Allamand la tiene difícil. Su probabilidad de transformarse en Presidente de Chile es cercana a cero. En las primarias de la Alianza deberá derrotar a Laurence Golborne, el candidato más popular de su sector,  único que, según las maltrechas encuestas, le puede dar algo de pelea a la ex Presidenta Bachelet. Golborne es apoyado por la UDI, el partido que tiene más parlamentarios y alcaldes. Si por ventura Allamand llega a ganar esas primarias, deberá enfrentar, casi con certeza, a Michelle Bachelet, quien lo supera muy ampliamente en adhesión. Pero Allamand siempre quiso ser candidato presidencial y ahora está en lo suyo.

Andrés Allamand es la quintaesencia del político clásico. Formado por los patriarcas de la derecha liberal (denominada de ese modo, aunque de liberal tenga poco, más bien para distinguirla de esa otra más conservadora que fundó y lideró Jaime Guzmán), Allamand ha dedicado su vida entera a la política. Ha recorrido todas las rutas de ese territorio: dirigente estudiantil, diputado, senador, ministro, presidente de partido. Esa impronta, la del político tradicional, lo ha acompañado siempre. Quizás allí se encuentre una de las razones de su difícil popularidad. En un clima cultural que cultiva la antipolitica, los iconos de esa actividad -y Allamand es uno de ellos- sufren un permanente castigo.

El ex ministro es uno de los pocos personajes interesantes de la política chilena actual. Hombre de convicciones y de gran voluntad, Andrés es un personaje particularmente marcado por dramas personales. Por la tragedia de su hijo y por la muerte de su cuñado. Estuve con él en Cuba, en 1993, cuando viajó a la isla en procura de un milagro  terapéutico para su pequeño. Años después le sobrevino el trágico accidente aéreo de Juan Fernández donde murió su cuñado en circunstancias que él encabezaba el Ministerio de Defensa. En ambos casos olas inmensas de solidaridad lo acompañaron a él y a los suyos.

Allamand despierta afectos pero tambien pasiones. Curtido en las batallas por la configuración de la derecha, son famosos sus pleitos con Pablo Longueira que concluyeron en la división de Renovación Nacional y la formación de la UDI. Las posteriores disputas al interior del grupo generacional denominando la “patrulla juvenil” en RN también hicieron historia. Memorables son el Piñera Gate en 1992 y el escabroso caso drogas de 1995 en su periodo de diputado. Las réplicas de todos estos conflictos, aunque atenuados, aún perduran. Luego, estos eventos se acumularon a su derrota en la elección senatorial por la circunscripción Santiago oriente en 1997, donde obtuvo el cuarto lugar. Allamand dejó de ser la estrella emergente de la política chilena. Denunció la negativa injerencia de poderes fácticos que entorpecían el funcionamiento democrático e inició un autoexilio en Washington, periodo que el describe como su “travesía del desierto”.

Allamand de cuando en cuando se equivoca en grande. El momento culminante de sus errores fue cuando en 1988 inauguró la franja del Sí pidiendo 8 años más para Pinochet (¡ocho años más!). Nunca ha explicado con claridad los motivos de aquella actuación de tan perdurable visibilidad. A la distancia del tiempo esa decisión aparece todavía más absurda toda vez que el promovió activamente el Acuerdo Nacional en 1985, que pretendía iniciar una transición sin Pinochet. La noche del 5 de octubre fue activo partidario de que se reconociera rápidamente la derrota de su opción.

En su paso por el Senado se esforzó por correr los límites de la centroderecha en procura de la apertura de ese sector a la diversidad de opciones sexuales. El acuerdo de vida en pareja constituyó una señal poderosa de diferenciación respecto de ese mundo integrista que campea en ese lado de la política chilena. Pero que nadie piense que en esta materia estamos en presencia de un chascón. Sus declaraciones últimas en materia valórica no se escapan ni un milímetro del canon del “sector”.

Allamand es un político al que le gusta jugar duro. Estrenó el uso habitual de la frase “la política es sin llorar”. En la última campaña presidencial desarrolló la estrategia del “Desalojo” (libro incluido), especie de manual de campaña negativa contra la obra de la Concertación y acerca de los motivos de porqué esa coalición debía dejar con urgencia el gobierno.

Ahora  ha empezado a darle con todo  a Golborne. Y donde hipotéticamente más le duele. A horas de iniciada la disputa ya ha dicho de su adversario que no tiene trayectoria política, que viene del mundo privado y que su inclinación por el servicio público es demasiado reciente y escasa. Que estas futuras elecciones presidenciales son una prueba de carácter y no un concurso de simpatía. Le cobró, además, el frustrado balconazo del 28-O, acusando tal conducta como triunfalista e impropia de la austeridad de las tradiciones republicanas.

El guión en su disputa con Golborne está escrito y apunta a inclinar rápidamente la balanza demostrando superioridad de voluntad y experiencia y desnudando crudamente las debilidades del adversario. Cuánto conquistará a la opinión pública esta argumentación, está por verse. Pero lo cierto es que con una baja adhesión como la suya (7% en la definición del sector según última CEP, versus 20% de Golberne), hay poco más que hacer.

RN, su partido, no tiene aparato. El liderazgo antiguo de su presidente, Carlos Larraín, no le aporta un voto y por tanto su peso biográfico es el único activo que Allamand puede poner sobre la mesa si quiere nivelar esta desigual contienda. Las primarias, sin aparato, sin  preferencia pública, son un objetivo casi imposible de conseguir. Pero de ese material, de las batallas imposibles, es que está construida la esencia y la gracia de la política. Total lo más grave que le puede pasar a Andrés es perder. Pero esta posible derrota, de ocurrir, no sería ni la primera y ni por lejos la más dolorosa. Concluyamos con lo único evidente: hoy por hoy, Allamand está en su salsa. •••