De poco vale creerse el cuento del diseñador, indica uno de los profesionales más destacados del área en el país. Aunque derecho a hacerlo tiene, a juzgar por el extenso trabajo que ha desarrollado en decenas de proyectos de excelencia, grandes y pequeños.

  • 16 noviembre, 2007

De poco vale creerse el cuento del diseñador, indica uno de los profesionales más destacados del área en el país. Aunque derecho a hacerlo tiene, a juzgar por el extenso trabajo que ha desarrollado en decenas de proyectos de excelencia, grandes y pequeños. Por Christian Ramírez.

 

Justo antes de acabar la conversación y después de mucho conversar de diseño, arquitectura, precisión, antigüedades, oficinas, barcos y trabajo en conjunto, se me ocurre hacerle a Enrique Concha la pregunta obvia para alguien que ha hecho de lo estético su principal interés. Tarde se me ocurre, pero la hago:

 

 

 

-¿Nunca se le ocurrió pintar, esculpir, modelar una obra?

-La verdad es que nunca me habían dado ganas sino hasta hace poco, cuando comencé a hacer esas figuras de arcilla que están en esas pequeñas vitrinas –dice, señalando unas pequeñas esculturas reticuladas, con muchas texturas y modeladas casi como estudios para piezas de arte de gran tamaño. Formas con las que tal vez decoraría el interior de alguna de las decenas de proyectos que han hecho de él y su oficina de diseño una de las más destacadas y solicitadas del mercado, una capaz de ofrecer en cualquier circunstancia un trabajo de excepción. Igual se trata de algo personal. No los hice con ningún propósito especial, salvo mi propio interés.

 

No se trata de falsa modestia. Concha todo lo explica de ese modo: sin exageración, aunque dejando entrever detrás de cada frase algo que claramente se asemeja a la energía que ha invertido en más de 50 hoteles, decenas de proyectos corporativos, presidencias de bancos, casas y últimamente incluso barcos. Cuando se desplace por los espacios interiores de la Torre Titanium, o si tiene que ir al edificio de la CCU o del BCI, sostener una reunión con los abogados de Claro y Cía., alojarse en el Hotel Miramar, almorzar en el Club la Unión El Golf o navegar en el exclusivo barco lodge Nomad of the seas, usted estará dentro de un lugar concebido por Enrique Concha & Diseñadores Asoc. Espacios que, trabajados exhaustivamente y en conjunto con los arquitectos e ingenieros que los proyectaron, tienen que adaptarse perfectamente a los requerimientos de sus usuarios. Porque, tal como Concha indica: “se trata de lugares en los que, al fin y al cabo, pasamos la mayor parte de nuestra vida diaria”.

 

 

 

 

 

 

Las personas, la oficina

 

 

Es evidente que Concha y sus diseñadores no podrían estar en el rubro si no fuera por una extrema pasión por los detalles, algo que salta a la vista al pasear por su planta de oficinas ubicada al interior de un hermoso edificio de Borja Huidobro, en Isidora Goyenechea, pero también cuando el profesional se explaya acerca de los megaproyectos en lo que se ve involucrado. “Son procesos complejos en los que uno toma decisiones acerca del mobiliario, las atmósferas, las materialidades. Crear eso precisa de un muy buen trabajo de equipo, tener espíritu de colaboración y sobre todo extrema atención al detalle. Puede que en una presidencia de banco nosotros no diseñemos las puertas, pero sí nos hacemos cargo de la manilla”

 

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Concha comenzó en los 70, dedicado al diseño para terceros y trabajando en diseño de muebles –“es un poco el camino que hacen todos”–, hasta que en los ochenta se instaló con una oficina de diseño interior. “En esos días, el área no tenía mucha relevancia ni desarrollo y hasta hoy es un negocio que pasa por épocas. En algún momento nos dedicamos mucho a oficinas y empresas, luego pasamos a los bancos, hoteles y por último a grandes proyectos corporativos.

 

De ahí lo esencial que le resulta a Correa el trabajo en equipo. “No saco nada con creerme el cuento del buen diseñador. Creo que hacemos trabajos que no son malos, pero yo no diría que sublimes –depende con lo que uno se compare, para Chile estamos muy bien, pero Europa es otra historia–; por lo mismo, antes que estar orgulloso por nuestro desempeño, prefiero estarlo por nuestro grupo de trabajo.

 

En la oficina tenemos un ambiente envidiable de respeto y afabilidad: nadie quiere “quedarse con el marrasquino”, todos nos entregamos por igual. Después de todo, uno no está trabajando con plata sino con personas.

 

Si Concha y su socio Francisco de la Lastra han aplicado intensamente esa ética en los proyectos que reciben, lo han hecho aún más con el manejo de sus dos tiendas de decoración. Una está ubicada desde hace 8 años a un costado de su oficina de Isidora Goyenechea (en El Golf 180). La otra se instaló hace 12 en Pedro Fontova, Huechuraba, cuando el sector todavía estaba escasamente urbanizado: “tuvimos mucho sentido previsor, y hoy está convertida en una construcción de respetables dimensiones (2.300 metros cuadrados). Nos gustaría visitarla mucho más de lo que podemos, pero nuestra confianza en la gente que la maneja es completa”.

 

La aventura del comerciante llevó a Concha a una de sus jugadas más arriesgadas a principios de la década, cuando comenzó a operar dos tiendas en Londres. “Viajé mucho en esos días, y hubiéramos seguido de no haber fallecido el socio británico. Desaparecido el contacto personal fue imposible continuar”, explica.

 

 

 

 

“Reconozco nuestra fama de caros”

 

 

Aunque en estricto rigor el trabajo de Enrique Concha & Diseñadores Asoc. está dividido en dos áreas, diseño exterior y decoración de casas, lo cierto es que cada vez están tomando menos de estas últimas. Concha explica que ello se debe tanto a factores prácticos como a la progresiva complejidad que está caracterizando a sus megaproyectos. “En lo referido a las casas, hoy casi nos limitamos a preocuparnos del mobiliario, atendiendo a los requerimientos del cliente o los diseños específicos que éste tenga en mente, sean muebles originales o réplicas”. En cuanto a los proyectos grandes, bueno la cosa cambia.

 

“Ocurre que, antiguamente, era el arquitecto quien hacía todo: ellos se hacían cargo de la ambientación, de las atmósferas, la iluminación e incluso del paisajismo”. Hoy todas esas fases son supervisadas por equipos distintos que trabajan en colaboración, y es en ese ambiente que su oficina de diseñadores se ha destacado por encima del resto, no sólo por su nivel de excelencia, sino también por el precio que cobran.

 

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“Reconozco que en el medio tenemos fama de caros”, dice Concha. “Creo que eso se debe a que nos ha tocado participar en proyectos de gran tamaño y exigencias muy específicas. Sumergirse en la decoración de un edificio corporativo es un proceso relativamente corto –puede durar alrededor de 90 días–, básicamente porque nos dedicamos al área gerencial, pero la cosa cambia si uno tiene que ocuparse del total del edificio, como ocurre con los hoteles. En ellos vemos desde las habitaciones hasta las áreas comunes y ese es un proceso que requiere de por lo menos cinco meses o más. Y para qué te explico lo que ocurre con los barcos…”

 

 

 

Navegar y diseñar

 

 

Tal como explica Concha, en su giro de negocios, decorar barcos es cosa seria. Muy seria: “en términos de construcción y decoración, el metro cuadrado de una nave debe ser el más caro del mundo. De hecho, no se mide en metros; las cuotas son de milímetros”. Fieles al cálculo milimetrado, Concha y sus diseñadores acabaron por interesarse en los barcos después de trabajar en la decoración del Terra Australis, nave de turismo patagónico perteneciente a la familia Menéndez Lecaros.

 

“Es todo un desafío, ya que nuestros planos tienen que calzar perfecto con los del astillero. El más pequeño error –tener que desplazar unos centímetros una separación de ambientes, por ejemplo–, puede llegar a costar miles de dólares”, comenta mientras nos paramos delante de sendos planos de un proyecto actualmente en desarrollo. El primero, rústico y reducido a su básica expresión, pertenece al original del astillero. Los cambios son notables al observar el plano de los diseñadores, donde las formas aerodinámicas dan sentido al conjunto. Y más vale que se lo den, porque que los plazos en que trabajan imaginando y proyectando su interior, pueden llegar a extenderse hasta los dos años, los que terminan abruptamente cuando llega el momento de ensamblar todo.

 

“El montaje de la decoración de un barco se realiza en apenas un día. La atmósfera se crea en dos. Es por eso que no hay lugar a cometer errores. Bueno, cada cosa tiene su complejidad. Recuerdo que con un hotel como el Miramar llegamos a tener 1.700 ítems distintos en nuestras planillas de excel.”

 

Puede que en esas circunstancias se entienda la cantidad de conocimiento, de know how, acumulado por Concha y su equipo en las últimas décadas. “Nuestra capacidad de ejecutar se ha convertido en un gran capital y representa un ahorro clave para este tipo de proyectos. Saber cómo hacer bien las cosas, pero sobre todo cómo evitar cometer errores.”

 

 

 

Regalar también es un rito

 

Si los grandes proyectos han llegado a ocupar buen parte del día de la oficina de Enrique Concha, éste no ha descuidado su interés por el pequeño formato. Una de las iniciativas para las que ha desplegado mayor atención en el último tiempo ha sido la ciencia de los regalos, mejor dicho el arte de saber elegirlos, envolverlos y presentarlos. Para ello ha trabajado durante varios meses junto a un grupo de la escuela de Diseño del DUOC investigando en torno a objetos, materiales, cajas cintas, nudos, juegos de colores e imágenes.

“Importamos cuatro containers de objetos muy seleccionados. Se trata de regalos que se venderán en nuestra tienda de El Golf en una sección dedicada, precisamente, al arte de envolverlos. Es muy posible que en el futuro, toda la tienda esté destinada al tema.”