Reconozco sentir extrañeza ante la proliferación de emociones políticas. Me generan desconfianza. Soy malo para entregarme a las pasiones colectivas. Recuerdo haber asistido a las manifestaciones contra Pinochet antes del Plebiscito del 88, luego, a tomas y griteríos en la PUC a comienzos de los años noventa, y poco más. Salía incómodo de esos encuentros. Sentía una soledad abismal mientras observaba los acontecimientos a mi alrededor. Veía amigos que se convertían: tipos calmados que de un momento a otro marchaban inflamados de orgullo e ira. Sus caras de euforia y la fuerza que expelían son inolvidables. En cambio, mi falta de entusiasmo en las calles todavía es un defecto vergonzoso. Detesto la sumisión a la autoridad policial. En rigor, evito la angustia de estar en una multitud, incluyendo los conciertos.

Sé que estoy fuera de sintonía respecto de las preferencias ciudadanas. Los tiempos que corren han convertido en un panorama familiar asistir a marchas. Madres y padres salen a protestar en calidad de compañeros de sus hijos. Sienten que colaboran con el mundo, lejos de la indiferencia, pertenecen, tienen una voz común. Sin duda hay urgencias y necesidades que requieren ser reclamadas. Y sujetos que están en escenarios que solo llamando la atención con ferocidad logran visibilizar la desesperación que padecen. También existe una vibración en el ambiente que incita a participar, un placer asociado a perder la culpa y la identidad. Elías Canetti estudió los instintos que fraguan estas pasiones y sus consecuencias en su libro Masa y poder. Explica que “la masa se forma solo cuando los individuos que forman parte de ella se deshacen de sus diferencias y se sienten iguales”.

La irradiación del arte y los espectáculos políticos son un síntoma de las fracturas que tensionan la sociedad, pero sobre todo de su necesidad por expresarlas. Busca conectarse con la sensibilidad que se conmueve con obras cruzadas por discursos sobre la historia, sus víctimas y protegidos. Fui a ver Araña, la película dirigida por Andrés Wood, con la intención de encontrarme con una historia y personajes ubicados dentro de estas coordenadas. Me decepcionó, la verdad. El nulo espesor de los protagonistas los convierte en un grupo de pitucos desenfrenados y violentos dedicados a conspirar. Caricaturas que no convencen ni inquietan. Nunca supe de dónde venían sus furias, ni los ideales de Patria y Libertad. El carácter del fanático requiere asomarse a la psicología, es decir, a los miedos y contradicciones que lo definen. La locura y la idiotez están demasiado presentes en los protagonistas de Araña. A Wood le faltó agudeza para comprender la época que filma, su frecuencia vital. La cinta es un ejercicio moral pobre, facilón, en que la maldad es burda. Seguro que le irá estupendo en los festivales internacionales, ya que está hecha para un espectador que va tras la acción y los juicios resueltos.

Un caso distinto es la exposición O si no, de Carlos Altamirano, en el Museo de Bellas Artes. Impacta por su contundencia. Es una investigación visual de alguien que vivió la dictadura como un trauma. La intención no es condenar, sino hacer memoria, revisar el horror, incluso conmemorar a los desaparecidos. El pulso del inconsciente de Altamirano, con sus fijaciones y deseos, atraviesa estas obras sin pudor. Exhibe imágenes y objetos privados desquiciados por las pulsiones de muerte. Eso las transforma en singulares y raros: huellas genuinas de un dolor político íntimo.

En el horizonte cercano se ve que la contingencia continuará siendo un tema pesado. La sensación de amenaza ayuda a que se desplieguen los fanatismos. Los estados excepcionales se han vuelto una regla. Parte de los artistas se sienten llamados a documentar una realidad que creen maligna. La calma y la contemplación son el antónimo del temple que nos inunda. El fervor es aguardado. La fe en causas es promovida por negociantes. La libertad está siendo cuestionada porque acarrea injusticias enormes. Detenerse y tomar distancia es sancionado con desdén. Sustraerse, callar, bajar los brazos y dar vueltas apremiado por la angustia está fuera de la regla. Son actos de rebeldía ante el temor y la paranoia. Los más viejos conocemos períodos semejantes, etapas duras en las que es fundamental ubicarse en un lugar que permita cuestionar las consignas y describir sus contornos perversos.