El pasado miércoles 11 y jueves 12 se resolvió el cara y sello de las acusaciones constitucionales. La primera fue aprobada y la segunda se tuvo por no presentada. El gobierno celebró que la acusación presidencial no prosperara. Pero esta victoria tiene mucho de pírrica. La estrategia opositora fue mostrar una tarjeta roja y otra […]

  • 18 diciembre, 2019

El pasado miércoles 11 y jueves 12 se resolvió el cara y sello de las acusaciones constitucionales. La primera fue aprobada y la segunda se tuvo por no presentada. El gobierno celebró que la acusación presidencial no prosperara. Pero esta victoria tiene mucho de pírrica. La estrategia opositora fue mostrar una tarjeta roja y otra amarilla. Así, Piñera continuará su presidencia, pero amonestada y aún más atemorizada.

Frente a esta precariedad se hace todavía más evidente la necesidad recurrir al mecanismo del premier que contempla la actual Constitución (inciso final del artículo 33), que hasta la fecha nunca ha sido utilizado. Más allá del parlamentarismo versus presidencialismo, la designación de un premier coadyuvaría a remontar nuestra profunda crisis. Además, serviría para observar cómo funciona y tenerlo en cuenta durante el proceso constitucional en curso (que según la consulta municipal del pasado domingo 15 es apoyado en forma abrumadora).

La actual Constitución, la de Lagos (2005), faculta al presidente para encomendar a uno de sus ministros, lo lógico sería que fuese el ministro del Interior, la coordinación de la labor de los secretarios de Estado y también de las relaciones del gobierno con el Congreso.

Se requiere un golpe en la mesa y dejar el goteo de propuestas. Urge implementar la figura del premier (como auguraba Nicanor Parra: la derecha y la izquierda unidad jamás serán vencidas) para salir del atolladero institucional e insurreccional en el que nos encontramos.

Para esto se necesita un Acuerdo Nacional que tenga por resultado, por un lado, garantizar la seguridad individual y de los bienes de las personas y recomponer el orden público y, por otro lado, pactar una agenda social de largo plazo, pero que en lo inmediato reunifique los dos Chile que hoy han dejado de cohabitar.

No es posible pensar en un Chile unido en torno a la justicia y al desarrollo si el 1% se sigue llevando para su casa el 23% de la riqueza total (en Alemania solo se apropia del 8% y en Nueva Zelanda, del 7%) y en el cual, paralelamente, no se resuelva la “desigualdad horizontal” o de trato, que incluye -como destaca el economista Sebastián Edwards- la desigualdad de acceso a bienes públicos, como áreas verdes y esparcimiento, entre otros.

Pero antes de asumir el cargo se debe pactar entre todas las fuerzas democráticas: a) cuál será la agenda social justa que reestablecerá un equilibrio socioeconómico y b) cómo se financiará (ya sabemos, como se repite con frecuencia: que gastos permanentes requieren ingresos permanentes); y luego elegir el premier.

Para enfrentar tiempos recios, apremian nombres recios. Cuando Roma estuvo al borde del colapso no buscó a un ser encantado por una contradicción hamletiana (ser o no ser), sino que recurrió al ex cónsul Cincinato, considerado un modelo de virtud y honradez, pero poseedor de una férrea voluntad política que permitió sacar a adelante a una Roma que se despedazaba.

Se me ocurren de inmediato tres alternativas: Andrés Velasco, Mahmud Aleuy o Francisco Vidal. Sería un gesto político acertado y acorde al tiempo revolucionario que se vive.

Esta opción -transmitida casualmente a La Moneda, vaya a saber cómo se la consideró- exige de la presidencia la generosidad republicana de cohabitar, como sucede en Francia y que ha dado continuidad en tiempos difíciles. Mi padre diría: ‘La masa no está pa’ bollos’. La pequeñez y codicia no pueden ser obstáculo. Hay que privilegiar el beneficio del país, sin conflictos de interés mal resueltos. Así se tendría la oportunidad -insisto- de ver cómo funciona la institución del premier y nuestro capital humano antes de explorar en la nueva Constitución o en la propia Constitución de Lagos el tránsito a un régimen político semipresidencial, como el propuesto, entre otros, por Allamand (en el 2016), que -en suma- igualmente contemplaba “una suerte de ministro del Interior reforzado”, como el mismo senador precisó.

En este contexto, tendríamos la figura presidencial como jefe de Estado y la de un premier abocado a unificar y pacificar el país”.