Se dice que la única revolución exitosa del siglo 20 fue la feminista. Mientras fracasaban uno tras otro los megaproyectos históricos, las mujeres consiguieron, no sin grandes dolores y batallas, avances impresionantes en la política, el trabajo, la cultura y los derechos reproductivos. El avance en la igualdad entre los géneros ha sido superior a cualquier otro progreso civilizatorio conocido desde el fin de la esclavitud.

Y lo importante es que ni la estrategia ni el programa que produjo tales cambios, formaban parte del ideario de las fuerzas que dominaron ese siglo trágico. Estos avances ocurrieron en los márgenes, a través de la multiplicación de iniciativas que fueron motivando la modificación de prácticas sociales, la remoción de atavismos culturales y la transformación de enclaves jurídicos. Y por eso, entrando en el delicado terreno de los pronósticos, es muy probable que el siglo presente sea caracterizado por la centralidad de los temas medioambientales y ecológicos. Que la política sea capturada por la agenda verde y que ésta se eleve a los lugares más altos de las prioridades globales y nacionales.

El desaliento surgido por la falta de alternativas a un modelo sociopolítico reproductor de desigualdades e incapaz de proponer respuestas a cuestiones claves como la relación entre progreso y naturaleza, y entre individuo y comunidad, permite el surgimiento de opciones que se proponen algo distinto a la utopía del viejo proyecto socialista, y que desconfía, por sus resultados, de la solución de más mercado y menos Estado.

Los partidos verdes crecieron en Europa como resultado del fracaso de los proyectos socialdemócrata y comunista. Cuestionada la Unión Soviética y congelada la socialdemocracia como opción de cambio, se crea el contexto que gatilla una nueva actitud en la generación nacida en la postguerra. La desconfianza provocada por el formalismo vacío de la democracia representativa da lugar a una cultura de movimientos que levantan icónicamente la crítica a las centrales nucleares, la militarización y la contaminación de océanos y territorios.

Si bien los partidos verdes no han tenido grandes éxitos –con la excepción de Alemania–, construyeron una agenda muy influyente. La fuerza ambientalista no ha parado de crecer en los medios, en la academia y en el debate público a partir de su capacidad de gestar movimientos de alto impacto, junto con promover un atractivo estilo de vida y una fuerte presencia entre las elites más educadas.

En no más de 50 años un tema inexistente en el debate ha empezado a tomarse el corazón de la agenda política mundial. El cambio ha sido inmenso. Desde las visiones del club de Roma (1968), la fundación de Greenpeace (1971), pasando por la ambientalista postulación presidencial de Al Gore (2000) hasta la constitución ecológica de Evo Morales (2009), la política verde avanza. Hoy, en todos los países de América latina se registran conflictos derivados del cuestionamiento a otrora anhelados megaproyectos de infraestructura, mineros, energéticos o industriales. Basta mirar el caso de Chile: Barrancones, HidroAysén o Castilla.

La política con tinte verde tiene una característica especial: repone un sentido ético a la acción pública, asocia lo local con lo global, lo pequeño con lo macro, lo personal con lo comunitario. Este modo de hacer la política exige la participación y surge de la movilización ciudadana.

La política se teñirá de verde cada vez más. Sin embargo subsiste una discusión respecto a las posibilidades de combinar el acceso a bienes y servicios de los ciudadanos, en particular de los más pobres, y las limitaciones ambientales que se le imponen a ese progreso. Hay allí dos opciones: o una difícil reconversión del paradigma cultural y, por esa vía, reducir la intervención humana del orden natural, o gestar una nueva convivencia en donde la tecnología y una institucionalidad de alta calidad y legitimidad permitan administrar esa tensión a partir de nuevos consensos y nuevas formas de producir.

Lo verde será un componente esencial de la política del futuro. La idea del crecimiento económico ilimitado quedara en el pasado. Sí, el siglo 21 muy probamente será verde. O no será. •••