Daniel Alarcón ofrece una provocativa visión de las secuelas del terrorismo.

  • 16 noviembre, 2007

Daniel Alarcón ofrece una provocativa visión de las secuelas del terrorismo. Por Marcelo Soto.

 

La primera novela de Daniel Alarcón es tan rara como notable. Fue escrita en inglés, aunque su autor nació en Lima; transcurre en un país que podría ser Perú, pero está más cerca de Don DeLillo que de Vargas Llosa.

 

Su prosa es como la ropa después de lavada varias veces. Se nota que ha sido corregida y que ha perdido algo en la traducción. Pero de todos modos se ve limpia y suave. El lector se va sintiendo más cómodo a medida que pasan las páginas: el estilo se hace menos visible y sólo permanece la tensión de la historia, que nos conduce como un río hacia las pozas oscuras.

 

Radio ciudad perdida, escrita con una perfección que hiela, narra varias historias, todas enlazadas de forma brillante, donde los ambientes, el clima, los ruidos, son más importantes que los protagonistas. En realidad, los personaje centrales de la novela son dos: la selva, húmeda e infinita, y la capital, sucia y bochinchera, de una nación subdesarrollada.

 

Ambas zonas, que a veces parecen un territorio alucinado, producto del delirio, están surcadas por la violencia. Alarcón no es un narrador imparcial: odia la guerra y el culto a las armas, detesta los fundamentalismos que han golpeado a los países latinoamericanos.

 

Algunas de las páginas más memorables están dedicadas al absurdo proceder de un grupo terrorista, al estilo de Sendero Luminoso, cuyas acciones parecen aún más deleznables y sin sentido que las de la policía secreta.

La trama se desencadena cuando Víctor, un chico de un pueblo amazónico, llega hasta la capital con una lista de personas

 

desaparecidas. Quiere que Norma, locutora de un programa radial que reúne a parientes que no se han visto en años, lo ayude a buscarlas. Entre los nombres figura el del esposo de la periodista, de quien se perdió el rastro hace una década.

 

Norma sospecha que su marido podría haber pertenecido a IL, la banda terrorista en guerra con el gobierno y la aparición de Víctor parece esconder las claves de ese misterio. El libro va intercalando episodios del pasado y el presente de estos personajes, como un rompecabezas cuya pieza final, aunque previsible, no deja espacio ni a la esperanza ni a la redención. Alarcón recrea un lugar donde el amor fracasa, ese lugar solitario que habitan quienes no tienen paz ni consuelo.