Gracias a André Bazin vemos como vemos. ¿Una exageración? En realidad, no.

  • 13 noviembre, 2008


Gracias a André Bazin vemos como vemos. ¿Una exageración? En realidad, no.

 

Gracias a André Bazin vemos como vemos. ¿Una exageración? En realidad, no. Por Christián Ramírez.

¿Desde cuándo la gente habla y opina sobre las películas? Probablemente desde que éstas existen: la pasión por comentar lo que se vio en pantalla es demasiado fuerte como para reprimirla, más allá de que los juicios que cada uno emita adquieran después vida propia. Mal que mal, todo el mundo –como decía Truffaut– tiene dos profesiones: la suya y la de crítico de cine. El propio cineasta lo descubrió en su adolescencia, cuando literalmente fue rescatado de una vida semidelincuencial por el señor de la foto, André Bazin, un profesor que emergió de los años de la segunda guerra con una tremenda energía, dirigida primero a los activos cine clubs de barrio parisienses, luego a artículos en prensa escrita y por último en incendiarios escritos teóricos.

Bazin murió de leucemia, a los 40 años, el 11 de noviembre del 58, coincidiendo con el primer día del rodaje de Los cuatrocientos golpes (que Truffaut más tarde le dedicaría), pero en su década y media de actividad cinéfila se las arregló para iniciar lo que al principio pareció una pequeña protesta, pero que ha terminado como verdadera revolución en estos inicios del siglo XXI. Bazin apostó por cambiar nuestra forma de mirar el mundo y, a medio siglo exacto de distancia, podríamos decir que lo consiguió.

Esto no tiene que ver ni con encuestas sobre la mejor película de todos los tiempos, ni quién es mejor director o actor, o concursos del que más sabe trivia cinematográfica. Bazin no estaba para gastar el tiempo en ello (no podía darse el lujo, con su permanente mala salud). Apoyado en lo que había observado en los filmes de Chaplin, Dreyer, Renoir y Welles, insistía en que la misión de las películas era observar las cosas “tal como son”. Que la verdad de una imagen se desprendía por el solo hecho de saber mantener la mirada sobre el objeto que se observa durante el tiempo que fuera necesario. Amaba la idea de que la cámara funcionase como un ojo virtual para recoger sin restricciones, sin adornos, lo que pasaba a su alrededor; que el solo hecho de desplazarla, de moverla de un lado a otro, permitiese recrear mecánicamente la noción de unidad de tiempo y espacio.

Fue el primero en dar cuenta del neorrealismo italiano como un paso adelante en la iconografía de la posguerra y que la eventual fusión de esta corriente con el objetivismo del cine estadounidense generaría una fuerza de poder estético formidable: la Nouvelle Vague francesa. Bazin no viviría para asimilar las consecuencias de sus escritos, pero las películas de sus propios discípulos hablarían con elocuencia por él, tanto a favor (Truffaut), dándole la contra (J.L. Godard), depurando su legado (Eric Rohmer) o extendiéndolo más lejos de lo que jamás habría imaginado (Jacques Rivette). Mucho se ha hablado de la “Nueva Ola” como de un movimiento de estética neoconservadora –a su modo, lo fue–, en el que muchos de sus miembros terminaron por sentirse encajonados y atrapados por la realidad que intentaban atrapar toma a toma, pero es sorprendente cómo las ideas de Bazin han resultado bastante más dúctiles y plásticas.

Ahí están cuando uno evoca los sobresaltos del cine de Scorsese o el vértigo de los filmes de Spielberg; la infinita compasión de Kiarostami por lo que le rodea o la quietud budista de Hou Hsiao Hsien. Bazin lo habría pasado bomba en esta era de cámaras digitales, películas filmadas en un solo plano y cortos traspasados a You Tube. Todas son expresión del mirar, y eso es lo único que él nunca dejó de hacer.