430 centrales nucleares en 30 países representan el 16% de la matriz energética mundial. Ese es el peso real de una tecnología históricamente controvertida, y más aún a partir del accidente en la central de Fukushima. Un debate que -necesidades eléctricas mediante- interesa a Chile y que, por lo mismo, conviene entenderlo a fondo. Por eso, indagamos con expertos sobre los mitos, riesgos y realidades que envuelve este mundo de reactores, átomos y fusión nuclear. Por Cristian Rivas Neira.

 

  • 22 marzo, 2011

 

430 centrales nucleares en 30 países representan el 16% de la matriz energética mundial. Ese es el peso real de una tecnología históricamente controvertida, y más aún a partir del accidente en la central de Fukushima. Un debate que -necesidades eléctricas mediante- interesa a Chile y que, por lo mismo, conviene entenderlo a fondo. Por eso, indagamos con expertos sobre los mitos, riesgos y realidades que envuelve este mundo de reactores, átomos y fusión nuclear. Por Cristian Rivas Neira.

 

Chile decide hoy la instalación de una planta nuclear

Nada más alejado de la realidad que esta afirmación. Construir una central nuclear no es algo que se decida de un año para otro. Se requiere de muchos trámites previos que pueden abarcar más de una década.

Chile se propuso empezar los estudios respecto a lo que se requiere para poner en marcha una eventual planta nuclear en nuestro territorio. Algo de eso ya hizo la Comisión Zanelli, bajo el gobierno de Michelle Bachelet, pero falta camino por recorrer. Para resumir: antes de obtener electricidad desde una central nuclear, los países interesados deben cruzar por varias etapas definidas por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), dependiente de la ONU.

En un primer periodo, se debe realizar una serie de estudios y debates que fijen todos los criterios que se apliquen al caso. Tales como, por ejemplo, definir la regulación, las normas para elegir el lugar donde se instalará, evaluar en sondeos públicos si existe consenso en que la opción nuclear es conveniente y aspectos como la tecnología y el combustible que se usarán. Una segunda etapa considera la creación de instituciones reguladoras, la capacitación del personal necesario y el control del manejo de los desechos nucleares. Hasta aquí ya debiesen haber transcurrido, por lo menos, unos ocho años.

El tercer periodo incluye la evaluación económica del proyecto, el emplazamiento definitivo y los llamados a licitación. Todo se cierra con la fase final: la construcción propiamente tal y su puesta en marcha, que debería tardar otros ocho años. Como se ve, el camino todavía es largo.

No se pueden construir centrales nucleares en países sísmicos

Hasta antes del terremoto en Japón, quienes defendían la instalación de centrales nucleares planteaban que el hecho de que Chile fuera un país sísmico no implicaba cerrar el paso a este tipo de generación de energía, porque el país asiático, que registra tantos o más terremotos que el nuestro, convive adecuadamente con unos 55 reactores nucleares, que lo proveen de más de un tercio de la energía que requieren.

Pero el último evento sísmico en el país oriental y, sobre todo, la emergencia en la central de Fukushima encendieron las críticas de los opositores a esa fuente de energía. Por eso, bien vale la pena preguntarse si un país con tantos terremotos puede abrir espacios para centrales que a primera vista suelen verse frágiles cuando sobrevienen estos de sucesos.

Los expertos en energía nuclear chilenos –pocos, pero los hay– plantean que si bien es un tema de preocupación –entre varios a considerar a la hora de instalar una central nuclear– el riesgo en la actualidad es menor porque la seguridad con que están construidas las instalaciones modernas sobrepasa los límites de la imaginación. Dicen que los sistemas amortiguadores actuales permitirían soportar tranquilamente un terremoto de magnitud muy superior al de 1960 en Valdivia –9,5 Richtere incluso resistir el impacto de un avión comercial.

El consultor y asesor en energía Juan Carlos Olmedo precisa que los problemas en Fukushima fueron sobre centrales construidas con tecnología de los años 60 y, desde ese tiempo hasta ahora, se han mejorado con creces la ingeniería y los procesos de construcción. Por otro lado, advierte que el terremoto no fue lo que afectó el comportamiento de estos reactores, sino el maremoto, que detuvo la generación eléctrica alternativa (en base a petróleo) para su enfriamiento.

Anota que el componente sísmico es un tema que se ha incorporado en la estructura de las centrales modernas y, por lo tanto, representa un aspecto que requiere mayor estudio, no de factibilidad, sino de conveniencia ante los potenciales costos de un diseño sísmico exigente.

Se puede reemplazar la energía nuclear por alternativas renovables

Aunque muchos quisieran soñar con que esto es real, en la práctica no es así. Primero, porque las energías renovables no convencionales (ERNC) extraídas, por ejemplo, del sol, el viento o las mareas, no están disponibles las 24 horas del día, por lo que no garantizan una oferta energética constante. Ese primer aspecto es lo que a simple vista no hace posible sustituir el actual parque nuclear del mundo, que representa en torno al 16% de la matriz energética global, con unos 375 GW de capacidad instalada y poco más de 430 plantas operando en 30 países del planeta.

Por otro lado, los costos de generar energía en base a estas alternativas siguen siendo más altos, en la mayoría de los casos, que si se generaran con combustibles fósiles, a través de centrales hidroeléctricas o nucleares. Sólo para hacerse una idea, el costo promedio de producir un megawatt con energía solar fotovoltaica supera los 400 dólares, mientras que con agua es inferior a 100 dólares y con carbón y nuclear en torno a los 130 dólares.

La energía nuclear es “más cara”

Para levantar una central nuclear, por cada kilowatt de generación construido el costo capital promedio asciende a unos 2.200 dólares.

El ingeniero y doctor en energía nuclear del MIT Christian Schmidt pone varios datos sobre la mesa, antes de hablar sobre cuál alternativa es más rentable que las otras, en cuanto a la producción de electricidad. En líneas bien generales, para levantar una central nuclear, por cada kilowatt de generación construido el costo capital promedio asciende en la actualidad a unos 2.200 dólares. Ese valor, en términos comparativos, es mayor que el de edificar cualquiera de las otras alternativas a las que está acostumbrada la matriz energética chilena. Un kilowatt de una central hidroeléctrica tiene un costo aproximado de 2.100 dólares; en una térmica a carbón asciende a 2.000 dólares, mientras que en una planta a gas es varias veces menor: sólo 600 dólares.

Pese a que una central nuclear presentaría una desventaja en términos de costos iniciales, se plantea que, a la larga, producir energía resulta ser más económico, porque el precio de los materiales que se requieren para su funcionamiento (el uranio básicamente) es más estable. Por otro lado, se sabe que con la entrada en operación de los reactores de última generación esta diferencia puede reducirse, especialmente por la disminución de la inversión inicial por los menores tiempos de construcción. En sus inicios, construir un reactor de 1.000 megawatts demoraba doce años. Hoy podría tardar siete.

Un costo que no se puede dejar de lado está ligado al aspecto ecológico, pues al no producir gases de efecto invernadero las centrales nucleares pueden participar económicamente en el mercado de los bonos de carbono, disminuyendo en parte sus costos iniciales.

La energía nuclear es altamente contaminante

Como ya se dijo en el punto anterior, producir electricidad por medio de una planta nuclear tiene cero impactos en el medioambiente. Los científicos reconocen que hay algo de contaminación, aunque baja, en la construcción inicial de cada unidad, pero eso contrasta con las décadas de funcionamiento limpio. Al contrario de lo que sucede con la generación a partir de combustibles fósiles –donde el carbón domina la matriz energética mundial, con poco más del 40%–, la energía nuclear es una de las alternativas que ayudan a resolver el problema del calentamiento global provocada por los gases de efecto invernadero.

Eso no significa, en todo caso, que su efecto sobre el entorno no exista. Entre los problemas más graves están los residuos nucleares, altamente radioactivos, cuyos efectos nocivos se mantienen vigentes por al menos tres siglos (o unas siete generaciones). Claro que el costo que significa su tratamiento en el tiempo está absolutamente incorporado en el precio del kilowatt/hora, muy por el contrario a lo que ocurre con otras generadoras energéticas que vierten la basura al medio ambiente.

Lo que se hace con estos desechos atómicos es encapsularlos en matrices de vidrio o cerámica y guardarlos hasta que decaigan espontáneamente en el tiempo. Ahora bien, las centrales de cuarta generación, las más modernas y que están en etapa de construcción, permiten procesar este uranio desechado para ser reutilizado en los reactores, lo que aumenta su rendimiento, fortalece el suministro en el mercado internacional sin una variación significativa en los precios y, además, reduce la cantidad de desechos resultantes, por lo que el impacto ambiental es menor.

A esto se suma la opción de utilizar torio en reemplazo del uranio, alternativa ya disponible en Rusia y Estados Unidos, lo cual permite obtener rendimientos aún mayores y multiplicar, por lo menos por seis veces, el período de uso de la actual reserva de combustible nuclear (es decir, de 100 aumenta a 600 años). Basados en estos elementos, algunos científicos e investigadores que estudian el cambio climático y la incidencia que tienen en este hecho la actual industria energética, se atreven a considerar a la energía nuclear como renovable, opinión a la que suscriben también algunas organizaciones ambientalistas.

La energía nuclear representa alrededor del 16% de la matriz energética mundial. El carbón, por su parte, alcanza alrededor del 40% del total.

Al fallar una central se produce una hecatombe

Aunque pueda parecer un poco frío, lo que diremos a continuación es repetido por distintos expertos, y no tan sólo chilenos. En palabras de Schmidt, no es real que al fallar una central nuclear se produzca una hecatombe en su entorno. Lo que se ha visto en los accidentes más graves, como el de Three Mile Island, en Pensilvania, Estados Unidos; o el de Chernobyl, en Ucrania, es un efecto inmediato sobre los operadores y luego, una tasa baja de muertos por exposición a la radiación en el entorno más cercano, circunscrito a un radio cercano a la planta.

En el primer caso ni siquiera hubo muertes, mientras que en el accidente del este de Europa murieron poco más de 30 operarios en forma inmediata, y unas 4.500 personas en los meses siguientes, aunque las cifras siguen provocando controversias hasta ahora y nadie se ha puesto de acuerdo sobre el impacto final. Schmidt no desconoce que puede haber efectos secundarios con el paso del tiempo en el resto de los miles de habitantes que estuvieron expuestos, pero asegura que al tipo de radiación que se extiende en un radio mayor no es completamente maligna para la salud de las personas y las plantas.

Se acabó el uso de energía nuclear en el mundo

Tal vez lo que más llama la atención de los especialistas es la liviandad con que muchos han salido a señalar a través de los medios de comunicación que se necesita terminar con la generación energética a través de plantas nucleares y que Japón ha demostrado que esta vía no es el camino a seguir. “Decir que por un accidente como el que hemos visto en Japón se acabó la energía nuclear en el mundo es ignorancia pura. Es como afirmar que si hay un choque se acaban los autos, o si se cae un avión ya nadie más viajará en ellos”, sostiene.

Por lo demás, nada es menos viable para los países que hoy hacen un alto uso de estas centrales para resolver sus necesidades energéticas. La matriz energética de Francia, por ejemplo, es 80% energía nuclear y, aunque menor, muchos otros países europeos también muestran una alta tasa de dependencia. Por ello, eliminar de los registros esta alternativa sería como cavar un hoyo profundo y dar por muerta la actividad económica de casi todo el planeta. Como todos recuerdan, la disponibilidad de energía es lo que no puede fallar, y no existen elementos distintos que permitan enfrentar la escasez de otros insumos para producirla, como el carbón o el petróleo, cuyas reservas ya están más bien agotadas en el planeta.