Académico de la Escuela de Gobierno UAI

El hedonismo tiene mala prensa. En las culturas culposas, el placer es un pecado, un exabrupto, una concesión que pone de manifiesto nuestra debilidad, nuestra incapacidad de ganarles a las bajas inclinaciones. El verdadero gozo, decía Agustín, solo se alcanza en la contemplación de Dios. En este mundo, pensaba el obispo de Hipona, a lo más que podemos aspirar es a una felicidad recortada, truncada, a medias. Ahora que sabemos –o al menos intuimos– que no hay vida eterna, es hora de reivindicar el placer como uno de los ejes morales de la vida humana.

Los filósofos epicúreos precristianos pasaron a la historia por su canto al placer. Sus adversarios los tacharon de depravados, aunque en rigor su prédica era bastante moralista. No alimentaban el desenfreno sino la prudencia, e incentivaban a su feligresía a tomar en cuenta las consecuencias de largo plazo. En su Carta a Meneceo, Epicuro señala que el verdadero placer está en evitar los dolores del cuerpo y las turbaciones del alma. Después de siglos de hegemonía cristiana, los utilitaristas modernos rehabilitaron el hedonismo como senda ética. Jeremy Bentham decía que la vida transcurría bajo el yugo de dos amos: el dolor y el placer. La receta de la felicidad consistía en evitar lo primero y buscar lo segundo.

Pero ¿de qué placer estamos hablando? Me propongo identificar seis formas de placer. Son seis formas que configuran, al menos, mi mapa personal del placer.

En primer lugar, pocas cosas me producen más placer que la amistad. Los amigos son fuente inagotable de alegría, una carcajada interminable. Con ellos alejamos el temor –esa incómoda sensación de angustia– y nos movemos en un mar de confianza. No hay nada más triste que un niño sin amigos, solo en el recreo, víctima de la ley del hielo. Se nos ilumina el rostro, en cambio, cuando lo vemos reír con sus pares. Buscamos amigos para compartir el viaje de la vida, dentro y fuera de la familia. Porque una vida solitaria es una vida malgastada. Con los amigos florecemos.

En segundo lugar, me provoca un placer infinito discutir entre iguales acerca de las condiciones de nuestra vida en común. Organizarse es un placer, cantaba Sol y Lluvia. Quizás por lo mismo me apasiona la política como el arte de lo público. Algunos entran a la política porque tienen una injusticia que reivindicar –los mueve la rabia–. Otros porque tienen algo que defender –los mueve el miedo–. Algunos porque sienten la necesidad de devolver lo recibido –como mis amigos jesuitas–. Los tiranos persiguen ciegamente el poder. A mí, en cambio, me produce un genuino placer participar de la construcción de un mundo compartido. Ganen o pierdan mis ideas. Me acompañen o no me acompañen mis amigos. Por el puro gusto de participar.

En tercer lugar, me llena de placer aprender algo nuevo. Leer un libro y encontrar un argumento brillante que me atraviese las neuronas como un rayo. Que me caiga la teja. Que se me prenda la ampolleta. Gritar Eureka para mis adentros. Darme cuenta de un error. Hacerme más culto, y reparar en el hecho de que mientras más cultivados somos, queda más conocimiento por develar. Irme a la cama pensando en una idea, dejarla madurar sobre la almohada, despertar con ella pidiéndome atención.

En cuarto lugar, descubrir nuevo territorio. No es un placer excéntrico: pregunte a su alrededor y muchos le dirán que nada les gusta más que viajar. Pero viajar a lugares inexplorados. La nostalgia de volver a un lugar querido es linda, pero heredé mi temperamento inquieto de mi tocayo Colón. Mi familia viene de dos puertos. Contemplar el mar me arrebata. No obstante, no me excita descansar de guata al sol en una playa; necesito recorrer una ciudad, ancha y misteriosa. Aplanar sus calles hasta la rendición. Perderme sin rumbo. Darme un festín de olores y colores.

A propósito de los sentidos, mi quinto placer es el consumo del cuerpo. Probablemente por eso soy sibarita, caído al trago y drogadicto recreacional. No me gusta cocinar, pero soy un niño en un restorán. Examinar la carta es un ritual, como la previa del sexo del cual ya vamos a hablar. Una cerveza de trigo para empezar, un vino sangriento para continuar, un whiskey –no me quejo si es single malt– para terminar. Negocio la retirada con cualquier licor de la casa. Mantengo con casi todas las drogas una estupenda relación.

No tengo nada de qué avergonzarme: en la taberna del mundo se ofrecen muchos manjares y yo quiero probarlos todos. Por lo demás, todo lo que entra a nuestro cuerpo tiene alguna dimensión nociva y la clave epicúrea está en la moderación. No me haría mal, eso sí, tomar ese consejo de anticipar las consecuencias: mis cañas son de proporciones bíblicas. El sexto es, finalmente, el placer de la piel. La carne en su modo erótico. La electricidad de la epidermis. Las pulsaciones del apareamiento. La gloria del orgasmo. Y su anticipo: dicen que la mejor parte del sexo no es cuando lo estás teniendo, sino cuando tu cerebro ya sabe que lo va a tener.

¿Se suma al bando de los hedonistas impenitentes? En caso afirmativo, lo invito a hacer el mismo ejercicio. Entonces, ¿cuáles son sus placeres?