La semana pasada Londres se llenó de estudiantes en las calles protestando contra los cortes del gasto público en educación. Aunque los carteles ridiculizando al primer ministro conservador David Cameron eran numerosos, aún más manifestantes eligieron como blanco al viceprimer ministro Nick Clegg, líder de los liberal-demócratas.

  • 22 noviembre, 2010

Por Cristóbal Bellolio

La semana pasada Londres se llenó de estudiantes en las calles protestando contra los cortes del gasto público en educación. Aunque los carteles ridiculizando al primer ministro conservador David Cameron eran numerosos, aún más manifestantes eligieron como blanco al viceprimer ministro Nick Clegg, líder de los liberal-demócratas.

No lo están pasando bien los libdems en el gobierno de coalición que comparten –como aliado minoritariocon el Partido Conservador. Han visto reducida su popularidad de un 24% a un 9% en cuestión de meses. Varios de sus parlamentarios desaprueban la forma en que se conduce el gobierno y crecen los rumores de un desembarco masivo. Si ello llegara a ocurrir, el gobierno de coalición perdería su mayoría en la Cámara de Comunes y, por ende, caería.

Dos cuestiones resultan relevantes y extrapolables del caso británico. La primera responde a la generosidad o frugalidad de promesas de campaña. El partido de Clegg es acusado por parte de la ciudadanía –y por sus propios adherentes- de traicionar las banderas que enarboló en época eleccionaria. Los lib-dems se mostraron en su oportunidad contrarios a la reducción del gasto público en varias áreas sensibles, especialmente educación. Hoy se les pasa la cuenta porque el gobierno del cual son parte anuncia, precisamente, cortes en el aporte estatal a las universidades. La crítica es, entonces, legítima. Probablemente, los actores políticos que tienen poco que perder y mucho que ganar (es decir, los chicos) tienen más incentivos para ser generosos en promesas. Ya que hay pocas expectativas de llegar al poder, hay escasas posibilidades de rendir cuenta por ellas. Si este razonamiento es correcto, entonces los lib-dems no tomaron en consideración sus posibilidades reales de ejercer el poder, aunque sea en conjunto con otros actores.

Pero consideremos que los libdems siempre han sido favorables al involucramiento –al menos, financiero- del Estado en una serie de ámbitos, entre los cuales están la educación, la salud y la seguridad social. Cuesta criticar una promesa cuando es sincera. El segundo problema, entonces, está en los mínimos programáticos sobre los cuales se basa esta coalición. Los británicos no están acostumbrados a lidiar con este asunto, dado que normalmente un solo partido logra mayoría para constituir gobierno. Hoy, sin embargo, se enfrentan al escenario de identificar ciertos acuerdos básicos que orienten la acción conjunta, restando las diferencias en la periferia. Conducir coaliciones diversas no es sencillo; menos, cuando se está en el poder. Si los conservadores no quieren poner en riesgo su oportunidad de gobernar, entonces deberán hacer notorias concesiones al mundo lib-dem para evitar la fuga y el posterior desbarajuste.

En Chile tenemos algo de experiencia en gobiernos de coalición. La Concertación fue sabia administrando las diferencias de sus componentes durante 20 años. Cada vez que emergían temas que erizaban sensibilidades opuestas –desde el aborto hasta Venezuela- alguien se encargaba de recordar los acuerdos básicos que los mantenían unidos (casi siempre dedicando palabras a Pinochet y a la recuperación de la democracia). Pero, a diferencia del caso británico, nuestra Concertación exhibía un precario equilibrio de fuerzas entre el llamado mundo humanista-laico y el humanista-cristiano. En Gran Bretaña, en cambio, la coalición de gobierno contiene dos fuerzas políticas notablemente asimétricas. Más aún, los sondeos de opinión muestran que el partido de Cameron no pierde, sino incluso sube su adhesión. ¿Y la Coalición por el Cambio? También posee una correlación razonable de fuerzas, lo que contribuye a su estabilidad. Sería interesante examinar si, desde el punto de vista ideológico, se trata también de una combinación que aglutina a liberales y conservadores. Todo parece indicar que no, en la medida en que los segundos tienen el control de de los dos partidos que la sustentan. Los liberales chilenos, como en muchas partes, tienen problemas para ubicarse en el mapa político que sólo se divide en izquierda o derecha.

El propio Nick Clegg indicó que no había futuro para los lib-dems a la izquierda del laborismo. Existe conciencia de que en algunos temas (como inmigración o libertades individuales) pueden ser aún más radicales. Pero incluso así, después de 13 años de Blair-Brown, los lib-dems optaron por un cambio de timón y quisieron ser parte de él. Al tomar la decisión, Clegg reconoció que siempre había mil razones para rechazar lo nuevo, pero así y todo había que embarcarse en ello. Algunas de esas razones salen a flote hoy, mientras se debaten entre tener paciencia y sentir impotencia.