipo al otro lado del teléfono era Shane McConkey: un compañero de la universidad que se transformaría, años después, en una leyenda al morir mientras grababa escenas de alto riesgo para una película en la que también había sido contratado Davenport.

Para entonces, McConkey había fundado las bases de lo que podríamos llamar el “esquí moderno”. Tras afianzar una intensa amistad, los dos comenzarían a viajar regularmente a Portillo; el centro donde, hasta hoy, Davenport ofrece apetecidas clínicas de esquí.

Aunque Snowmass está muy cerca de Crested Butte, en invierno es difícil el acceso y Chris debió manejar cuatro horas para llegar al sitio de la competencia. Ese año, ganó. Poco después volvió a arrasar en Las Leñas, Argentina. La coronación sería en Alaska donde, invitado al World Extreme Skiing Championship, apabulló a sus rivales.

Davenport se transformaba en esquiador profesional. Y, cinco años después, también en Alaska, terminaría de consagrarse tras ganar el Red Bull Snow Thrill. Era época de cosechar. Davenport empezó a participar activamente en las películas de Warren Miller y, especialmente, en las de Matchstick Producciones. Todas, cintas mucho más hardcore que las que se habían hecho hasta entonces
Hasta hoy, clásicas son sus apariciones en Global Storming. Un hito en el cine de montaña que, según el propio Davenport, tiene la gracia de que “captura la esencia del esquí en aquel tiempo, cuando se iniciaba la era del freeride”.

Hace poco, inventó el “Volcano Tour”: un proyecto que consistía en subir y bajar esquiando 15 volcanes de Estados Unidos en apenas 14 días. Para eso arrendó un motorhome y contrató a un chofer cocinero. Luego llamó a grandes esquiadores, entre ellos Jess McMillan y Daaron Rahlves, ex campeón olímpico, y les pidió que lo acompañaran. El intenso viaje partió en el monte Shasta, California, y terminó en el volcán Baker, en Washington.

¿Cómo logró hacerlo? El equipo se levantaba a las 3 de la mañana y, a las 4, ya estaban caminando. Subían, bajaban y al atardecer se montaban en la motorhome para moverse hasta al próximo volcán.

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Todo muy bien hasta que debieron vérselas con el Rainier, en Washington, 87 kilómetros al sureste de Seattle; un gigantesco volcán de 4.392 metros de altura, plagado de glaciares y grietas. Para entonces, Davenport y compañía estaban completamente exhaustos. Pero lo hicieron igual.

La más reciente aventura fue subir y esquiar las 50 montañas más altas del estado de Colorado en el mismo año: una aventura que, antes que él, sólo había hecho Lou Dawson.

Es su estilo: un tipo al que le encanta ser el primero. Unos años atrás, organizó una expedición para esquiar en la Península Antártica. Y pronto se embarcó en el Australis, un yate que lo llevó al sur desde Ushuaia.

Como las cosas funcionaron, desarrolló un inédito proyecto: llevar a turistas a esquiar a la Antártica. La idea prendió.

***

A Chile, Davenport no deja de volver cada año. Se instala un mes en una pieza del Hotel Portillo y recibe a más de treinta turistas que llegan a esquiar con él.

-Hace quince años que vengo a Portillo y éste es el mejor día en este lugar. Estás con suerte –me dice Davenport, cuando nos reagrupamos a media montaña. Personalmente, estoy exhausto.

-Ahora vamos a subir ese cerro de allá. ¿Vienes? –pregunta.
Otra vez estoy en marcha. Sólo me alivia saber que, delante de mí, igual de lento avanza un niño. Luego entendería que es el hijo de Davenport que, este año, le ha ayudado con las clínicas. Chris lo puso ahí para que me fuera dando ánimo. Ésa es la gracia: siempre está pensando en cada detalle.

-Supongo que es el secreto para que esta empresa funcione. Eso y la capacidad de demostrar que tú eres el líder. Lo mismo ocurre en cualquier otro negocio –me dice, mientras abajo se ve cada vez más lejana la laguna del Inca.

Ganamos altura. Estoy sediento.

“¿Vas a esquiar con Davenport? Lleva mucha agua”, me había advertido Miguel Purcell, el gerente de Portillo, antes de salir del hotel.

Mientras caminamos, le pregunto a Davenport por la conexión con McConkey y Chile.

-Shan fue uno de mis mejores amigos. Todos mis recuerdos son divirtiéndonos. Cuando murió, él estaba haciendo base jumping, saltos con paracaídas y eso es peligroso. Shane sabía que era peligroso.

Entonces, algo salió mal y él no sobrevivió. Es como si lanzaras los dados cien veces y, claro, alguna vez vas a perder. Cuando ocurrió, yo estaba en Canadá filmando para Matchstick otra parte de la misma película. Lloramos toda la noche y nos emborrachamos.

-Entiendo que, para él, Portillo siempre fue un lugar importante.

-Él amaba Portillo. Una vez vino con su esposa, su bebé y su madre que, a los 63 años, escaló y bajó Súper C. En la rocas de Plateau, pusimos una placa recordatoria que dice: “1969-2009. Tu espíritu aún se eleva a través de los Andes”. Luego, esparcimos sus cenizas en la laguna del Inca.

-Este lugar también es importante para ti, ¿no?

-Me siento más conectado con estas montañas que con cualquier otro lugar en el mundo, excepto por Aspen que es donde vivo. Portillo es único. Un resort privado, boutique, con un terreo muy escarpado con todo tipo de dificultades. Por eso, todos los años traigo a mis clientes que al final siempre terminan diciendo que fue el mejor viaje de sus vidas.

-¿Qué tan clave es saber administrar el riesgo?

-Fundamental. La naturaleza no esconde nada. Toda la información que necesitas para tomar una buena decisión está ahí, enfrente tuyo. Depende de uno interpretar. La cosa es arriesgarse, pero manejando el peligro. Si lo arruino, algún cliente podría morir. Así es que esto me lo tomo muy en serio, sin perder de vista que se trata de divertirse.

-¿Cuál es el próximo desafío para los fabricantes de esquís?

-Ésa es una pregunta difícil, pero supongo que lograr que esquiar sea cada vez más fácil. Y, para eso, que los esquís sean cada vez más livianos y versátiles. También de menor costo.

-¿El secreto de tu clínica?

-Lograr que la gente crea en ti. Pero, al mismo tiempo, que ellos crean en sí mismos. Qué sí pueden hacer tal o cual cosa.

Bajamos. Estoy muerto.

-Ahora vamos para allá –dice Davenport, pero en el camino pierdo de vista al grupo. Estoy extenuado.

“Quizás ya es suficiente”, pienso. Tal vez el próximo año podría hacer el programa completo.

Al menos ya sé que es cuestión de creerlo. •••