Qué complejo es ser un buen papá o mamá. Tengo cuatro hijos y descubrí hace ya un buen tiempo que de los trabajos donde es más difícil no equivocarse, es en la correcta crianza de los niños. Y es que lamentablemente los niños no nacen con un manual bajo el brazo que indique a los atribulados padres qué debemos hacer o decir frente a cada situación para educarlos bien. Sólo nos queda confiar en que el amor será un buen guía.

Algo parecido a la responsabilidad de los padres ocurre con el difícil rol de los directores de sociedad anónima. Por supuesto que los niños no son asimilables a las compañías, ni tampoco podemos pedirles a los directores que sientan “amor” por sus accionistas. Pero la comparación surge por el complejo y extenso mandato que padres y directores enfrentan.

Miremos, por ejemplo lo que ha ocurrido con el caso Enersis. Nos vuelve a recordar una vez más todas las responsabilidades que tiene un director de empresas, particularmente si se trata de una listada en bolsa. Es cierto que, como con los niños, no existe un manual que enumere todas las acciones a seguir por un director, pero sí existe el mandato claro de la ley. Dice, por ejemplo, que los directores deben observar los deberes legales de lealtad y de cuidado. Por el deber de lealtad se obliga al director a ejercer su función teniendo exclusivamente a la vista el “interés social” de la compañía, y no de un grupo de accionistas en particular. Y por el deber de cuidado lo obliga a ejercer su función con la diligencia que los hombres emplean ordinariamente en sus propios negocios.
¿Y cómo desempeñaron los directores de Enersis esos deberes? Una reciente encuesta entre presidentes, directores y principales ejecutivos de compañías en Chile muestra un juicio negativo: más del 54% los indica a ellos como principales responsables y sólo el 24% identifica a Endesa España. Es decir, la opinión “de la calle” es que no se aprecia de parte de los directores el cuidado ordinario que señala la ley.

Es importante este antecedente empírico del mercado a la operación porque es más decidora y contundente que la opinión de cualquier experto en gobierno corporativo. El sentido común de los inversionistas al evaluar la propuesta fue claro y la castigó en su indicador más decidor: se produjo una importante disminución del precio de la acción de Enersis en Chile. Así, más que la mano del regulador, lo que operó fue la sabia mano invisible del mercado.

Lo que hizo después la SVS con su oficio fue corroborar ese juicio del mercado, catalogando además el aumento de capital como una operación entre partes relacionadas. Su veredicto insiste a su vez en un elemento clave en la responsabilidad de cualquier director: la obligación mínima de pronunciarse y de emitir una opinión formal cada vez que un asunto relevante es sometido a su consideración.

¿Es excesivamente intrusiva la interpretación de la SVS? Pareciera que no al tenor literal de la propia norma. El recientemente aprobado Reglamento de S.A. obliga justamente al directorio, por debida diligencia, a “pronunciarse” respecto de las materias sometidas a su conocimiento, disposición que no cabe duda debiera aplicarse en una materia tan relevante como es un aumento de capital de esta magnitud, más allá que sea entre partes relacionadas. La referencia al pronunciamiento formal no es antojadiza. Se ha señalado que el directorio, de acuerdo al contenido de las actas, definió en su momento que sólo le correspondería actuar como “facilitador”, situación que no sería aceptable, obligando al directorio y al comité de directores a que emitan opinión formal respecto de la pertinencia de la operación.

No hay duda de que el caso Enersis obligará a reconsiderar la manera en que los directores deben enfrentar su rol y responsabilidad. Como decía al principio, es una tarea crecientemente difícil. Casi, casi tan difícil como ser papá.