Se armó la discusión: los investigadores del programa social del Instituto Libertad y Desarrollo Paulina Henoch y Rodrigo Troncoso responden a la columna de Cristóbal Bellolio y Daniel Brieba, publicada en la edición 297 de Capital.

  • 18 abril, 2011

Se armó la discusión: los investigadores del programa social del Instituto Libertad y Desarrollo Paulina Henoch y Rodrigo Troncoso responden a la columna de Cristóbal Bellolio y Daniel Brieba, publicada en la edición 297 de Capital.

 

Se armó la discusión: los investigadores del programa social del Instituto Libertad y Desarrollo Paulina Henoch y Rodrigo Troncoso responden a la columna de Cristóbal Bellolio y Daniel Brieba, publicada en la edición 297 de Capital.

 

La equidad importa, pero no debe destruir los cimientos del desarrollo. Cristóbal Bellolio y Daniel Brieba, en una columna publicada en la edición pasada de Capital, dan razones para no descuidar la distribución del ingreso aun cuando se haya garantizado, con ayuda del Estado, un mínimo nivel de vida a toda la población. Compartimos la preocupación por avanzar hacia una sociedad más equitativa, pero nos preocupa la atención que se le está dando a la igualdad de ingresos como objetivo de la política social de carácter absoluto, pretendiendo dejar el crecimiento económico en un segundo plano. Parecemos olvidar que Chile aún no es un país desarrollado, y obviar el peligro de las ideas con buenas intenciones, pero malos resultados.

Argumentan que la desigualdad es injusta porque no todos tienen las mismas oportunidades. Luego, el Estado debe intervenir para igualar las partidas. En eso estamos de acuerdo. Sin embargo, esto es muy distinto de igualar ingresos. La libertad genera diferencias y las diferencias entre personas de origen similar pueden considerarse justas. Igualar al flojo con el emprendedor sería injusto. El problema es que no tenemos una idea de cuánta desigualdad refleja condiciones parejas. Se induce a pensar que los niveles europeos lo hacen, pero eso es discutible.

Podemos tomar como referencia la dispersión de ingresos entre personas con origen similar en Chile: vivieron con ambos padres en zonas urbanas, y alguno de ellos tenía educación terciaria. Sorprendentemente, la dispersión de ingresos de este grupo es similar al total nacional. También se dice que la desigualdad mejora otras dimensiones del bienestar. No obstante, la evidencia en este sentido es blanda o tremendamente rebuscada. Si tomamos cualquier indicador de bienestar, vemos que está altamente relacionado con los niveles de ingreso del país y muy poco con los de desigualdad.

La distribución de ingresos no debe ser el objetivo final de la política pública, sino su resultado. Si queremos mejorar las oportunidades, preocupémonos de dar acceso a buena educación para todos y levantar barreras para crear más y mejores empleos. La distribución observada en ese caso sería justa, independiente de cuál sea. Por mucho que sea nuestro deseo de repartir la torta en partes iguales, si la torta no crece, no habrá nada que repartir.