Un puñado de chilenos convocados por revista Capital y Vertical aceptaron el reto, fueron al recóndito Nepal, avanzaron más de 150 kilómetros por centenarios senderos y tocaron con sus ojos el “techo del mundo”. La experiencia caló hondo en sus protagonistas, para quienes trabajar en equipo nunca más será lo mismo.

  • 27 mayo, 2008

Un puñado de chilenos convocados por revista Capital y Vertical aceptaron el reto, fueron al recóndito Nepal, avanzaron más de 150 kilómetros por centenarios senderos y tocaron con sus ojos el “techo del mundo”. La experiencia caló hondo en sus protagonistas, para quienes trabajar en equipo nunca más será lo mismo.

 

 

Himalaya para contemplar al Everest. Las nubladas jornadas previas en las que no cesó de nevar y no se pudo ver el cordón cordillerano, habían cargado el ambiente de ansiedad. Pero la fortuna se hizo presente. Cubiertas por un manto blanco impresionante, las montañas más altas del planeta hicieron su portentosa aparición ante los ojos de los expedicionarios, dejando sin aliento al grupo de trekkeros… Las palabras sobraban, las emociones se atragantaban en la medida que los contornos de los colosos se perfilaban contra el cielo…

Un año y medio después de que Capital se adentrara en estas lejanas tierras de oriente, acompañando entonces a Claudio Lucero y Nicolás Ibáñez en su ascenso al Lhotse (la cuarta montaña más alta del mundo), un selecto grupo de lectores de la revista aceptó el desafío de experimentar en persona esa travesía extrema… y el resultado no pudo ser mejor.

De la mano de dos excelentes guías de Vertical (Eugenio Kiko Guzmán y Gabriel Becker), los expedicionarios arribaron a Nepal a mediados de septiembre, tras unas breves jornadas de aclimatación a los nuevos husos horarios y luego de casi 50 horas de viaje, la aventura se inició cruzando la puerta de entrada a estos valles: Lukla. Enclavado en una verdadera terraza montañosa este pueblo permitió al grupo hacer un cambio de switch, dejando atrás la turbulenta Katmandú, con sus autos locos y polución para penetrar en un lugar donde imperan el silencio y, digamos, la tracción humana y animal.

Un acogedor grupo de 17 sherpas esperaba en ese lugar a los expedicionarios chilenos para acompañarlos durante este recorrido de 11 días que se extendería por más de 150 kilómetros de caminata y ascenso. Este noble equipo de apoyo conquistó a cada uno de los trekkeros chilenos tanto por su sencillez y buena disposición, como por su condición genética para la montaña.

 

 

 

Ganando altura

 

 

El itinerario fue muy bien pensado. Jornadas de caminata diaria razonables (tres horas en la mañana y tres en la tarde), con ganancias de altitud calculadas para permitir una aclimatación progresiva de los expedicionarios, dieron forma a esta travesía. El día promedio comenzaba alrededor de las 6:30 con un té matinal “a la puerta” de la carpa y una palangana de agua caliente para el aseo personal. Poco después, ya sea al aire libre o en la carpa comedor si el tiempo no lo permitía, se daba cuenta de un consistente desayuno.

Mientras los expedicionarios compartíamos el tentempié matinal, un grupo de sherpas de avanzada se lanzaba por la ruta hacia el próximo punto de descanso. Su misión: tener todo listo y montado para la llegada de los trekkeros. Son fuertes y veloces, y pese a la carga que llevan a sus espaldas (carpas, colchonetas, sacos, bolsos y equipo), siempre llegaron adelantados y tenían todo montado con puntualidad inglesa a la hora en que arriban los excursionistas, alrededor de las 4 de la tarde.

 

Pero no nos adelantemos. Terminado el desayuno, y junto con el grupo principal, partía el equipo de cocineros, quienes normalmente pasaban corriendo al lado de los expedicionarios con sus cocinillas, ollas y platos apilados en gigantescas canastas que portaban a sus espaldas. Su tarea era apurar el tranco y ganar tiempo para preparar el almuerzo que dividirá en dos la jornada. Aunque se ven menudos, resultaba impresionante su resistencia y afabilidad.

La marcha de la tarde remataba siempre con una comida abundante, preparada por Palde Tamang, un cocinero notable que se afanaba por agradar y que sacó aplausos más de una vez. Terminada la comida, qué mejor que unas horas propias y personales para contemplar un paisaje único en la tierra, leer un poco y descansar.

A lo largo de la ruta nos fue posible contemplar las rutinas de esta noble raza montañesa. Es un pueblo laborioso y esforzado. Trabajan de sol a sol, construyendo lodges, cultivando la tierra, cuidando el ganado, ofreciendo servicios al turista. De sólo verlos se diría que son pobres, pero en realidad no lo son. Es que para ellos esos códigos no existen. Lo suyo es trabajar y tomarse la vida con felicidad.

Eso en lo que respecta al paisaje humano. Porque demás está decir que tan sobrecogedor como los sherpas, es el paisaje físico, con imponentes montañas que empiezan a encamararse al cielo por ahí por los 6.000 ó 7.000 metros, es decir justo donde las más altas de América terminan.

Las jornadas cruciales, sin ir más lejos, calaron hondo en todos nosotros. Trepar al Kalapathar, conocer el campamento base, mirar las montañas más altas del planeta, oír a lo lejos estruendosas avalanchas, sentir el viento fresco fueron para nosotros experiencias únicas e imborrables, que sin duda nos acompañarán para siempre.

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Encumbrados

El grupo de chilenos que aceptó el desafío Capital hizo cumbre no sólo en los Himalaya, sino que en su biografía personal. Rafael Quiroga, Agustín Quiroga, Magdalena Montero, Juan Carlos Vergara, Alvaro Gómez, Cecilia Besoain, Felipe Montero, Rodrigo León, Gabriel Becker y Eugenio Guzmán, forjaron lazos poderosos entre ellos y consigo mismos, y vivieron una experiencia única que algunos de ellos comparten a continuación:

 

 

Álvaro Gómez

Para mí esta experiencia no fue un viaje, sino que una expedición especial. Fue muy potente. Una experiencia notable para personas como yo, que estamos en el mundo de los negocios y que además te permite compartir con un grupo humano que está en las mismas condiciones. Si bien se necesita un buen estado físico, también se requiere de disposición mental para contemplar el entorno y caminar por horas bajo la nieve. De algún modo es una experiencia extrema que te pone a prueba en tus límites, tanto en lo físico como en lo mental.


Los guías de Vertical Kiko Guzmán y Gabriel Becker fueron pacientes y notables. Uno siente que terminada la expedición tiene nuevos amigos y muchos kilómetros por recorrer.


La verdad que el Desafío Capital efectivamente lo fue, y que valió la pena. Diría que la experiencia de la Cumbre del Kalapathar fue de lo más emocionante por lo que uno siente como persona y como equipo… no por su altura. Demás está decir que los sherpas son un pueblo noble y sencillo, que son parte de esas montañas y una parte esencial de la experiencia en Nepal.

Felipe Montero

Lo que pudimos ver de Nepal y en especial de la zona sherpa que accede al Everest, fue hermoso y sorprendente. Las enormes montañas, muy escarpadas, aparecieron en un momento mágico: luego de varios días de lluvia y nieve, nerviosos ante la posibilidad de no ver nada. Rezamos nuestros rezos y algunos incluso a Buda. De repente se abrió la esperada “ventana de buen tiempo” y sin creer lo que veíamos, estando ya próximos a la cumbre del Kalapathar (5.545 mts.), aparecieron frente a nosotros, impresionantes, el Everest (8.848), el Lhotse (8.501) la Cascada del Khumbu, el Collado Sur, el Ama Dablan (6.856), el Changtsé (7.550) y enormes montañas por todas partes. A ver eso habíamos ido. Fue lo máximo. Pero tan impactante como eso, para mí fue ver en todo el trayecto el trabajo durísimo del pueblo sherpa, que cargan en sus espaldas enormes volúmenes y peso apenas suspendidos de una tira en la parte superior de la cabeza, trasladando todo el suministro de innumerables poblados sin vehículos, sin el uso de la rueda ni siquiera carretillas, recorriendo senderos y escalas de piedra interminables que suben y bajan muy abruptos. Me conmovió imaginar cómo tendrá que cambiar en el futuro este pueblo encantador, esta cultura milenaria preservada en medio de los Himalayas, enfrentada a los avances inevitables del desarrollo.

¿Qué pasará cuando inevitablemente lleguen los caminos, los vehículos, la tecnología?

 

Rodrigo León

Para mí, este viaje fue un sueño que tenía postergado desde hace mucho tiempo. Sin ser montañista ni saber nada de montaña, estar cerca del Everest era una de las cosas que más quería hacer. Y este viaje superó absolutamente todas mis expectativas, en todo.


Detalles, millones y todos muy buenos. El lugar impresionante, pero sobre todo me encantó
la gente, los sherpas que es un pueblo feliz con lo que tienen, simples y afectuosos. Y bueno los cerros, el Everest notable en todo.

 

Rafael Quiroga Gutiérrez

Desde mis primeros años en la Universidad, a comienzos de los años 70, cuando escuchaba una y otra vez las canciones de Cat Stevens, había soñado con llegar algún día al mítico Katmandú.


Pasaron mas de 30 años para que ese sueño se hiciera realidad. Junto a Agustín, el mayor de mis hijos, y a un entretenido grupo, partimos a Nepal a una inolvidable aventura de tres semanas. Cientos de recuerdos se me vienen a la mente cuando trato de resumir lo que más me impresionó y emocionó en este viaje a los Himalayas.


Sin duda, al menos para mí, lo más maravilloso fue poder estar con mi hijo, quizás por última vez, 24 horas al día durante tres semanas, completamente alejados del mundanal ruido y estrechando nuestra relación como quizás nunca lo habíamos hecho.


Sumado a esta experiencia familiar invaluable, estuvo volver a gozar de las cosas simples que nos ofrece la vida y que están al alcance de la mano. Caminar en medio de la naturaleza, conversar, jugar y reír en familia, compartir experiencias con personas diversas, no ser interrumpidos por celulares mientras te tomas una sopa calientita en un día de frío, tienen costo cero. Sólo hace falta la firme decisión de practicar estas y muchas otras pequeñas actividades cotidianas que le den un poco más de sentido y alegría a nuestra existencia.