Uno de los secretos mejor guardados de Colchagua se llama Encierra, un vino hecho a pulso que merece ser descubierto.

  • 14 diciembre, 2007

Uno de los secretos mejor guardados de Colchagua se llama Encierra, un vino hecho a pulso que merece ser descubierto. Por Marcelo Soto.

Es el mediodía de un lunes y estamos en Peralillo, en el valle de Colchagua, subiendo una loma escarpada en el campo donde nace el vino Encierra. El sol golpea los ojos, sin embargo el aire se siente fresco, lo que seguramente habla de la cercanía del mar, a unos 40 kilómetros en línea recta.

El contraste entre el verde de las parras, y el suelo amarillo, casi arcilloso, impacta. Mis zapatos están llenos de polvo y trastabillo un poco. Prefiero ir más lento, mientras María Ignacia Eyzaguirre, socia de la viña, camina tan rápido que al rato me lleva 20 metros de ventaja.

No es raro. María Ignacia siempre parece ir varios pasos más adelante que la mayoría de sus colegas. La veo alejarse, caminando decidida, sola entre los viñedos, y me recuerda a la protagonista de Africa mía, plantando café en las colinas de Kenia, aunque todos dijeran que era un error. Si existieran más personajes como ella y más vinos como Encierra la escena vitivinícola nacional sería distinta. Muy distinta.

“Mi objetivo es sacar lo mejor de la uva, lo mejor que pueda dar este viñedo y hacer un súper vino, aunque me demore 15 años”, me dice después, durante una cata vertical de las cinco cosechas que ha embotellado.

Por si no lo conocen, Encierra –cuya enóloga, Adriana Cerda, merece otra columna– es un vino garage, nacido en una viña enfocada a la calidad, hecha a pulso, con más pasión que números en la cabeza. Como buena hija de Jorge Eyzaguirre, quien fundó Los Vascos, María Ignacia mira alto. Cuando le comento que sus dichos exudan ambición, se queda en silencio, algo incómoda con la palabra. “Lo dije como una virtud”, aclaro. Y ella corrige: “Más que ambición, lo que tengo es ansiedad por hacer las cosas bien, por seguir la senda de mi padre, quien primero por la Reforma Agraria y luego por deudas terminó quedándose sin viña. Y el vino era su vida”.

Al probar las cinco añadas de Encierra –desde el 2000 al 2005, con la excepción de 2001, que no fue embotellado por carecer de la calidad buscada– se entiende que esta mezcla tinta, con predominio de cabernet sauvignon, en una proporción que cambia cada año, es más que vino. Es otra cosa. Es un asunto de familia, de vida, llámenlo como quieran, pero así es.

La cosecha 2005, que pueden encontrar en tiendas especializadas, es un vino de nariz profunda y golosa, pura fruta fresca que alegra la boca, más un fondo especiado, vibrante. Vale $ 9.900 pero perfectamente podría costar el doble.

De hecho, al llegar a Santiago, volví a probarlo, junto a un amigo, y al lado de un vino que supera los $ 20 mil. A los dos nos gustó más Encierra. Me quedo callado un rato, mientras mi amigo suspira, fascinado, y pienso que la palabra correcta no era ambición, sino coraje.