La emoción más antigua de la humanidad es el miedo y el más antiguo de los miedos es el temor a lo desconocido. La frase que da el vamos al libro El horror sobrenatural en la literatura, de H.P. Lovecraft, se ha convertido en lugar común y adalid entre los fanáticos y cultores del género […]

  • 11 marzo, 2013
El Resplandor de Stanley Kubrick

El Resplandor de Stanley Kubrick

La emoción más antigua de la humanidad es el miedo y el más antiguo de los miedos es el temor a lo desconocido. La frase que da el vamos al libro El horror sobrenatural en la literatura, de H.P. Lovecraft, se ha convertido en lugar común y adalid entre los fanáticos y cultores del género a la hora de defender sus virtudes y su valía frente a otras especies narrativas. El autor de Los mitos de Cthulhu, acaso el más influyente de los escritores de horror del siglo XX, revisa cada uno de los antecedentes que llevaron a la construcción del relato contemporáneo de miedo, desde el pánico del hombre de las cavernas ante lo ignoto y los fenómenos de la naturaleza; sus primeras explicaciones llenas de dioses y demonios hasta las ideas de casas encantadas y seres tomados del folklore como vampiros y fantasmas. En el entreacto surgen primeras aproximaciones al gótico en textos como Hamlet, de Shakespeare. Por supuesto, apunta Lovecraft, el primer relato moderno de horror es Frankenstein, el Moderno Prometeo (1818) de Mary Shelley, inicio de una tradición materialista que se extendió a Edgard Allan Poe y Bram Stoker con su Drácula en 1897, textos todos caracterizados por una densidad argumental nada de vacía y que apoyan la teoría del autor nacido en Providence de que el horror como género tiene un origen y una sustancia bastante adulta. O al menos la tenía.

Si bien el miedo pasa de la tradición oral a la escrita, es con el cine donde el género alcanzó su mayor popularidad. Desde el Nosferatu de Murnau en 1922 pasando por los monstruos de la Universal (Drácula, Frankenstein y la Momia) en los años 30; el trabajo de la inglesa Hammer en los 50, con la dupla de Christopher Lee y Peter Cushing llevando la bandera, y todo el cine B gringo de posguerra. Así hasta que en los 70 se consolida como cine serio y adulto con cuatro películas fundamentales. El Exorcista (1973), de William Friedkin; Carrie (1976), de Brian de Palma; La Profecía (1976), de Richard Donner y El Resplandor (1979), de Stanley Kubrick, con un estertor hacia los ochenta en Alien (1979), de Ridley Scott y La Cosa (1982), de John Carpenter, filmes estos dos últimos que hicieron el crossover entre el terror y la ciencia ficción, el llamado horror cósmico que tanto defendía H.P. Lovecraft.

Infantilismo y pop corn

Pero, ¿qué pasó después? Cómo fue que el terror maduro y adulto de los 70 fue evolucionando (o involucionando) primero a los monstruos camp de los 80, originados con Michael Myers, de Halloween (1978), padre espiritual de Jason de la saga Martes 13 y Freddie Krueger de Pesadilla y luego a todo lo que vino después de que Wes Craven (creador de Pesadilla) rodara Scream en 1996, primera película de miedo destinada explícitamente (y sin pudor alguno) al público adolescente: una fórmula recargada de chicos y chicas guapas, mucho grito y muy poco terror. Y desde ahí a Crepúsculo (2008) con sus vampiros emo y brillantes hasta la reciente Warm Bodies, un romance interracial entre una chica normal y… ¡un zombie! Es decir, uno puede comprar que un vampiro resulte atractivo para una quinceañera, pero ¿un cadáver ambulante?

¿Se infantilizó el horror o siempre fue así? Stephen King, el autor más importante de este género en los últimos 40 años, es quien esboza una respuesta en las 640 páginas de Danza Macabra, su brillante ensayo sobre lo fantástico, una suerte de secuela extendida –y por cierto mejor escrita– de El horror sobrenatural en la literatura, de Lovecraft. ¿El discípulo superó al maestro? Hace rato, cosa de comparar cualquier cuento de Lovecraft con novelones como IT o Salem’s Lot.
Sostiene King que para entender la forma contemporánea del terror hay que obviar la literatura y concentrarse en la cultura pop de fines de la Segunda Guerra Mundial en adelante. Tras los horrores del nazismo es impensable pensar en un miedo sobrenatural que sea mayor al experimentado por cientos de miles de personas entre 1939 y 1945 en Europa. No es casual que durante la década de los 50 y 60 Drácula se convirtiera en personaje de historietas y rostro de cereales, incluso en un personaje de Plaza Sésamo o que el miedo en el cine rozara lo ridículo en la proliferación de criaturas pulposas y plásticas en el cine B de esos años. Lo mismo en el posterior exploitation que sacó buenos dividendos mezclando el terror con el sexo y la pornografía suave. El terror contemporáneo tiene sabor a hamburguesa de queso, subraya King, y se disfruta mejor con una Coca-Cola bien helada.

La pregunta de rigor es cómo se entiende el cine fantástico de autor de los 70 en tal escenario. Defiende Danza Macabra la idea de que el fenómeno es más bien ajeno al género y tiene que ver con el desarrollo autoral de la cinematografía norteamericana en esa década. El Exorcista o El Resplandor se deben a una pequeña era de oro en la que los estudios apuntaban a un público adulto, muy exigente desde lo intelectual y donde los parámetros de la industria se medían desde la calidad de los guiones y la puesta en escena; no en los números de ticket recortados en el primer fin de semana. Filmes como los cuatro mencionados (dos de ellos, Carrie y El Resplandor, basados en novelas de King) tienen que ver más con El Padrino o Apocalipsis Now que con el miedo como especie narrativa.

¿Qué pasó entonces? Fácil: Steven Spielberg estrenó Tiburón en 1975 y George Lucas La Guerra de las Galaxias el 77 y la industria fílmica no fue nunca la misma. Los 80 y la era de Reagan nos regresó al pop B de los 50 y 60 y ya entrados los 90 la moral del fin de semana y sobre todo el alzamiento de los adolescentes como público principal para la industria, arrastró esta narrativa a una realidad donde nadie va a ver una película de terror para asustarse, sino para comer palomitas y hablar durante toda la función; con suerte saltar con una escena repentina (ayudada por efectivas bandas sonoras).

Los muertos caminan lento

Podemos, pese a todo, aspirar a un terror más maduro, que de alguna manera recupere el espíritu del miedo cinematográfico setentero. Pequeñas luces hay. Déjame entrar (2008), de Thomas Alfredson, el exquisito filme sueco que usó la idea del vampiro adolescente para armar una tremenda lectura acerca de la soledad en el siglo XXI: la manera como nos estamos relacionando y una nada de superficial crítica política y social al gobierno de Suecia, cultores de un régimen de excelencia y de supuesta gran calidad de vida pero que en esa fría perfección está haciendo de los niños –y adultos– máquinas sin emociones, o sea muertos vivos. Lúcida fábula que John Ajvide Lindqvist, autor de la novela original, extiende en Descansa en paz, su muy densa y madura historia acerca de una invasión de zombies a Estocolmo.

¿Qué pasa cuando tus muertos regresan y no estás preparado para ello? Los muertos vivos de Lindqvist son tranquilos, no atacan, pero vaya el peso que representan. Un espejo que The Walking Dead –la serie de comics de Robert Kirkman convertida en drama de televisión por Frank Darabont (Sueños de fuga)– ha sabido bien explotar: la producción de AMC/Fox tal vez sea la relectura más popular y potente que se está haciendo hoy del mito del resucitado. Si además nos detenemos en la sátira política contra el régimen cubano en Juan de los Muertos (2011), de Alejandro Brugués, hay bastante agua donde nadar.

Pero hay más. Stephen King anuncia para fines del 2013 su regreso con la secuela de El Resplandor, mientras su hijo, Joe Hill, brilla con novelas como Cuernos y la serie de historietas Locke & Key co-creada con nuestro compatriota Gabriel Rodríguez. En arenas parecidas el cineasta Guillermo del Toro ha sacado buenos dividendos regresándole la dignidad salvaje al vampiro con la Trilogía de la Oscuridad. Y atención, mucho ojo con Acero de Todd Grimson, quizás la mejor obra narrativa con vampiros desde Déjame entrar, una novela corajuda y compleja, cuya prosa ha sido comparada con la de Flannery O’Connor. Una buena noticia, los derechos del libro han sido adquiridos por Alfonso Cuarón, aunque no hay fecha de siquiera inicio de producción.

Ben Affleck, ganador del Oscar este año con Argo, ha confirmado el inicio de la preproducción de La Danza de la Muerte, basada en el libro homónimo de Stephen King acerca de un ataque biológico que devasta Estados Unidos y convierte el país en un terreno dominado por sectas religiosas, caníbales y fuerzas demoniacas. La película debiera estrenarse el 2014 junto a Crimson Peak, la revisión de Guillermo del Toro a uno de los mitos más exquisitos del horror gótico: la casa embrujada, temática que por lo demás aparecerá en los próximos meses en The Conjuring de James Wan, thriller sobrenatural sobre fantasmas que tiene lo peculiar de no haber incluido a ningún actor menor de 35 años en su elenco.
Stoker, de Park Chan-Wook, surge como la alternativa terrorífica más interesante para este 2013, un relato inquietante acerca de crímenes pasados, herencias familiares y un detalle que tiene que ver con el nombre de la cinta y su relación con el autor de la novela más famosa de vampiros de la historia, suma hacia dónde iría el secreto de la historia. Se trata de la primera película en inglés del director de Old Boy, un coreano que sabe manejar las artes de inquietar sin caer en lugares comunes o historias de amor injertadas a la fuerza.

Mama, del debutante Andrés Muschietti y producida por Guillermo del Toro, regresa sobre el tema de los niños como foco del miedo y la transformación de uno de los progenitores, en este caso la madre, en una fuerza demoníaca, tal cual ocurre con el personaje de Jack Nicholson en El Resplandor. El miedo dentro de la familia, otro tema que retorna esta temporada, por un lado en Guerra Mundial Z con Brad Pitt, basada en una de las mejores novelas acerca de muertos vivos y por otra en el remake de Carrie, que con Julianne Moore –en el papel de la sobre protectora madre de la niña síquica– promete ser más fiel a la novela de King de que lo que fue el filme original de Brian de Palma.

Al parecer, el horror adulto no estaba muerto sino escondido, con ganas de surgir a enterrar sus dientes. •••