El diagnóstico económico señala que tras el frenazo de 2014, la economía podría crecer el próximo año un poco más cerca de su potencial, aunque por debajo de su hoy mermada capacidad, y apuntalada por lo que los economistas llaman impulso fiscal.

En 2015, el consumo privado sería sustituido por el Estado. Más Estado. Una cuestión que a estas alturas no debiera sorprender, a la luz de lo que supone la reforma tributaria en discusión, que busca traspasar de una mano a la otra hasta tres puntos porcentuales del PIB y por lo que es la vocación explícita de las autoridades que hoy ejercen el poder, lo que quedó superlativamente en evidencia en el discursos presidencial del pasado 21 de mayo.

Se ha dicho hasta la reiteración que es momento de vestirnos con ropas marca OCDE. Que pertenecer a ese club, como de hecho lo hacemos, supone ciertos códigos de conducta y ademanes de los cuales hoy hacemos poca o nula gala.

Se avanzará en esa dirección en educación, en previsión, en energía y muchas áreas. En ellas se hace necesario ordenar las cosas e intervenir sellando las grietas donde el afán de lucro menoscaba el bienestar y progreso ciudadano, introduce ineficiencias, eleva precios injustamente.

Pero cuidado, que la realidad avanza por caminos largos en donde las buenas intenciones sólo alcanzan para recorrer los primeros metros. Ejemplos hay muchos y tal vez uno de los más representativos y menos gratificantes está siendo la fracasada reforma al sistema de transporte urbano de la capital.

Mal diseño, mala puesta en marcha y lamentable ejecución a lo largo de los años, sintetizan el devenir de esa bienintencionada política pública. El Transantiago es hoy un sistema caro, altamente subsidiado, con tasas de evasión escandalosas, donde más de un quinto de la flota de buses transporta gratis a los pasajeros. Pero como el entuerto es mayúsculo, como varios intentos de mejora no han prosperado, como después de lo hecho desconfiamos de la capacidad técnica para abordar el problema y como no nos damos cuenta de lo caro e ineficiente que es en el fondo el sistema, no queda otra que estar conformes y pensar que al menos es mejor que el que había antes.

Total, los subsidios que recibe el servicio virtualmente no los nota nadie en su bolsillo. Claro que si se escarba, se verá que parte importante del precio sí lo pagan los que supuestamente se ven favorecidos y no todos los que debieran, ya sea porque algunos derechamente evaden y son otros los que pagan la cuenta o porque para otros la prorrata contributiva diluye de su bolsillo el impacto de costear, por ejemplo, el verdadero costo de traslado de sus trabajadores que viajan con pasajes subsidiados con cargo a los impuestos que pagan todos los chilenos.

Pero, en fin, no hay que preocuparse, la fiesta recién comienza. •••