Ernesto Fontaine Ferreira-Nobriga debe ser de los economistas chilenos más destacados y reconocidos del país y la región. Perteneció a la primera camada de profesionales que partió a hacer patria a la Universidad de Chicago a fines de la década del 50 y sin duda tiene una buena cuota de responsabilidad sobre el exitoso y […]

  • 21 octubre, 2013

Ernesto Fontaine

Ernesto Fontaine Ferreira-Nobriga debe ser de los economistas chilenos más destacados y reconocidos del país y la región. Perteneció a la primera camada de profesionales que partió a hacer patria a la Universidad de Chicago a fines de la década del 50 y sin duda tiene una buena cuota de responsabilidad sobre el exitoso y revolucionario rumbo que emprendió la economía chilena a fines de los 70.

Se ríe con timidez cuando le hablamos de la importancia que ha tenido su nombre en Chile. “Por favor”, nos dice, “lo que pasa es que tenía muchos fans por mis columnas de los días jueves en El Mercurio. Y muchas eran mujeres, no se crea”.
Lejos su mayor legado es el marcado sello que dejó en cientos de economistas que pasaron por sus aulas. Su pasión por la evaluación de proyectos y la economía del bienestar traspasó fronteras e hizo ahorrar a Chile unos buenos millones de dólares, como reconoce con entusiasmo a lo largo de esta entrevista.

Nos recibió un lunes a las 11 de la mañana en su soleado departamento con vista al Golf en Las Condes, comuna a la que, desde abril, sirve como concejal. Por primera vez en su historia profesional no está haciendo clases. En enero le detectaron un cáncer al pulmón que lo obligó a someterse a quimioterapia y lo ha mantenido alejado de su querida Escuela de Economía y Administración de la Universidad Católica.

“Estaba bueno y sano; a mis 79 años subía escalas corriendo, mi hermano médico me decía no puedo creer que estés con cáncer”, cuenta, entregado, pero con la tremenda convicción de que va a vencer a la enfermedad. “Fíjate que en un mes el doctor no me encontró peor, me siento bien, estoy un poco mal de las piernas, pero estoy haciendo gimnasia y eso me ha ayudado”.

Es un personaje este don Ernesto, como lo llaman cariñosamente quienes han pasado por sus aulas. Un poco más flaco por el cáncer, pero garabatero y deslenguado como siempre, repasó con Capital sus años en la academia, su relación con Pinochet, su pasión por la economía social de mercado y las deudas que tiene el modelo económico que ayudó a forjar en Chile.
Antes de empezar la entrevista, advirtió que no iba a responder todo, pero caballero como es, no pasó casi en ninguna pregunta.

-¿Votó por Sebastián Piñera en la pasada elección presidencial?

-Sí.

-¿Le ha gustado esta administración?

-Por los resultados no puedo no decir que éste ha sido un buen gobierno. Pero realmente hay veces que yo no sé, o me cuesta explicarme, por qué diablos aquí se invirtió y creció tanto si no hubo cambios legislativos profundos.

-Por expectativas, por confianzas.

-Debe ser por eso y porque había muchas cosas en el tintero, qué sé yo. Pero la verdad si me preguntan: Ernesto, dime tú, qué políticas propuso Piñera que provocaron mayor crecimiento, no sé.

-¿Quiere decir que un eventual segundo gobierno de Michelle Bachelet podría tener mucho menos inversión y crecimiento por el solo hecho de no ser de derecha?

-En el equipo que está con Bachelet veo a chiquillos macanudos como René Cortázar y José Pablo Arellano que no van a hacer ninguna locura. Habrá que estar para verlo, pero no lo creo. Van a hacer ajustes, claro, pero nada más.

-¿Ninguno de los cambios que se han mencionado como posibles dentro del programa de gobierno de la Nueva Mayoría le asusta?

-Bueno, hay algunos que sí. No sabemos lo que va a traer la reforma tributaria. Si pusieran un impuesto al patrimonio, por ejemplo, sería un desastre. Pero la verdad, dudo que hagan leseras. Hasta ahora hemos tenido puros ministros de Hacienda espectaculares. No sólo Felipe Larraín, también Andrés Velasco, Nico Eyzaguirre, Eduardo Aninat, Alejandro Foxley. Todos mantuvieron las bases fundamentales del modelo económico, que es la libertad de precios, tarifas aduaneras parejas, libertad de créditos, etc. No creo que eso tenga vuelta atrás. Evelyn Mathei o Michelle Bachelet continuarán en la misma línea.

-¿Va a votar por Matthei?

-Sí, claro… no voy a votar por la Michelle pues.

-Pero podría no ir a votar o votar en blanco.

-La verdad es que mi candidato hubiese sido Andrés Velasco. No voté en las primarias pero encuentro que es un muy buen economista y su juicio sobre la mala política me interpreta. Pucha que se equivocó en no ir a las elecciones de noviembre.

-¿Qué impresión tiene de Bachelet?

-Me es bastante indiferente, pero creo que es una buena mujer que está tratando de hacer lo que cree que es mejor para el país.

El país que somos

-Se le oye optimista. ¿Está contento con el país en que finalmente se ha ido convirtiendo Chile?

-Súper, pues, mijita. Cómo no va a ser rico ver cómo han bajado los niveles de pobreza, cómo ha crecido el parque automotor, las carreteras que tenemos, la cantidad de colegios particulares que se han creado, la iniciativa de los 50 liceos de excelencia que levantó Piñera… Hay muy buenas iniciativas.

-No se ha sentido atacado por los múltiples cuestionamientos al modelo económico que, entre otros, usted logró instaurar en Chile.

-El sistema económico propuesto por nosotros triunfó. Eso es innegable. No sólo en Chile. En Perú, en Bolivia por un tiempo; en El Salvador, en Costa Rica, algo en Guatemala. Tuvimos una gran influencia en la calidad de las políticas públicas y especialmente en los temas macro, en el manejo de los bancos centrales.

Ya no hay esas inflaciones espantosas, esos créditos subsidiados y todo lo demás que era una mierda. Ni tampoco tarifas aduaneras tremendamente discriminatorias. Pero qué pasó: vino mi amigo Chávez, Rafael y la Cristina y se alejaron de todo eso. Espero que no tengan más influencia en Latinoamérica porque les va a ir mal…

-¿Y cree que eso pueda ocurrir?

-Supongo que sí. Aunque no me asusta. Mire, nosotros ayudamos a que se crearan buenas escuelas de economía en la región. Incluso tuve la suerte de ser el papá de la mejor escuela de Centroamérica que está en El Salvador, la Escuela Superior de Economía y Negocios (Esen)(ver recuadro).

-Que haya buenos economistas le da confianza, eso me quiere decir.

-De alguna forma influye, muchos de nuestros egresados que salieron a hacer posgrados han vuelto a tomarse las universidades, a transformarlas y hacerlas cada vez más exitosas, y eso repercute en los países.

Injusto e inmoral

-¿Qué tan exitoso se puede considerar el modelo social de mercado teniendo en cuenta tantas demandas sociales no resueltas?

-Hay muchas expectativas que a la gente no se le cumplen. Es tremendo, injusto e inmoral que un niño por ser pobre esté condenado a ir a una escuela mala. Que un niño por ser pobre no pueda seguir estudiando y si lo hace lo haga en una mierda de colegio, eso es inmoral. Ya lo dije una vez, la culpa la tienen los profesores. La gente va a colegios de mierda, con profesores que son una mugre y eso es algo que me ha preocupado siempre.

-Pero es este mismo modelo el que no ha podido dar una buena educación.

-No sé por qué. Quizá porque no somos un país rico que pueda estar transfiriendo el diez por ciento de sus ingresos para ayudar al resto. Pero si uno piensa en los consejeros del Banco Central, todos Ph.D.; en los ministros de Hacienda y de Economía que normalmente han sido profesionales de alto nivel; en la cantidad de egresados de buenas facultades que han ocupado puestos públicos en los últimos 25 años es impresionante. Eso no sucede en el resto de Latinoamérica. La calidad de la gente que está dirigiendo los bancos centrales de nuestros países y las políticas públicas es muy buena. Chile debe ser el país con más Ph.D. y MBA per cápita. Realmente, chiquilla, eso es un privilegio.

-Todo eso se da en la elite.

-Si pues, ese es el problema. Lo que desgraciadamente nos lleva a una mayor desigualdad. Porque esa elite gana sueldos tremendos, que están bien ganados, en todo caso. No soy experto en esto, pero creo que la subvención por alumno que se otorgaba a escuelas municipales o subvencionadas era ridícula. Eso se está subsanando… es posible que empiece a cambiar. El economista de la Universidad Católica, Claudio Sapelli, ha hecho un trabajo súper interesante al demostrar que a medida que nos morimos los viejitos, los índices van a mejorar. Los niveles de desigualdad entre mi generación y la de mis hijos o mis nietos es re distinta. Creo que estamos en un momento de transición hacia arriba.

-¿Cómo describiría hoy la economía chilena?

-Existen algunas barreras todavía, pero lo principal es que esta es una economía sin privilegios. Aquí la gente se hace rica porque encontró un buen negocio, no porque consiguió un favor. Veo una meritocracia mucho más grande de la que había antes. En eso, este país era una mierda.

-Pero falta harto para que haya una verdadera meritocracia.

-Evidentemente que siguen habiendo problemas de desigualdad y de discriminación. Pero ¿sabe? Yo creo que la discriminación es una cosa humana. La clase media baja es tremendamente discriminatoria, siempre atacan al ABC 1. Birds of a Feather, flocks together, es un dicho muy cierto, pero no por eso uno tiene que ser cruel con el prójimo.

Una vida evaluando

A lo largo de la conversación, Ernesto Fontaine intentó varias veces bajarle el perfil a la influencia que sus postulados han tenido en el desarrollo de la economía chilena, hasta que comenzamos a hablar del Curso Interamericano de Preparación y Evaluación de Proyectos (Ciapep) que lideró por 30 años y que vino a formar tras la insistencia de sus amigos Pablo Baraona y Sergio de Castro, quienes, en 1976, ya estaban en el gobierno militar.

“En lo que sí influí fue en la creación de un sistema nacional de inversión pública. Eso fue una creación empujada por mí y que Sergio de Castro, cuando fue Ministro de Hacienda, la incluyó como parte de las políticas púbicas”, admite. Recuerda que se demoró un año en implementarlo y De Castro, el Tejo, como lo llama, comenzó a exigirle a los ministerios que todos los proyectos financiados por el Estado tuviesen evaluación social.

“El Tejo llamaba a los ministros y les decía: a ver, ministro de Obras Públicas, cuál es la rentabilidad social del puente que quiere construir. No sé, le decían. Bueno, este año lo dejo pasar pero el próximo no le doy ningún peso si no me dice cuál es la rentabilidad. No tengo quién lo evalúe, le contestaban. Bueno, mándelo al curso de Fontaine, decía De Castro y así partimos”, cuenta el economista entusiasmado con los recuerdos de esos años.

Agrega que a fines de los 80 lo que no tenía evaluación social lisa y llanamente no se aprobaba.  “Siempre he dicho que lo importante es que el 90 por ciento de la inversión pública se haga sobre la base de una buena evaluación social y el otro 10 por ciento para darle el gusto al presidente o que sé yo a quién”.

-Hoy es impensable presentar proyectos sin evaluación social, fue un tremendo legado entonces.

-Fue una marca que quedó hasta hoy. Una marca muy grande, muy respetada por todos. Aunque hoy ya está bastante politizado, pero yo no quiero criticar eso. Ése es mi legado en cuanto al efecto de mi profesión, de mi profesionalismo, de mis años, y weekenes dedicados a esta huevada. Fue un trabajo muy pesado, que le ha dejado al país millones de dólares. Una vez se hizo una evaluación que reveló que le reportó al país varios millones de dólares. Tú comprendes lo que es parar un proyecto malo, o llevar un elefante blanco hasta el año óptimo… Cuando tienes fondos públicos bien invertidos el país crece más. De alguna forma contribuí en algo al crecimiento económico del país.

-¿Y por qué cree que se eliminó su curso y la preponderancia que tuvo en la evaluación de proyectos durante 30 años?

-Ahí tuve la gran pena de mi vida. Posiblemente ese tipo de penas son las cosas que gatillan los cánceres… Teniendo yo todavía un año más de programa aprobado la entonces ministra de Mideplan, Clarisa Hardy, en acuerdo con el rector de la Católica de esa época, lo cortaron. Fue una argentinización; tenía aprobado el proyecto y a último momento se acabó. En un discurso en Mideplan, Clarisa Hardy dijo: nos hemos liberado del yugo de Fontaine.

Escapar de la UP

Ernesto Fontaine se fue de Chile en 1971. Al día siguiente que Salvador Allende ganó las elecciones presidenciales aceptó una oferta para trabajar en la OEA en Washington, por eso no estaba en Santiago el día del golpe. “Cuando supimos que Allende se suicidó estábamos comiendo con un grupo de chilenos. Todos se pusieron a aplaudir y a cantar la Canción Nacional, pero yo le dije a mi señora nos vamos. No podía creer que la gente se alegrara con la muerte de alguien”, relata.

-Pero a usted no le gustaba Allende. Se fue de Chile arrancando de la Unidad Popular.

-No me gustaba, pero otra cosa era celebrar su muerte. Mi papá, médico como Allende, me decía que era un hombre profundamente democrático. Ellos se conocían de Viña, además una tía mía era casada con una hermana de él. Hay una fotografía de la primera comunión de mi hermana en que aparece el Chicho, había una relación familiar con los Allende. A mi papá le dijo Maco, yo antes de entregar el poder a los militares o a los comunistas me disparo… También tenía la visión de mi señora y mi suegro que estaban en Cuba cuando llegó Fidel al poder y vieron la mierda y el abuso de todos esos barbudos con la gente, cómo les quitaban las casas, los relojes en el aeropuerto, todo. Tenía dos versiones de Allende: el de alguien que favorecía una dictadura como la de Cuba y lo que decía mi padre.

-Lo concreto es que se alegró con la llegada de los militares y volvió a Chile motivado por sus ex compañeros de Chicago que estaban en el gobierno.

-Volví en 1976 muy entusiasmado con el proyecto de armar un sistema de evaluación de proyectos en la Universidad Católica, que finalmente fue el famoso Curso Interamericano de Preparación y Evaluación de Proyectos (Ciapep) que lideré durante 30 años (ver recuadro). Ahí mi relación era básicamente con Roberto Kelly, Sergio de Castro, Jorge Cauas, Pablo Baraona y Miguel Kast. Le quiero decir algo: nunca supe de las violaciones a los derechos humanos que se cometieron.

-¿Nunca oyó nada?

-Nunca supe. Y si acaso oí algo alguna vez lo justificaban muy bien, decían que habían muerto en batalla, etc. Pero nunca supe que hubo torturas y lo encuentro tremendo, una carajada sin nombre.

-Hay mucha gente que no puede creer que nunca hubiesen oído nada.

-Era fácil no darse cuenta. Estaba dedicado a mis cosas, a la universidad, a mis clases. Nunca un chiquillo me contó que su papá fue secuestrado o desaparecido o torturado. Nunca oí nada. ¿Qué persona más santa que Miguel Kast, que era con el que yo me relacionaba? ¿Don Roberto (Kelly)? Eran hombres muy correctos.

-¿Tuvo alguna relación con el general Pinochet en esos años?

-No. Sólo estuve una vez con él. Era director de Lan Chile y en una reunión en la que participó nos advirtió antes de empezar: Aquí nadie me pide pasajes. Me pareció un viejo muy correcto.

-Pero a juzgar por las cuentas que le encontraron después no terminó siéndolo.

-Todo eso pasó después del plebiscito de 1988.

-Mucho después, pero una persona correcta es correcta siempre, ¿no?

-Sí pues. Fue tremendo. Una desilusión muy grande. Pero qué puedo decir si lo único que le oí a Pinochet fue eso y eso reflejaba un grado de corrección. En esa época también me contaron que una de sus hijas trató de usar su apellido para la venta de seguros o no sé qué cosa y que cuando se enteró hizo arar a la cabra. O sea parece que de verdad era un hombre muy correcto… (piensa un rato) hasta que después le encontraron las cuentas, tan correcto como que aceptó torturas.
Hoy pienso que hubo gente que salió del gobierno sin ninguna razón y quizá fue por eso. Pero quiero decirle que si Allende me hubiera invitado a organizar un Sistema de Inversión Pública, como el que hicimos, también lo habría hecho. No hice lo que hice por Pinochet, sino porque era bueno para el país.

¿El régimen nunca le ofreció un puesto en el gobierno?

-No.

-Es raro eso, teniendo en cuenta la influencia que usted tenía.

-Es que tenia buenos amigos ahí que sabían que yo no quería. A mí me encanta la universidad y dentro de la universidad la Católica y dentro de la Católica la Facultad de Economía y Administración, porque ahí no hay zancadillas, ni cuchillos por la espalda. El ambiente es una maravilla y no es así en todos lados, menos en un puesto de gobierno. Mire lo que le pasó al pobre flaco Labbé (Francisco, ex director del INE).  Un tipo honorable, correctísimo.

-Pero parece que se equivocó pues.

-No creo. Va a salir reivindicado, vas a ver tú. Un tipo correcto que viene de abajo, oye. Le sacaron la cresta, pobre flaco.

Momio-momio, no

En 2012 el alcalde de Las Condes, Francisco de la Maza, lo convenció para que se presentara a la elección de concejales y aunque dudó harto, se presentó. Sacó cuatro mil votos, mucho más que otros que ganaron, pero no le alcanzaron para llegar a ese sillón. Ha sido la única vez que ha coqueteado con la política y las vueltas de la vida lo hicieron asumir igual el puesto en abril, tras la renuncia de Mikel Uriarte. “En el fondo la gente que votó por mí quería un técnico, un evaluador de proyectos en la municipalidad”, señala.

-A la elección se presentó como independiente en un cupo UDI, pero nunca ha militado. Es más, siempre ha tenido una postura más liberal que la derecha tradicional chilena…

-Qué es ser más liberal. ¿Favorecer el divorcio? Sí. Siempre he encontrado el colmo, una falta de caridad, que si una persona se equivocó, se separó, y se volvió a casar no pueda comulgar.  En eso he sido muy liberal. O sea no soy momio-momio, no.

-Pero siempre de derecha y católico.

-Sí. No muy practicante. Aunque ahora último que la cosa se pone más complicada, estoy empezando a pensar… Pienso harto. Sería maravilloso que hubiera un after life.

Ernesto Fontaine está aferrado a la vida y aunque se ha mantenido fuera de las pistas, el cáncer no ha sido lo único que le ha ocurrido este año. En febrero se volvió a casar con un amor de juventud. “Era mi polola cuando me fui a Chicago en 1957, pero no nos vimos en 52 años”.

La historia es “preciosa”, dice. Hace cinco años ella le mandó un email contándole que era viuda y que quería volver a verlo. Nunca más se separaron. “Así es que tengo la suerte de que alguien me está acompañando, con un amor y dedicación para qué te digo. Y lo bueno es que se lleva bien con todos mis hijos”.

La deuda del modelo

Una de las preocupaciones que tiene Ernesto Fontaine frente al Chile de hoy es el alto endeudamiento de las personas. “Da pena ver lo endeudada que está la gente con esas tarjetas de crédito de casas comerciales.  Para lo único que me endeudé en la vida  fue para comprar mi casa en Estados Unidos, todo el resto lo hice al contado”, señala.

Recuerda que en Estados Unidos, donde había acceso a muchas cosas a fines de los 70, tenía un solo televisor y en blanco y negro. “Éramos cagados quizá, pero fuimos educados así”, dice. Por eso le duele el alma ver a la gente joven “encalillada”. “Seguramente esto de la delincuencia proviene de esos niveles de desigualdad. La gente quiere una chaqueta de cuero, unas zapatillas Nike y no todos tienen oportunidad de trabajo”.

-Volvemos a lo mismo: la mala calidad de la educación, que no permite una buena capacitación de trabajadores y con ello optar a buenas remuneraciones.

-Sí, pero hay cosas que se pueden hacer. Por ejemplo, yo no entiendo eso de estar tan en contra del trabajo de los niños. Lo encuentro absurdo. Te aseguro que ningún hijo o nieto de senador trabaja, pero si tu entiendes la pobreza,  te das cuenta que un niño de 12 años puede trabajar empaquetando o acarreando algo, eso hace una tremenda diferencia en su casa.

-Siempre que sean trabajos dignos.

-Pero qué es trabajo digno. No hay trabajos indignos.

-Me refiero a que no sea explotación infantil.

-Si al niño le pagan 10 mil pesos al día por trabajar, ¿eso es explotación? No pues… Una forma importante de atacar la pobreza, es a través de este tipo de cosas. Mire el impacto que ha tenido Integra y la Junji no sólo para la estimulación de los niños, sino porque permitió a las madres incorporarse a la fuerza laboral. Las leyes laborales tienen que ser más flexibles.

-¿Por qué sus alumnos siempre dicen que en sus clases se enseñaba mucho más que economía?

-Son tonteritas. Siempre he inculcado el respeto al prójimo, que llegar tarde es una mala educación… A los que llegaban tarde yo les sacaba la cresta, les hacía preguntas, los dejaba en ridículo. Por eso en mi clase no volaba una mosca. Y la razón no era por retarlos, sino porque les inculcaba que el que habla en clases no sólo se creía más importante sino que era un mal amigo. Mis cursos siempre han sido muy humanos y de mucha aplicación. Siempre me ha gustado el hueveo en clases. Contaba chistes, cosas de mi familia, de mi bisabuelo, todos con una enseñanza.

Una de las historias que más le gusta repetir es cuando su papá se recibió de médico y su bisabuelo le regaló un franco de oro con un borde de cobre y le dijo: el ahorro es riqueza. “Mi aporte a esa anécdota es que lo es siempre que esté bien invertido. Por eso es tan importante que las AFP administren muy bien los fondos y no sea el Estado o las cajas particulares como antes. Alguien puede ser cagado y ahorrar como loco, pero invertir mal y terminar pobre. Y alguien puede ahorrar poco pero invertir bien y terminar rico”, sostiene. •••

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Chocheras de economista

Tras el cierre del Ciapep Fontaine ha seguido haciendo clases en la Facultad de Economía de la Católica y consultorías en distintos proyectos en Chile y el extranjero.

La fama de su centro fue vox populi en el mundo entero y sus asesorías muy cotizadas.

Si se trata de destacar algunas el propio Fontaine pone a la delantera la evaluación social de la expansión del Canal de Panamá y el proyecto que realizó dirigido por su amigo Arnold Harberger de armar programas económicos para los distintos países de Centroamérica.

“Fue muy interesante, trabajamos con mucha gente de la UCLA y Chicago”, recuerda y nos cuenta que en ese contexto fue que en El Salvador le dijo a un grupo de empresarios y gente influyente que si no se tomaban o armaban una universidad de calidad para formar economistas, dentro de 15 años iban a terminar todos viviendo en Miami. “Mira qué insolente, pero me hicieron caso y me pidieron a mí que les armara el proyecto. Esa universidad hoy es una maravilla. La mejor escuela de negocios de Centroamérica”.