• 6 abril, 2010


Un terremoto de este calibre me dice que lo único que vale la pena en la vida es amar.


Junto con los saqueos apareció con fuerza la verdadera cara de Chile, que quedó tan bien representada por aquellas instituciones, muchas de ellas lideradas por sacerdotes, que pusieron manos a la obra ayudando a los más necesitados en los trágicos días inmediatamente después del terremoto.

Hacerse presente con alimentos, frazadas, remedios, mediaguas, carpas, era la tarea que exigían las circunstancias. Notable fue apreciar a las comunidades cristianas que deploraban sus templos en el suelo y que lamentaban mucho más el dolor de tantos niños, mujeres y ancianos que lo habían perdido todo. Son muchos los obispos, sacerdotes y religiosas que vivieron en carne propia el dolor de ver destruido el esfuerzo de tantas personas, un esfuerzo que se traducía en la casa propia, el primer auto, un hijo en la universidad, la fuente de trabajo. Y se hicieron parte, como lo habría hecho el mismo Señor. Mucha gente perdió todo, incluso familiares queridos. En esas circunstancias de tanta desolación apareció con fuerza lo más relevante, lo más fundamental, lo que le da consistencia a todo: la fe en Jesucristo Nuestro Señor. Cuando entrevistaban a una persona acerca de su drama no faltaba el “gracias a Dios…”

A pesar de que los templos estaban en el suelo, no faltó la misa diaria o dominical. Y mucho menos faltó el fervor. No faltó la posibilidad de acercarse al sacramento de la reconciliación. Las parroquias se abrieron de par en par para recibir la ayuda que muchos querían entregar y, también, para acoger el dolor y dar esperanza, porque “dolía el alma estar en medio de tanta destrucción”. Con fuerza y renovado vigor se escuchaban en el ambiente las palabras de San Pablo a la comunidad de Roma: “ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor Nuestro”. Esta experiencia de amor la he vivido, al igual que millones de chilenos, en medio del dolor. ¿A quién íbamos a recurrir para que nos consolara el corazón y nos animara a seguir en estas nuevas condiciones, si no al que padeció el dolor como ningún otro? ¿Quién si no Él podía compadecerse de nosotros y darnos consuelo?

No tengo la inteligencia suficiente para responder a la pregunta de por qué Dios permite un terremoto así. Lo que sí puedo responder es qué es lo que un terremoto de este calibre me dice. Y me dice que lo
único que vale la pena en la vida es amar. Dar la vida por los demás. Que no tiene sentido alguno aferrarse a los bienes materiales, al poder, al éxito, dado que todo aquello es muy frágil. Sólo el amor no es frágil, dado que nunca pasará. Me dice que el sentido último de la vida está en salir de uno mismo y mirar alrededor y percibir que la necesidad de otro se convierte en un imperativo ético que surge del reconocimiento de su dignidad. Me dice que hemos de vivir más desprendidos de todo aquello sujeto a la vulnerabilidad propia de la existencia y concentrarnos en lo que realmente importa: hacer de nuestra vida un don para los demás. Este imperativo que surgió de ver el dolor tan de cerca mucha gente lo vivió conmovida por los efectos del terremoto. Surge la pregunta: ¿hay que esperar otro terremoto para mirar la pobreza, el sufrimiento de tanta gente? ¿Hay que esperar otro terremoto para desprenderse de lo que no
necesitamos o, incluso, de lo que tenemos de más? La respuesta es no.

Aunque parezca paradójico, aprecié a un grupo de jóvenes partir a una zona devastada a colaborar con los damnificados. Les esperaban mucho trabajo, incomodidades varias y sacrificios. Sin embargo, iban felices, con una sonrisa que cualquiera desearía. La respuesta está en que hemos sido creados para amar y si no amamos, como dice San Pablo, no somos nada. Tan simple como eso: si no hacemos algo por los demás, aunque
estemos vivos, no somos nada. La esperanza que nos dan los miles y miles de voluntarios que se pusieron en movimiento es inmensa y nos recuerda que, junto con el mal manifestado en los saqueos de todo tipo, el bien siempre se hace presente, y con más fuerza. Además, nos recuerda que el fundamento de una sociedad
se manifiesta en circunstancias límites como estas y quedó claro que el fundamento son Cristo y la Iglesia Católica en su dimensión más propia: servir a los demás olvidándose de sí.

No ha de extrañarnos que el propio gobierno pidiera a tres instituciones lideradas por sacerdotes que se pusieran en movimiento para salir en ayuda de los damnificados. Lo hicieron sin aspavientos. Lo que habla muy bien de ellas y de tantos otros que se entregaron a esta noble causa. Fue emocionante ver el mismo sábado a las parroquias y colegios organizándose para recibir ayuda y enviarla a los lugares más necesitados.

Ahora viene la etapa de la reconstrucción. Hemos hecho un catastro de los estragos que dejó el terremoto en templos, capillas y colegios de la Iglesia. Solamente en la arquidiócesis de Santiago evaluamos los daños en 40 millones de dólares. Una suma que estamos lejos, pero muy lejos, de obtener por nuestros propios medios. La Iglesia seguirá haciendo su labor, ya sea en galpones, capillas de emergencia, etc. Sin embargo, es legítimo esperar que el gran empeño que hay en levantar recursos para reconstruir lo caído también considere a esta institución que tanto aporta a la sociedad y que requiere con urgencia de recursos para ver las cruces en los campanarios, recordándonos día a día el amor que Dios nos prodiga en su Hijo, que dio su vida por nosotros y en el que podemos descansar seguros, a pesar de un terremoto tan devastador como el que acabamos de vivir.