• 9 noviembre, 2018

La política es un juego de expectativas. Por eso los políticos le dedican tanto tiempo a subir o bajarlas. Warren Kinsella, un consultor político que trabajó con el ex primer ministro canadiense, Jean Chretien, decía que hay que los candidatos deben subestimar su propio valor y luego superar las expectativas: undersell y overperform, decía.

En las elecciones de medio tiempo recién celebradas en los Estados Unidos, el Partido Demócrata hizo todo lo contrario. Como consecuencia, muchos se despertaron el miércoles en la mañana con una sensación de derrota, a pesar de que lograron un importante triunfo: le quitaron la mayoría a Donald Trump en la Cámara de Representantes. Con eso, no solamente podrán enredar o derechamente impedir gran parte de la agenda trumpista, sino que tomarán el control de las comisiones legislativas que podrán profundizar investigaciones al presidente y sus asociados. En los próximos dos años saldrán a la luz muchos más detalles sobre las actividades empresariales de Trump y su familia, los impuestos pagados (o no) por ellos, las relaciones entre su campaña y Rusia, entre otros.

A la vez, estas elecciones sirvieron para entregarle a la política estadounidense un nivel de diversidad nunca antes visto. Más de un centenar de mujeres en la Cámara de Representantes, dos mujeres musulmanas, dos mujeres indígenas, un gobernador homosexual y muchos otros hitos del mismo tipo a nivel estatal.

No son logros menores, sin embargo, muchos quedaron con gusto a poco, por a lo menos tres razones.

Primero, ocurrió un fenómeno parecido al de las elecciones presidenciales. No es que las encuestas se hayan equivocado, es que la traducción del voto popular a escaños está intermediada por reglas de juego que favorecen al Partido Republicano, o que los Republicanos saben explotar mejor que los Demócratas. En el caso de las elecciones presidenciales es el Colegio Electoral. En el caso de las votaciones legislativas es el redistritaje y el uso de supresión de votos.

Son los estados los encargados de determinar los límites de cada distrito electoral. Más o menos cada diez años, después de un censo, el partido a cargo del estado hace todo lo posible para diseñar distritos que sean políticamente convenientes.

Por otro lado, la supresión de votos ha vuelto a ser un tema, desde que la Corte Suprema declarara que algunas secciones de la Ley del Derecho a Voto de 1965 “están basadas en hechos de hace cuarenta años que no tienen ninguna relación lógica con la actualidad”. En otras palabras, se les entregó más libertad a los estados a permitir estrategias de discriminación en las elecciones (las elecciones están gobernadas por los estados, con distintas reglas en cada uno). El resultado ha sido que más de mil lugares de votación se han cerrado en sitios con poblaciones mayoritariamente afroamericanas y en algunos estados se han instaurado normas que exigen tipos de identificación para votar que discriminan en contra de poblaciones indígenas, latinos y afroamericanos.

Segundo, el Partido Demócrata llegó muy cerca, pero no logró derrotar a algunos personajes importantes, como el Senador Ted Cruz en Texas, o Ron DeSantis, candidato a gobernador de Florida. En ambos casos, los candidatos demócratas representaban grandes esperanzas del partido, no solamente para llegar al Congreso, sino como futuros presidenciables. Sin embargo, la reelección de figuras como Kirsten Gillibrand y Amy Klobuchar al Senado, indican que no hay una escasez de nombres nuevos a la lista de pre-candidatos. Lo que los Demócratas aun no tienen bien resuelto es si deben girar hacia la izquierda, como sugieren Bernie Sanders y Elizabeth Warren, o mantenerse en el centro, y así atraer a votantes que tal vez en el pasado han votado por republicanos pero que no soportan a Trump. Los resultados de esta semana no dan muchas pistas al respecto.

Y tercero, los demócratas siguen sufriendo de un tipo de soberbia. Si bien entienden que existe un sector de la población que se siente ignorada por la política tradicional y abusada por un sistema económico que los ha dejado atrás, simplemente no se explican cómo pueden votar por alguien como Donald Trump, especialmente después de todo lo que ha dicho y hecho en los primeros dos años de su mandato. Como dijo el comentarista de CNN, Van Jones, “La esperanza ha sido que comenzarían a funcionar los anticuerpos. Que esta infestación de odio y división inspiraría una respuesta del pueblo americano a decir, “No, no más.” Parece que eso no está ocurriendo.”

El optimismo, y la decepción con la cual los demócratas han reaccionado a los resultados de estas elecciones de medio término, sugieren que siguen atrapados por las lógicas de la política norteamericana tradicional, y que aún no han aprendido las lecciones de 2016. Las reglas del juego han venido cambiando desde hace muchos años, tanto desde el punto de vista institucional (sistemas de votación, reglas de financiamiento política, etc.) como del electorado (“qué se vayan todos!”).  Trump no las cambió. Trump es el resultado.