• 3 noviembre, 2011

Economía y demografía prometen entrecruzarse en forma explosiva en no muchos años. Mientras tanto, el mundo “hace tiempo” al ritmo del probablemente fugaz fenómeno de los indignados.Por Roberto Sapag

Hace pocos días, organismos internacionales identificaron al 31 de octubre como el día en que el mundo alcanzó los 7.000 millones de habitantes; cuestión que, más allá de la anécdota, deja instaladas enormes interrogantes de futuro, en especial cuando en la atmósfera se percibe un fuerte tufillo de indignación o malestar social.
Y no se trata de interrogantes menores, dado que el comportamiento demográfico no responde a planes centralizados. Muy por el contrario, se trata de asuntos importantes, ya que los vectores que explican y dan forma a esta realidad tienen un origen complejo y se entrecruzan en una trama de consecuencias aún más enmarañadas y de enormes alcances económicos, políticos y sociales.
Sin ánimo de establecer una correspondencia entre las corrientes demográficas y sociales que están moldeando el planeta y los fenómenos –en su mayoría desconectados entre sí– de malestar social, sí es posible decir que hay vetas subterráneas que marginalmente los conectan hoy y que, sobre todo, amenazan con detonar a futuro.
Y son justamente estos riesgos los que, ya como un reto global, emergen cuando se proyecta de manera lineal el fenómeno de malestar social que hoy atraviesa especialmente a personas de capas medias desmejoradas.
Guy Sorman, el economista y filósofo liberal, ha dicho que esta sintomatología social no derivará en una enfermedad especialmente grave, añadiendo que el malestar o indignación social que hoy brota en distintas partes del planeta tiene causas múltiples e inconexas, sin un trasfondo ideológico, razón por la cual, al igual que lo ocurrido con mayo del 68, terminará inevitablemente diluyéndose o desdibujándose, para quedar finalmente en la anécdota.
Su lectura de este conjunto de malestares que la prensa y el consciente colectivo, aún muy encima de los acontecimientos, tienden a leer como un gran fenómeno, puede estar en lo cierto, lo cual no significa que haya que dejar de atender aquellos riesgos latentes.
Cada nación tiene sus propias dinámicas y, por lo mismo, cada gobierno tendrá que atenderlas como estime más adecuado. En Santiago, Madrid, Nueva York o Beijing las situaciones difieren y se abordarán de modo distinto y caso a caso en el corto plazo. No obstante, a nivel global el registro estadístico del habitante número 7.000 millones abre interrogantes más importantes.
El perfil etario de la humanidad, en el que hoy 900 millones de habitantes del planeta tienen más de 60 años y en cuatro décadas más éstos serán más de 2.400 millones; el feroz crecimiento poblacional que registra el África subsahariana, donde cada mujer tiene a lo largo de su vida 4,8 hijos; los fenómenos migratorio y poblacional que vive China y la presión que ello produce sobre su sistema económico, entre otros, son todos temas que pueden instalarse en la agenda mundial de manera bastante menos amable que el llamado fenómeno de los indignados que hoy anima las charlas de sobremesa y marca tendencia en el people meter de las lúdicas redes sociales. No vaya a ser que el brillo de estas perlas noticiosas desvíe de la atención a los pobres, los viejos y la marginalidad que, hasta ahora, muchos creen que pueden seguir esperando.