Nunca pensó el partido más grande de Chile lo complejo que le resultaría esto de llegar al gobierno. Ahora lucha por superar sus diferencias internas y recuperar la unidad para hacer valer su posición ante La Moneda.

  • 22 marzo, 2011

Nunca pensó el partido más grande de Chile lo complejo que le resultaría esto de llegar al gobierno. Ahora lucha por superar sus diferencias internas y recuperar la unidad para hacer valer su posición ante La Moneda.

 

Nunca pensó el partido más grande de Chile lo complejo que le resultaría esto de llegar al gobierno. Ahora lucha por superar sus diferencias internas y recuperar la unidad para hacer valer su posición ante La Moneda. Por María José O’shea C.

 

Cualquier tiempo pasado fue mejor. La conocida frase de Jorge Manrique resuena hoy en los oídos de la UDI. Atrás quedaron los tiempos de gloria en que el partido –aún, el más grande de Chile– transpiraba vitalidad y convergencia, provocando la envidia de las demás colectividades del cuadro político local, por mucho que criticaran su tendencia al sectarismo. Esa UDI tenía una característica que la hacía distinta y que contenía la clave de su éxito: era un bloque unido, compacto, homogéneo y con un mando fuerte. Era, por lo mismo, de una eficacia enorme en el proceso legislativo.

Si bien no ha parado de crecer –tiene la bancada de diputados más grande (39) y cuenta con 8 representantes en el Senado, al igual que RN–, hoy el partido de Jaime Guzmán pasa por una crisis interna que se ha dejado sentir tanto en su poca influencia en el gobierno como en la fragmentación al interior de sus filas. El partido mayoritario de la coalición gobernante –y que prometió ser la “columna vertebral” de la administración de Piñera cuando optó por apoyar su candidatura– no ha podido encontrar su papel en este nuevo escenario. Un día sus representantes le pegan a La Moneda y al siguiente, se muestran como sus más fieles aliados.

Cuestión de afectos

Que la relación con el presidente Piñera siempre ha sido tensa, es un hecho de la causa. Tienen una genética demasiado distinta. No le entienden el humor, sienten que los atropella permanentemente, su helicóptero les violenta y se quejan de poca consideración. Un chancho en misa con el que tienen que obligadamente compartir la comunión. A él tampoco le sale fácil quererlos: los encuentra hipersensibles y, si bien requiere de su apoyo, no se ha jugado por darles el abrazo que los UDI necesitan ahora, ni ha querido ponerlos en la cabecera de su comedor.

Acostumbrados a vivir la política como una suerte de movimiento o tribu religiosa –buenos para los asados, la convivencia, el guitarreo en la fogata y hasta veranear juntos–, todavía los UDI no se bancan que La Moneda los haya tratado con poco afecto el primer año. Que a pesar de su potencia, en esta etapa de la Alianza hay alguien mucho más importante y poderoso que su partido.

A ello se suma un hecho físico: de los representantes que la UDI tiene en el gobierno, ninguno ostenta suficiente peso ni pertenece al círculo donde se toman las decisiones en La Moneda. Cristián Larroulet, Ena Von Baer, Felipe Kast y, más recientemente, Evelyn Matthei. Mientras, RN cuenta desde Rodrigo Hinzpeter hasta con el propio presidente encabezando la lista.

Este cuadro ha traído consigo un coletazo interno fuerte: la UDI hoy aparece revuelta, con varios remando para lados distintos y un capitán que se ha visto debilitado. Con reconocida habilidad para navegar en aguas turbulentas –“pero sin ensuciarse”, acotan– a Juan Antonio Coloma le reprochan falta de decisiones. “Le cuesta mucho quedar mal con alguien y, tanto en el partido como en La Moneda, le tienen sacada la foto”, dice un parlamentario. “La UDI necesita que la manden, ahí está parte importante de su éxito”, reclama un senador.

El origen

La esperanza parece estar en los mismos de siempre. A pesar de la cantidad de parlamentarios que reúne –y muchos de ellos jóvenes– la UDI hoy reclama la rearticulación de los famosos coroneles: Juan Antonio Coloma, Pablo Longueira, Andrés Chadwick y Jovino Novoa. Los cuatro jinetes que comandaron juntos al partido en sus tiempos de gloria y que representaban el ADN de la colectividad: tomaban todas las decisiones en conjunto, se cuadraban detrás de ellas y eran, por sobre todo, amigos.

Hasta que la relación se quebró. ¿Cuándo? Paradójicamente, el día en que el voto pisó por primera vez la sede de la Unión Demócrata Independiente. En marzo de 2006, Jovino Novoa anunció que no repostularía por otro periodo al mando del partido. Longueira había sido ya dos veces presidente. Chadwick, siempre el rostro del consenso, había dicho que no quería. Era, entonces, la hora de Coloma.

Pero no. Al senador por la VII Norte le salió al paso su par de la VII Sur, Hernán Larraín, con quien se enfrascó en una batalla en que ninguno de los dos cedió en su pretensión de liderar la UDI y obligaron al Alto Mando a votar entre uno y otro. Ganó Larraín quien, a pesar de llegar a la UDI de la mano de Jaime Guzmán, era distinguido como un “no histórico”. Longueira y Chadwick votaron por él. Ahí se quebraron la amistad y la famosa “mística” del grupo, de la cual tanto les gusta hablar. Comenzaron a desaparecer las comidas juntos los domingos y cada día fueron distanciándose más, mientras la UDI se aproximaba de a poco a un camino de democracia interna. A mayor democracia, mayor desorden. Una buena imagen hacia afuera, pero un lío hacia adentro.

Hoy la necesidad les está exigiendo volver a actuar unidos. Encabezar un proceso de definición del partido en este nuevo cuadro, para el cual ya se anunció un nuevo consejo directivo ampliado. La UDI tiene que analizarse. Debatir mirándose a las caras y no sólo en las páginas de los diarios. Hacer una catarsis y resolver cuál es su lugar en este nuevo escenario político.

¿Serán los coroneles capaces de rearticularse? La duda ronda. La esperanza de la generación de recambio está en que los cuatro senadores dejen de lado sus diferencias y vuelvan a actuar en bloque. Un desafío difícil, porque envuelve una paradoja: para el corto plazo, deben recomponer la amistad y levantar así el partido. Para el largo, aunque suene contradictorio, deben desprenderse del “amiguismo” y fortalecer la institucionalidad. No puede ser que, finalmente, el entusiasmo político de más de 80 mil militantes dependa de cuatro personas y los vaivenes de su relación. Así, nunca habrá recambio.