El director de Blue velvet está embarcado en Interview project, un recorrido de 20 mil millas por Estados Unidos con entrevistas a personas comunes y corrientes. El retrato fragmentado de un país en descomposición..

  • 2 diciembre, 2011

El director de Blue velvet está embarcado en Interview project, un recorrido de 20 mil millas por Estados Unidos con entrevistas a personas comunes y corrientes. El retrato fragmentado de un país en descomposición.. Por Christian Ramirez  

David Lynch ya no es un cineasta. Así no más. No cabe duda de que alguna vez lo fue y que dicho arte ocupó su imaginación con una intensidad que ya se habrían querido varios de sus compañeros de generación. Pero basta revisar con algo de atención lo que ha estado haciendo desde el estreno de Inland empire para ver cuán lejos de la gran pantalla andan sus intereses.

Ese mismo año, publicó el libro Catching the big fish, un atractivo compendio de reflexiones, recuerdos, una que otra confesión y muchos tips sobre un tema que le apasionaba desde fines de los 70, pero que recién en ese momento sacaba a la luz: la meditación trascendental. Es más, David era un devoto seguidor de Maharishi Mahesh Yogui -sí, el mismo santón indio adoptado y luego desacreditado por los Beatles-, y llevaba tiempo inmiscuido en una cruzada por expandir esa práctica a nivel mundial. De hecho, fue después de la muerte de Maharishi, en 2008, que Lynch comenzó a dar señales de actividad, pero no fílmica.

En ese periodo ha seguido pintando, confeccionando muebles –todo el mobiliario de sus últimos filmes procede de su taller–, grabando día a día su video-pronóstico del tiempo para la ciudad de Los Angeles (uno lo puede consultar en www.davidlynch.com) y este año, renovando su interés por la música: en el festival de Coachella estrenó el clip animado I touch a red button man para la banda Interpol, que de alguna forma recordaba sus primeros experimentos con pinturas “filmadas” a principios de los 70; en marzo dirigió la transmisión del concierto de Duran Duran para la serie en vivo Unstaged, donde iba pinchando al aire estrambóticas imágenes al ritmo de las canciones de la banda; y, a principios de noviembre, editó el álbum Crazy clown time repleto de atmósferas y melodías que de inmediato se asocian a las bandas sonoras de Twin peaks, Corazón salvaje o Carretera perdida, pero que tal como todo lo anterior, no está ni de cerca reinventando su medio al modo en que el trabajo visual de Lynch lo hizo consistentemente desde los días de Eraserhead (1977) en adelante. ¿Caso perdido, entonces? En absoluto.

Lo más interesante que Lynch haya hecho en mucho tiempo está escondido en su web, sólo que es el exacto reverso de Mulholland dr. (2001) o Inland empire (2006), los ambiciosos frescos sobre el sentido de la percepción y el mundo del espectáculo que lo mantuvieron ocupado en la primera mitad de la década pasada, claro que comparadas con éstas, equivalen casi a un esfuerzo microscópico y que corre el riesgo de ser injustamente olvidado. Se trata del ambicioso Interview project, un recorrido de 20 mil millas por Estados Unidos que entre junio de 2009 y mayo de 2010 registró 121 entrevistas a personas comunes y corrientes. En breves cortos de cinco minutos, éstas opinan de lo humano y lo divino ante una cámara que las observa a medio camino entre la confianza y el pudor,  de una forma no muy distinta a como el propio Lynch fotografió el recorrido de Alvin Straight en The straight story (1999): un paseo por una Norteamérica provinciana y “horizontal” en la que todos parecen igualados por la cotidianeidad, los recuerdos y el padecer del día a día.

Vistos por separado, los capítulos semejan esos aislados microprogramas con que los canales culturales rellenan sus parrillas, pero considerados en conjunto el panorama cambia. Lo que el equipo de Lynch está retratando es la América en retroceso, su lenta conversión de titán sociopolítico en otra cosa. ¿En qué? En país del tercer mundo, en crisol interracial, en tierra asolada por la basura y la miseria, en nación post agraria, post industrial y, ¿por qué no? post cinematográfica.

En un lugar apacible y arrasado como este pareciera no haber espacio para las alucinadas pesadillas de provincia que el propio Lynch escenificó hace veintitantos años en Terciopelo azul (1986) -y que irónicamente han regresado hace un par de semanas más hiperrealistas que nunca gracias a su reedición en bluray-; mala noticia para los nostálgicos que sueñan con un regreso a esos días: esa podredumbre y magnificencia forman parte de un cada vez más lejano siglo XX.

Tal como sucede en El árbol de la vida, de Terrence Malick (un cineasta con el que tiene más puntos en común de los que al principio calculábamos), David Lynch parece consciente de que para seguir cumpliendo su papel como fiel cronista de los sueños y pesadillas de su país es necesario acomodar el lenguaje, fragmentarlo y transformarlo, incluso si ello implica dejar a su audiencia atrás. No hay problema, tarde o temprano siempre lo alcanzan, hasta que vuelve a escaparse otra vez.