• 9 septiembre, 2011



Para solucionar el tema de la educación es clave un acuerdo amplio y de connotación nacional, pero no entre la Concertación y la Alianza. Hay una nueva generación que es necesario incorporar.


Desde que Piñera comenzó a trastabillar mes a mes en las encuestas, irrumpieron diversas teorías para entender el fenómeno; en general, eran condescendientes con la solidez del sistema económico y sus indicadores, y proclives a explicar la baja en la adhesión por aspectos soft, como la debilidad en las comunicaciones, o la personalidad del presidente, o la evidente falta de relato. Incluso se dijo que la modernidad –con su per cápita de 15 mil dólares– traía nuevas demandas y una presión por más bienestar y calidad de vida.

Pero cuando surgió la protesta estudiantil y la adhesión presidencial seguía bajando, las interpretaciones se volcaron a fenómenos más estructurales. En principio, el tsunami de cuestionamientos y malestares se consideró responsabilidad de la clase política y de su incapacidad para anticipar y conducir el fenómeno. El problema se atribuyó a una crisis del sistema binominal. Pero a medida que el malestar escalaba y no cesaba, para la elite esto comenzó a parecerse a una lluvia de meteoritos y cada movilización era como un paseo televisado a Marte. Entonces, la cuestión no podía ser pura torpeza política. No quedó otra que oír y entender a la gente, a los nuevos chilenos que habían creído en el sistema y cuyas aspiraciones se toparon con un portazo. No quedó más que sensibilizarse con las historias de endeudamiento, de futuros inciertos y de mediocridad institucional. Y la elite concluyó en que el asunto era más bien económico y no tanto político.

Y así cayó como un ladrillo en la nuca que el problema era la desigualdad. La elite comenzó a hablar de ella y, a través de editoriales y artículos, nos familiarizamos con el índice GINI, con los deciles más pobres y cosas similares. Pero no fue desde la elite que surgió el concepto: era la propia gente la que lo ponía en la agenda pública.

Lo interesante es que sólo entonces logró sacarlo afuera, ya que por más de una década el término nunca había resonado en la población y menos en las clases medias. Es cosa de recordar que, durante la primera vuelta de Lagos, Ominami como jefe de campaña impuso en ese momento el eslogan de “crecer con igualdad”, lo que resultó un fracaso total y casi lleva al despeñadero al candidato. Por entonces, los estudios de opinión indicaban que para la clase media la promesa de más igualdad resonaba a retórica, pues se entendía como querer ser “iguales” y eso no era realista. Los grupos medios se habían comprado la idea de movilidad social y de alcanzar un progresivo control sobre sus vidas. No importaba vivir al límite y endeudarse, como equilibristas del día a día. Más que mal, estaba el respaldo de un salvoconducto para el futuro: la inversión en la educación de sus hijos. Sin embargo, llegó el momento en que el endeudamiento se hizo cuesta arriba.

Esto les hizo ver con otros ojos al país. Vieron que Chile era rico y que la meritocracia no era tal. Piñera llegó al gobierno como una esperanza de chorreo y las expectativas se aceleraron a mil. Pero ya no estaba la paciencia de antes. Así, las dificultades diarias junto a la imagen de país exitista se volvieron un cóctel intolerable.

Lo particular es que parece que las estructuras de poder prefieren creer que estamos sólo frente a un problema económico. De hecho, si es un asunto político ello implicaría para muchos dar un paso al costado. Roberto Mendez señalaba días atrás que la solución al torbellino de las “demandas estudiantiles es económica”. Se trataría de encontrar el financiamiento adecuado a sus exigencias para que la crisis quede atrás. Pero eso puede ser una autotrampa, ya que perdurará el malestar contra otras esferas del modelo. Es clave un acuerdo político amplio y de connotación nacional, pero no entre la Concertación y la Alianza. Eso ya no ocurrió. Se trata de cómo se incorporan, de manera cierta y estructural, las prácticas y sensibilidades de esta nueva generación política. Los actuales dirigentes estudiantiles, que comparten la visión de cambiar la calidad del sistema educacional, son la generación de recambio. Quizás llegó tarde, pero finalmente lo hizo. Y eso hay que asumirlo. Son los Allamand, los Guzmán, los Escalona, los Garretón, los Correa de los 70.

Si no se integran adecuadamente, junto con crear visiones de futuro compartidas y perfeccionamientos al modelo de desarrollo, es probable que enfrentemos un progresivo cuestionamiento a otros aspectos del mismo: las Isapre, los proyectos energéticos, las AFP, etc., hasta llegar a locuras como la nacionalización del cobre.

No se trata de responder a todas las demandas. Por el contrario, se trata de lograr una negociación política de verdad: identificar qué se va a transar y cuál es el límite. Eso implica confrontar a los estudiantes, pero tomarlos en serio. El gobierno comete el error de estigmatizarlos como violentos; y en la Concertación, más patéticos aún, se comete el error de subirse al carro o de mantener un cómplice silencio. Y el error potencial de todos es no vislumbrar que hay una oportunidad de solucionar el tema estudiantil y transitar de manera consensuada hacia un modelo de desarrollo 2.0 para el país.

El tema, sin duda, es económico, pero la paradoja es que la solución es política, de visión política.