La aparición de una caja de DVDs que resume lo mejor de la carrera de Elia Kazan obliga a detenerse en el episodio más trágico de la carrera del director: el instante que lo definió como artista y como persona. Por Christian Ramírez

 

  • 19 octubre, 2010

 

La aparición de una caja de DVDs que resume lo mejor de la carrera de Elia Kazan obliga a detenerse en el episodio más trágico de la carrera del director: el instante que lo definió como artista y como persona. Por Christian Ramírez

 

No hay caso. Las historias de ascenso, caída y redención nos fascinan, pero siempre y cuando vengan convenientemente formateadas, con víctimas y victimarios claramente identificados e insertados en el drama para generar la necesaria identificación. Quizás es por eso que, enfrentados a un drama real –en el que todos esos elementos se superponen y contradicen–, acabamos confundidos y buscando la puerta de escape.

Esa amarga sensación se repite ahora que la enorme Elia Kazan Collection –una antología de 15 filmes del director seleccionados por Martin Scorsese– comienza a girar y a recordar inevitablemente uno de los instantes más negros de la historia del cine americano: aquel abril de 1952 cuando Kazan, uno de los talentos más grandes surgidos de la posguerra, se sentó por segunda vez a declarar ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas e identificó a 10 personas como miembros y ex miembros del Partido comunista. Diablos, ¿qué estaba haciendo? Sacudirse de encima un amague de persecución política. Aplicar pragmatismo en tiempos de guerra fría. Ajustar cuentas con gente que lo había humillado en sus días de actor del Group Theatre. Y claro, lo insoslayable: convertirse en delator.

Los resultados fueron cataclísmicos. Una cosa eran las gruesas bravatas anticomunistas de John Wayne y sus amigos, pero otra muy distinta era presenciar cómo el virtual heredero directo de Nicholas Ray y una de las sensibilidades liberales más finas de Hollywood echaba por la borda sus principios, aferrándose a un salvavidas de plomo. La herida nunca se cerró: casi medio siglo después, cuando el fuerte lobby de Scorsese y De Niro a favor del director se concretó en un Oscar honorario (más que merecido, hay que decirlo), la mitad de los asistentes a los premios de la Academia del 99 se paraba a aplaudir y la otra se apernaba a sus asientos con visible expresión de vergüenza en sus rostros, mientras el anciano cineasta apelaba a un tremendo coraje para dar las gracias. ¿Había apostado mal, Elia?

El mismo se lo preguntaba a fines de los ochenta con motivo de la aparición de A life, un formidable libro de memorias en el que se prodigaba durante un centenar de páginas en torno al asunto. En vez de intentar el mea culpa o disculparse –por no haber estado a la altura del momento, por no haber previsto el juicio de la historia ni la rápida caída de quienes lo instaron a la delación– Kazan no se defiende. Opta por lo inesperado: deja expuesta la herida, profundiza en sus antecedentes y consecuencias. Se lanza hacia atrás –a sus días de tímido inmigrante y discriminado aspirante a actor–; luego hacia adelante, a sus tiempos de director laureado y, más tarde, desterrado por el sistema que ayudó a validar, recorriendo página tras página una ruta de expiación similar la que en su momento trazó con las monumentales Nido de ratas (1954), Al este del paraíso (1955), Baby doll (1957) y Esplendor en la hierba (1962). De hecho, ahí, en las películas. Es en éstas donde hay que buscar las respuestas de ese acto de traición, de fracasado y doloroso intento de asimilarse.

Tal como Scorsese afirma en A letter to Elia –su reciente documental sobre el cineasta incluido, por cierto en la caja– bien puede ser que la infamia cometida y sus desagradables consecuencias hayan sido las que transformaron a Kazan de mero director de moda en un artista para todas las épocas. El costo fue feroz. Y no sólo porque tipos que le debían todo, como Marlon Brando, le dieron la espalda (a fin de cuentas, eso es sólo chismografía), sino porque –aunque se diga lo contrario– el autoexamen dista de ser un camino de perfección. El propio director lo vivió en carne propia al tener que autofinanciar en 1963 su proyecto más acariciado: América América, el relato de cómo su tío Stavros abandonó Grecia huyendo de la represión turca para arribar a un Estados Unidos que, de imaginada tierra de promisión, rápido se revelaba como un lugar tanto o más salvaje que su tierra natal. Algo que su sobrino Elia tuvo que averiguar y sufrir por sí mismo. Como todos, pues.

Kazan (casi) al completo
¿Qué viene en la caja de Kazan? Todo o casi todo lo que importa del legado del director. Están sus películas de formación -A tree grows in Brooklyn (1945), Boomerang (1947), Pinky (1949)-; la trilogía con que expurgó sus culpas de guerra fría –Panic in the streets (1950), Man on a tightrope (1953), A face in the crowd (1957)-; sus cintas oscarizadas –Gentleman’s agreement (1947), Un tranvía llamado deseo (1950), Nido de ratas (1954), Al este del paraíso (1955) y sus clásicos del cambio de década: Baby doll (1956), Río salvaje (1960), Esplendor en la hierba (1962). A estos se suma A letter to Elia (2010), el documental de Scorsese, y dos debut en DVD: Viva Zapata (1951) y la gigantesca América América (1963), uno de los grandes filmes de la era sonora. Monumental, como la caja que la aloja.