Probamos la cosecha 2005 de Clos Apalta, de Casa Lapostolle, una mezcla en donde el carménère deja su impronta para dar vida a uno de los grandes tintos de Chile. Por Marcelo Soto.

  • 30 mayo, 2008


Probamos la cosecha 2005 de Clos Apalta, de Casa Lapostolle, una mezcla en donde el carménère deja su impronta para dar vida a uno de los grandes tintos de Chile. Por Marcelo Soto.

Probamos la cosecha 2005 de Clos Apalta, de Casa Lapostolle, una mezcla en donde el carménère deja su impronta para dar vida a uno de los grandes tintos de Chile. Por Marcelo Soto.

Cierra el City Bar y ahora me cuentan que bajará el telón uno de mis restaurantes favoritos, no tanto por la calidad de su cocina sino porque allí me siento como en casa: el Yoko, de calle Merced, pionero de la mesa de Japón en Santiago, será demolido para construir en su lugar uno de esos enormes y feos conjuntos habitacionales que empiezan a extenderse como una plaga por el centro. Así, sin que nadie reclame, vamos despojando a la capital de sus emblemas.

Pienso en esto mientras pruebo Clos Apalta 2005, de Casa Lapostolle, un vino chileno que puede ser considerado con toda seguridad un estandarte, una evidencia irrefutable de la alta calidad a la que pueden llegar los tintos de esa zona colchaguina. No soy el único que lo piensa, desde luego. El crítico de Wine Spectator James Molesworth decía en un artículo reciente que existen tres clases de vino de rango superior: los grandes vinos, los clásicos y los que marcan un punto de referencia. Estos últimos son los más relevantes y los más escasos, y en este exclusivo segmento colocó a Clos Apalta 2005, que en la misma revista obtuvo 96 puntos de un máximo de 100.

Como todos los vinos importantes, esta mezcla de carménère, merlot y cabernet Sauvignon necesita tiempo y un estado de ánimo especial para ser apreciado. Lo mejor es decantarlo una media hora antes. De un color vibrante y concentrado, una vez en la copa se va abriendo y la nariz crece en amplitud; la fruta negra se va entrelazando con la barrica hasta formar un todo sólido y rotundo. Hay ciruelas, higos secos, junto a especias dulces y café. En boca es de un carácter sofisticado, poderoso, contundente. Generoso en matices, profundo y vivaz, con una fruta cuya jugosidad llena el paladar. Uno de los grandes vinos de Chile, al que el carménère y el merlot aportan suavidad y el cabernet sauvignon, el andamiaje sobre el cual se sostiene el edificio.

Jacques Begarie, el enólogo de Clos Apalta, cuenta que hay un par de datos que explican la calidad de la cosecha 2005, probablemente la mejor de esta etiqueta: “Las uvas se desgranaron 100 por ciento en forma manual y por primera vez la vinifi cación en la bodega se hizo por la fuerza de gravedad. Aparte de eso, el vino estuvo dos años en barricas francesas nuevas. Yo pienso que para hacer vino necesitas uvas y cubas, y las dos cosas las teníamos y las condiciones climáticas fueron buenas”, dice, con sencillez.

Una de las cosas que se ha dicho de Clos Apalta es que en su mezcla había un componente no asumido de carménère  y Begarie reconoce que “siempre hubo, pero al principio quizá no era tan clara la distinción, no se sabía si era merlot chileno o carménère; hoy se ha transparentado, porque sabemos perfectamente lo que tenemos en el viñedo”.

Para definir la mezcla de Clos Apalta, la viña es asesorada por Michel Rolland, el famoso experto francés, a quien Begarie conoce desde los tiempos en que ambos trabajaban en Burdeos. “Sé muy bien lo que le gusta a Rolland, por eso para la cosecha 2005 le sugerí agregar un poco de petit verdot, y él estuvo de acuerdo”, explica. Begarie representa bien esa escuela francesa de hacer vinos, donde –como afi rma– no hay secretos: “Debes tener alta densidad, muchas plantas por hectárea, poco rendimiento por planta y parras viejas. Una vez que tienes eso, y aquí en Apalta las parras son de 50 años, sólo te queda esperar que la temporada te acompañe. Y yo he tenido suerte”.