Chile es número uno mundial en financiamiento de pensiones, manejo de las finanzas públicas y políticas del Banco Central. Se trata de tres dimensiones en las que no sólo hay diseños bien pensados y conectados con las lógicas de la aritmética económica, sino que también de pilares institucionales con alto nivel de consenso.
POR ROBERTO SAPAG

ace pocos días se conoció el Informe de Competitividad Mundial 2012 que elabora el IMD de Suiza a partir de 131 datos estadísticos “duros” y 115 antecedentes cualitativos que se levantan con encuestas a ejecutivos y líderes de opinión. Bajo un encabezado poco estimulante (Chile retrocede tres lugares en el ranking internacional), en el detalle del informe hay algunas claves que es necesario mirar con detención para tenerlas en cuenta en los tiempos que corren, tan marcados por la incertidumbre y el vértigo económico.

Y es que no es menor que un país como el nuestro sea referente mundial, número uno, en tres dimensiones especialmente significativas en el momento actual que atraviesan las principales economías del mundo. Ser, como somos, modelo mundial por el sistema de pensiones y su esquema de financiamiento; por el impacto positivo que han tenido y tienen las políticas que ejecuta el Banco Central y por el adecuado manejo de las finanzas públicas no sólo debe producir satisfacción, sino que también invita a escarbar la superficie para detectar las cuestiones que tienen en común y que permiten afrontar con tranquilidad las turbulencias actuales.

Los desequilibrios inmediatos y de riesgo inminente y los desbarajustes de largo plazo que hipotecan las cuentas macro (sobre todo pensionales) de los otrora países modelo ponen aún más de realce que en Chile haya tres cimientos institucionales tan bien asentados. Y es que se trata de instituciones en torno a las cuales hay altos niveles de consenso y que suponen un reconocimiento a lógicas económicas elementales, pero increíblemente poderosas.

Ahorrar en tiempos de abundancia para disponer de los recursos en momentos de escasez, acumular fondos durante la vida activa para solventar la vida pasiva, entregar esos ahorros a sistemas de administración estrictamente establecidos (fondos soberanos/fondos de pensiones) son de una racionalidad tan evidente que cuesta creer que tan pocos lo hagan. Lo mismo ocurre en materia monetaria, en donde desde hace más de dos décadas existe en Chile un Banco Central autónomo enfocado en estabilizar variables críticas para el desenvolvimiento económico (los precios, la moneda y el sistema de pagos).

Implementadas durante el gobierno militar, en plena transición y en democracia, es decir a lo largo de los últimos 30 años, estas tres instituciones hoy hablan con datos duros, como reconoce el ranking del IMD. Con reservas internacionales acumuladas por el Banco Central que superan los 40.000 millones de dólares; con fondos soberanos de estabilización económica y financiera y de reserva de pensiones que se acercan a los 20.000 millones de dólares y con fondos de pensiones que se empinan cerca de los 200.000 millones de dólares, Chile cuenta hoy con un importante nivel de municiones para afrontar la incertidumbre, arsenal que justamente se relaciona con los tres ámbitos en donde el país es número uno a nivel mundial.