Imposible de encontrar en castellano desde hace décadas, llega una cuidada edición de El tercer policía, de Flann O’Brien, una de las novelas más enigmáticas del pasado siglo. POR MARCELO SOTO Ciertas novelas, que abren caminos y se adelantan a su época, alcanzan un aura de leyenda, que se acrecienta de manera proporcional a su […]

  • 7 septiembre, 2007

Imposible de encontrar en castellano desde hace décadas, llega una cuidada edición de El tercer policía, de Flann O’Brien, una de las novelas más enigmáticas del pasado siglo.
POR MARCELO SOTO

Ciertas novelas, que abren caminos y se adelantan a su época, alcanzan un aura de leyenda, que se acrecienta de manera proporcional a su rareza, más todavía si fueron escritas en otro idioma y han pasado décadas sin una nueva edición española. Es lo que sucede con El tercer policía, la magistral narración del irlandés Flann O’Brien (1911-1966) publicada poco después de su muerte y que por fin ha sido rescatada por la española Nórdica Libros, en una cuidada edición.

Esta obra, una alucinante combinación de Lewis Carroll y Kafka, era prácticamente imposible de encontrar en castellano y se había transformado en una obsesión para muchos lectores. El relato parte como novela negra, pero pronto se transforma en un viaje fantástico, colmado de reflexiones altisonantes y un humor del absurdo que estremece tanto como hace reír.

El protagonista ha asesinado a un tal Mathers, con el objetivo de robarle una caja negra que podría hacerlos ricos a él y su compinche John Divney, autor intelectual del crimen, un despreocupado y corrupto personaje que recuerda al Tom Ripley de Patricia Highsmith, en una versión menos mundana y más vulgar. Eso es todo lo que sabemos al principio y eso basta para dejarse atrapar por una prosa brillante, juguetona, matizada de alusiones cómicas y teorías estrambóticas.

“No sabía cuál era mi nombre, no recordaba quién era”, dice el personaje central. “No estaba seguro de dónde venía ni qué era lo que tenía que hacer en esa habitación. Descubrí que no estaba seguro de nada excepto de mi búsqueda de la caja negra. Pero sabía que aquel hombre se llamaba Mathers y que yo lo había matado con una pala y un bombín. Y que yo no tenía nombre”. La trama es tan inesperada y llena de sobresaltos, como una montaña rusa, si lanzarse en tales artefactos fuese un ejercicio intelectual. Todo lo que se dice puede ser negado o contradicho en la frase siguiente, dotando al conjunto de una ambigüedad de pesadilla. El narrador duda si está vivo o muerto, despierto o en coma, pero sus afanes no por irreales dejan de ser extenuantes, como bien sabe quien haya despertado alguna vez exhausto, casi sin aliento, tras un mal sueño que parece eterno.

En cierto momento de la narración, el protagonista abre una puerta que lo conecta con un estado alterado de la conciencia. “No podría describir lo que fue, pero me asustó antes de llegar a comprenderlo mínimamente. Fue una especie de cambio que me sobrevino a mí o a la habitación, un cambio sutil aunque trascendental e indescriptible. Fue como si la luz del día cambiara antinaturalmente, como si la temperatura de la noche sufriera una alteración radical en solo un instante, o como si el aire se hubiera enrarecido más aún, o se hubiera vuelto dos veces más denso de lo que ya era en un abrir y cerrar de ojos”.

El protagonista se cruza con personajes estrafalarios –entre ellos el propio Mathers que le explica que cada ser humano posee un color, el mismo de los vientos, y que en ese secreto se esconde su destino– y va en busca de un trío de policías mafi osos, el tercero de los cuales parece tener la llave para descifrar el misterio. Bajo esta desopilante trama, o mejor dicho por encima de ella, atravesándola, aparece la inimitable figura de De Selby, un científico que obsesiona al personaje central. De hecho, el robo es cometido con el objeto de conseguir dinero para publicar un estudio sobre el excéntrico intelectual, autor de teorías tan improbables como que el negro de la noche se debe no a la falta de luz sino a la acumulación de gases volcánicos o que la decadencia del hombre se explica por su afán de vivir encerrados entre cuatro paredes en vez de salir al aire libre.

El tercer policía es un relato sin desperdicio, una fascinante y enigmática maquinaria verbal, de múltiples significados y resonancias, cuyo desenlace da un giro inesperado que redefine todo el conjunto y obliga a lanzarse de nuevo al vacío. Se entiende por qué O’Brien era uno de los autores favoritos de James Joyce.