• 24 agosto, 2010


El gobierno de Sebastián Piñera enfrenta grandes desafíos en el frente internacional, que pueden detonar problemas internos o provocar grandes hitos.


Chile, país de poca población y de economía relativamente pequeña, con una lejana localización, con exportaciones concentradas y derivadas de recursos naturales, debe utilizar con máxima inteligencia sus relaciones exteriores. El camino seguido en los últimos veinte años, el establecimiento de múltiples tratados comerciales con países de América del Norte, la Unión Europea y Asia, formó parte de una estrategia agresiva sustentada en la orientación exportadora de la economía chilena.

La integración económica es un factor de nuestro devenir externo. Existen, además, otros dos determinantes de nuestras cuestiones internacionales: los temas territoriales y la importancia del mar en las posibilidades de progreso de Chile.

Hay un inmenso potencial de relaciones comerciales, culturales y políticas en Asia. Allí se esta fraguado en buena medida el futuro de la humanidad. Compartimos el Océano Pacífico con esas naciones. Hipotéticamente, en ese espacio deberíamos poner la atención principal.

Pero por motivos que tienen raigambre en la historia continental, por conflictos no resueltos, hoy –una vez más– el foco está en el propio vecindario. Ha habido distintos énfasis, algunos triunfalistas (el adiós a América latina de principios de los 90), la posterior estrategia del regionalismo abierto… Pero al final siempre volvemos a nuestro barrio.

En el balance, la política exterior en los últimos seis meses se ha movido con flexibilidad entre el pragmatismo que la caracteriza en la era republicana y las convicciones ideológicas de los nuevos habitantes de La Moneda. Al partir, la inexperiencia del nuevo canciller le pasó la cuenta con designaciones modestas en países clave como Estados Unidos o Brasil y en otras, definitivamente equivocadas en China y en Argentina.

Pero el sentido práctico de la nueva administración y su lectura de la correlación de fuerzas continental y subcontinental quedó en evidencia con el respaldo a la reelección de José Miguel Insulza a la cabeza de la OEA. Aunque fue en el apoyo a Néstor Kirchner para la secretaría general de Unasur, pese a las resistencias de los propios partidos oficialistas, donde quedó claro que el equipo del Minrel no estaba para aventuras. Probablemente también se tomó nota del rol de Brasil y su vocación de liderazgo planetario, y de ahí los reiterados gestos a Lula, ante la certeza de la continuidad del PT en el gobierno de ese país.

Probablemente también han observado algo evidente, como la importante caída de la influencia norteamericana en la región. Cada día que pasa queda más nítido que la única preocupación efectiva de Estados Unidos respecto de nuestro continente es de carácter interno: su frontera sur y la política migratoria respecto de los hispanos.

Quizás por ello los sesgos ideológicos del gobierno de Piñera en su política exterior se han limitado a apoyar a los disidentes cubanos y al reconocimiento al nuevo gobierno de Honduras, anticipándose a los socios de Unasur. Pero, por ejemplo, no ha querido seguir a algunos parlamentarios chilenos en su campaña contra Chávez, previendo eventualmente más costos que beneficios en esa contienda.

Resueltos prácticamente todos los asuntos con nuestros vecinos transandinos, y puesta en marcha una “relación madura” con Argentina, ahora lo que está en el centro son los capítulos pendientes de la guerra del Pacífico.

Obligados por Perú a concurrir a La Haya para discutir nuestro límite marítimo norte, y abierta por la presidenta Bachelet una amplia agenda con Bolivia, sin duda la política exterior chilena tendrá que avanzar –y en lo posible– resolver estos asuntos. El acuerdo es cada vez mayor: necesitamos avanzar con Bolivia en todos los temas, incluyendo la opción de su acceso al mar. La misma fuerza tiene la urgencia de vivir con Perú una relación normal. Más allá de lo que pase en La Haya.

Esto no es retórica. El intercambio comercial, las necesidades energéticas, las corrientes migratorias, los flujos de inversión, la complementariedad productiva, todo lo justifica. Y así lo entienden cada vez más chilenos y por eso hoy la idea de devolver trofeos de guerra suena moderna y sensata. Allí deberá estar el peso de la política exterior de Chile en los próximos años. Si el actual gobierno consigue resultados, hará historia.