Fueron una banda seminal del pop en castellano y nada se parecía a ellos. Ni en Argentina ni en España, que estaban a la vanguardia del rock en español, había algo que sonara igual. A Electrodomésticos les bastó un par de discos fundamentales –Viva Chile (1986) y Carreras de Éxitos (1987)– para dejar una marca […]

  • 3 junio, 2013
Electrodomésticos

Electrodomésticos

Fueron una banda seminal del pop en castellano y nada se parecía a ellos. Ni en Argentina ni en España, que estaban a la vanguardia del rock en español, había algo que sonara igual. A Electrodomésticos les bastó un par de discos fundamentales –Viva Chile (1986) y Carreras de Éxitos (1987)– para dejar una marca aún no superada.

Aunque se reformularon a mediados de la década pasada –e incluso sacaron un disco- junto a músicos como Gabriel Vigliensoni y Cuti Aste, hoy el grupo vuelve en grande. Con la dupla esencial que les dio vida, Carlos Cabezas y Silvio Paredes, más la baterista Edita Rojas, el 3 de julio lanzarán su cuarto disco de estudio, titulado Se caiga el cielo. El estreno será a todo dar, en uno de los principales teatros de la ciudad.

No es la única novedad de la banda. Hace poco se lanzó en formato vinilo el álbum doble Electrodomésticos De Luxe (EMI) que contiene sus dos primeros trabajos, a estas alturas auténticos clásicos. En otro ámbito, el documental El frío misterio, de Sergio Castro San Martín, se ha presentado con gran éxito de crítica: relata la historia del grupo a través de los testimonios de distintos personajes de la cultura subterránea de los 80.

Formado por dos estudiantes de arte (Paredes y Ernesto Medina) y un ex controlador de tráfico aéreo (Cabezas), Electrodomésticos sobresalió inmediatamente por su propuesta vanguardista y experimental. En su universo sonoro se encontraban la electrónica futurista, el post punk y la new wave inglesa, combinados con samplers recogidos de la vida chilena de esos años como las predicciones de la pitonisa Yolanda Sultana o las prédicas dominicales del evangelizador norteamericano Jimmy Swaggart.

Nos juntamos con Cabezas y Paredes en su estudio de grabación en Providencia. Hablamos de sus inicios y de lo que aprendieron en el camino. Escuchamos en exclusiva algunos tracks del nuevo álbum y no hay duda: Electrodomésticos están de vuelta. En plena forma.

-¿Cómo se inicia esta sociedad llamada Electrodomésticos?

Carlos Cabezas: Nos conocimos el año 1983. Yo soy ovallino y veraneaba en Tongoy y en ese balneario conocí a Ernesto Medina (el guitarrista original de la banda, que participó en los dos primeros discos). Esos meses del verano fueron los inicios del grupo, cuando con Ernesto nos juntábamos a guitarrear y a meter un poco de bulla.

Silvio Paredes: Yo estudiaba Grabado en la Católica y Ernesto cursaba Pintura en la Chile. Él acostumbraba ir a mi escuela a tocar guitarra y yo también en esa época andaba con ciertas revelaciones musicales. Cuando finalmente nos juntamos con Carlos, tuvimos en común descubrir la música y eso trastornó definitivamente nuestras vidas. Fue una experiencia muy intensa.

-Carlos, no eras un adolescente cuando empezaron a tocar.

CC: No, para nada. Yo partí a los 26 años. Era una idea que siempre me había rondado, pero me costó un buen tiempo tomar la decisión. Pensaba que la música exigía estudiar un instrumento por muchos años y tener una formación académica. Fue luego de un viaje a Inglaterra que me embalé. Allá me di cuenta que hacer música era algo más común de lo que pensaba, porque en todos lados te encontrabas con chicos tocando.

-A diferencia de Silvio y Ernesto, que eran estudiantes de Arte, tú trabajabas como Controlador Aéreo. Eran dos mundos aparentemente opuestos.

CC: No sé si existía una diferencia tan fundamental con ellos a pesar de venir de un ambiente de trabajo tan formal. Yo venía muy entusiasmado por toda la cosa electrónica y ésa era mi volada. Había estudiado un par de años de Ingeniería en la Santa María y por ahí había empezado con esa afición, armando circuitos, osciladores, cosas que encontraba muy novedosas.

SP: Carlos trabajaba y nosotros éramos estudiantes universitarios que tenían todo el tiempo del mundo. Pero no había diferencias en términos de actitud frente a la vida. Y nunca fue factor de división en nuestra comunicación. Sí en términos prácticos: el hecho de que Carlos trabajara le permitía conseguir instrumentos y máquinas que de otro modo habrían estado fuera de nuestro alcance.

-Una vez conformado el trío, ¿cómo impulsaron su proceso creativo? Ustedes no eran la típica banda pop del rock latino de los 80.

CC: El taller creativo que se armó entre nosotros fue bien interesante. Como Silvio y Ernesto eran artistas, nuestra asociación fue súper abierta en términos experimentales. Estábamos en la búsqueda constante de nuevas texturas y paisajes musicales, que de alguna manera metaforizaban lo que ellos estaban desarrollando en las artes visuales. Y, por mi parte, yo venía con esta obsesión con las máquinas, allí encontramos un terreno común. Éramos los tres todo el rato y pasábamos todos los días juntos.

-Una patota creativa…

CC: Claro. Teníamos nuestro lenguaje y nuestros códigos propios. Siempre estábamos grabando y experimentando en busca de una mirada propia. Nuestra postura era crítica porque te dabas cuenta de algo clave: todas las historias sobre las que se construía la moral social chilena eran una gran farsa. Entonces era fácil trabajar con eso, resaltábamos esa dualidad y así fuimos generando parte del contenido que se expresa en nuestra música.

-Y Carlos abandonó la torre de control del aeropuerto…para hacer música underground.

CC: Llevaba 9 años trabajando en la torre de control y como que ahí la cosa ya se ponía más brígida. Empezaba a convertirse en una especie de carrera funcionaria, me tenía que proyectar como jefe de aeropuerto, ese tipo de cosas. Pero gracias a mi amistad con Armando Gotelli, hoy dueño de Audio Música, que en ese entonces era ingeniero de vuelo de LAN, la balanza se empezó a inclinar hacia la música. Él traía cosas de EE.UU. y yo le encargaba equipos que eran muy difíciles de conseguir en Chile. Cuando Gotelli deja LAN e inicia esta cosa de venta de instrumentos, me fui con él y partimos con un local de ventas en el Crowne Plaza. Esos eventos condujeron a mi decisión de meterme de lleno en la música.

-¿Cómo enfrentan la composición musical en esos primeros años?

CC: Con Silvio y Ernesto desarrollamos un sistema alternativo de trabajo, nada que ver con los métodos tradicionales de partitura. Nuestra manera “moderna” consistía en utilizar las máquinas para suplir la carencia de destrezas musicales. No teníamos baterista, porque tener una sala de ensayo ya era todo un rollo, y tener un baterista con batería era simplemente una misión imposible. Por eso empezamos con baterías programadas. En vez de partituras, grabábamos todo, lo escuchábamos e íbamos armando nuestra cosa. Utilizamos todas las tecnologías que estaban a nuestro alcance para esconder nuestra falta de virtudes técnicas con los instrumentos.

-La integración de la tecnología se convirtió finalmente en su marca registrada.

CC: Lo interesante de esos años, era que el tema de la electrónica era algo muy novedoso. Hoy es muy distinto, casi no queda mucho por inventar. En esos tiempos te quedabas pegado por horas con un solo sonido como me sucedió con un Electro Harmonix que traje el año 81. Es imposible describir la sensación, debe haber sido como cuando salió la distorsión en la guitarra eléctrica.

-Ustedes desarrollaron una propuesta musical muy diferente a la de los otros grupos de la época. Eran conocidos por su intelectualidad y por la oscuridad de su lenguaje escénico.

CC: Tiene harto que ver con la época que nos tocó vivir. Era la dictadura y la cosa no daba para más. Estábamos fuera del establishment en términos bien amplios, porque la típica canción protesta ya era parte de lo establecido y también nos sentíamos bien lejanos de todo el mundo político porque nos cargaba toda la política. Desconfiábamos de todos los políticos desde los de extrema izquierda a los de extrema derecha. La venta de pomada ya era muy indecente. Era un hastío generacional contra el lenguaje dramático y autoflagelante que existía en la izquierda que tampoco conducía a mucho. Estábamos en una dictadura que nos tenía súper restringidos, con toques de queda todo el tiempo, lo que para muchos llegó a ser algo natural.

-Ese hastío generacional del que hablan produjo un movimiento artístico subterráneo bien importante para la cultura del país.

CC: La curiosidad, la necesidad de información y el interés por saber cómo realmente eran las cosas, generó un movimiento donde estaban Alfredo Castro, Ramón Griffero, Vicente Ruiz, que yo entendía como un movimiento de supervivencia social. Habíamos llegado a un estado límite donde se activaron nuestros propios mecanismos de defensa. La cosa no daba para más.

-Y ustedes reflejan ese estado de cosas en el ámbito de la música.

CC: La situación del país fue fundamental para hacer lo que hicimos. Lo nuestro era una reacción a ese contexto y necesitábamos mostrarlo y exhibirlo. Si juntamos a Jimmy Swaggart y Yolanda Sultana fue para exponer los contrastes y todo el sinsentido que tenía la situación social en que estábamos metidos. Eso concentraba gran parte de nuestros esfuerzos. Además, esta mirada muy crítica en términos sociales, venía de un ámbito lejos de la política, lejos de la religión, como una cosa de guata, de supervivencia humana en términos muy básicos. Los artistas y gestores que aparecen en esos años le dieron un poco de aire a Chile y una esperanza de superar lo podrido que estaba todo en esa época, lo desolador del panorama.

SP: Ir a lugares como el Trolley o el Garage de Matucana 19, era como encontrar vida más allá de la muerte.

Pop, política y arte

-¿La formación académica de Silvio y Ernesto como artistas tuvo una influencia especial en su propuesta musical?

SP: El hecho de que Ernesto y yo hubiéramos estado metidos en arte por supuesto que influyó en nuestra propuesta. Nosotros estábamos hablando desde el arte, por eso nacían cosas tan raras como el tema Andy Panda va a Alemania con Goebbels hablando en el fondo mientras vivíamos en plena dictadura de Pinochet. Eran formas que surgían desde nuestro humor negro, y de las fórmulas y ecuaciones que venían desde el contexto plástico y de las artes visuales. No armábamos una canción denuncia, íbamos como construyendo un Frankenstein.

-¿Eran conscientes del mensaje político de su música?

CC: No éramos conscientes de los mensajes concretos, estábamos conscientes sólo de querer mandar señales de vida. Muchos años después hay gente que dice que lo que nosotros hicimos fue súper político, incluso más político que lo que se hacía en el ámbito de los partidos. Pero nosotros estábamos absolutamente lejanos a esa reflexión. Claro, desde la distancia, el tema Señores Pasajeros -cuya letra era similar al discurso de un vendedor ambulante en una micro– hoy me parece mucho más política que la canción protesta típica, que ponía a la realidad como una postal.

-Y a pesar de ser unos tipos raros fueron firmados por una transnacional como EMI.

CC: Fue una época bien curiosa. Después de años que las radios sólo tocaban música en inglés, la aparición de Charly García y el movimiento del rock argentino, nos reveló que se podía hacer rock en español. Y la EMI se interesó en nosotros porque éramos los huevones más raros de ese paquete del rock chileno.
Recuerdo una anécdota cuando nos llevaron a un programa de televisión que producían las hermanas Colodro donde había una zapatilla gigante. Ellas querían que nosotros apareciéramos desde dentro de esa cosa. Nosotros le dijimos que no, que ni cagando. “Too much” les dijimos. Lo divertido fue que tiempo después supimos que a las señoras Colodro se les había quedado pegada la muletilla del “too much” y la usaban todo el rato.

-En el tiempo con EMI incluso fueron a tocar a Buenos Aires.

CC: Claro, participamos en el lanzamiento de uno de los primeros discos de los Soda Stereo. Estaban comenzando los Cadillacs, Los Twists… fue un momento increíble para nosotros y la gente rayó con lo que hacíamos. Tocamos en el teatro Santa María. En Argentina no existían grupos en la misma parada que nosotros, quizás Sumo era lo más parecido a nuestra línea.

SP: Nosotros éramos unos pollitos en Argentina, nos sacaron a pasear un par de noches y quedamos hechos pebre. ¡El problema fue que no habíamos hecho el curso de rock intensivo! (risas) Así que no nos quedaba más que mirar y dejarnos llevar.

Electro versión 2013

-¿Cómo surge el nuevo disco?

SP: Esta vez el 100% de los temas fueron creados y concebidos por Carlos. Recuerdo cuando Carlos se empezó a inspirar y comenzó a salir la música. Lo vi tan identificado con el cuento que lo único que atiné a decirle fue: “Vuélvase a Tongoy y manténgame informado, porque está todo pasando”.

CC: Cada músico tiene su manera de hacer las cosas. Hay gente que lee un artículo del diario, lo convierte en poesía y luego le pone una música a eso. Yo no soy por ese lado. Tampoco creo en eso de que a uno le llega una melodía del cielo. Para mí es poner toda tu experiencia de vida. Al principio la música aparece de manera difusa, con una base, un acorde, una atmósfera y poco a poco vas abriendo un espacio que llama ciertas experiencias personales de forma intuitiva. Creo que para componer bien tienes que vivir harto. No tienes que estudiar tanto.

-Es un método de composición medio holístico.

CC: Trato de interponerme lo menos posible. Apenas aparece un elemento que me interesa, lo sigo y busco lo que me dice el sonido, no pongo mi voluntad. No es componer sobre esto o eso. La vocalización intuitiva es un segundo paso, que gatilla luego ciertos textos que tienen que ver con experiencias de vida. Este nuevo disco tiene harta vida, porque hay mucha acumulación de experiencias.

SP: Con Carlos hemos hablado que existe un lugar, un espacio donde habita esta entidad llamada Electrodomésticos. Este  disco marca el regreso a un carácter más sombrío y oscuro, pero no de mortandad, sino de espesor existencial. Sónicamente es más experimental que lo que hicimos en Nueva canción chilena (2004), es más denso, tiene una cosa más industrial.

-En cuanto a los textos. ¿Cómo enfrentaste la composición?

CC: Desde el comienzo aprendí que el rock por su origen anglosajón posee un ADN lingüístico distinto al nuestro. Por eso uno de los intereses que he tenido es cómo hacer para que esa diferencia de lenguaje no genere productos forzados. El rock en español es medio bastardo en ese sentido. Y una manera de evitar eso, ese Frankestein, fue que la música hiciera surgir los textos y, por ende, las palabras y el ritmo de las palabras. Yo sigo la música, y es ella la que me va soplando las letras, así vas logrando una intimidad a prueba de fuego con la música. No son textos narrativos. Son más bien existenciales como me decía Héctor Castillo (mezclador del álbum) y poseen un nivel de nitidez superior al de los discos anteriores.

-¿Entonces es el mejor disco de Electrodomésticos?

CC: Son doce canciones escritas y compuestas específicamente desde el presente reconquistando el espacio de Electrodomésticos en los términos más amplios de exploración y experimentación sonora. Aquí, al menos, está toda mi experiencia en producción musical. Es un disco hecho con la máxima honestidad, que nace de abrir la guata y dejar que todo salga de ahí.

-¿Posee más capas sonoras?

CC: Este disco tiene muchas capas, más que todos los discos anteriores juntos. Lo bueno de hacer un disco así es que aunque los temas cueste que entren, también cuesta que se vayan. Cada vez que lo escuchas vas encontrando cosas distintas. Las cosas que proponemos no son obvias y tienen múltiples lecturas. Puede que se demore más en ser aceptado pero te habita más también.

-Trabajaron con Christian Heyne. ¿Cómo los ayudó en la concepción del disco?

CC: Heyne es un productor mateo que se preocupa que el disco tenga una coherencia con todo el trabajo de tu vida. Él nos conoce mucho y tiene una visión clara de quiénes somos y de dónde venimos. Él ve nuestros puntos ciegos, porque es un tipo culto, que estudia quién eres, que hace la pega. Heyne nos ayudó a hacernos cargo del espacio de Electrodomésticos. También nos ayudó a defendernos de nosotros mismos, de nuestro propio juicio, a no contenernos, y a no perder lo visceral.

-¿Qué vínculos tiene con trabajos anteriores?

CC: Viva Chile y Carreras de éxitos definieron nuestro punto de partida como músicos. Nosotros no somos esos dos trabajos, hace mucho tiempo que dejamos de serlo. La coherencia creativa de Se caiga el cielo con esos discos tiene que ver con la actitud en términos de composición y experimentación de sonidos. En ese tiempo los sonidos que usábamos eran todos nuevos, porque se estaban inventando los instrumentos. Ahora ya no existe ese contexto, ya no hay sonidos nuevos, pero lo que sí sigue siendo parte de nuestro ADN es buscar relaciones sonoras distintas como lo hicimos especialmente en el primer disco.

-Trabajaron con Dave McNair, que participó en el último álbum de David Bowie. ¿Qué opinión se llevó?

CC: Dave McNair dijo que había alucinado con el disco. Ese comentario es bien importante para uno, porque te dice que nuestra música es un lenguaje que se puede entender en otros lados. Te da confianza de que si vas para allá no vas a caer en el vacío. Uno es muy poco objetivo con lo que hace, por eso necesitas este tipo de halagos, sino vas a pensar toda tu vida que tus ideas son muy raras. •••