Para hacer buenos vinos no basta usar la calculadora, algo que en Chile pocos entienden.

  • 19 marzo, 2008


Para hacer buenos vinos no basta usar la calculadora, algo que en Chile pocos entienden.

 

Para hacer buenos vinos no basta usar la calculadora, algo que en Chile pocos entienden. Por Marcelo Soto

 

Los que dicen que no hay almuerzos gratis no conocen la amabilidad gallega. Hace un par de años estuve en esa región del norte de España escribiendo un reportaje sobre la albariño, variedad que produce excelentes blancos, algunos de clase mundial, y me sorprendieron el entusiasmo y la hospitalidad de los viñateros que entrevisté. Pese a que yo venía de un país lejano, sin referencias –ni siquiera una credencial– y trabajaba para una pequeña revista especializada que en España por razones obvias nadie conocía, me recibieron con los brazos abiertos.

 

Recuerdo sobre todo a Pepe Rodríguez, socio de la viña Adegas Galegas, tipo encantador y apasionado por el vino, quien me dio una larga entrevista, me mostró los viñedos y me permitió probar todos sus vinos, sin pedir nada a cambio. Después de un almuerzo con los más finos manjares gallegos, entre ellos la lamprea, que parece una larga y gruesa culebra marina, de aspecto horrible y sabor inolvidable, me dijo: “si pasas por A Guarda –bello balneario en la frontera con Portugal– anda al restaurante X y pregunta por tal”. Así lo hice, unos días después, y en el lugar estaba el chef, quien me preparó un apoteósico banquete de doce o quince platos, incluyendo todos los pescados y mariscos que uno pueda imaginar.

 

Pienso en eso mientras espero en una viña chilena a un enólogo con el que quedé de encontrarme a la 12.30 horas. He viajado cuatrocientos kilómetros desde Santiago y ya son las 13.20 y la persona no da señales de vida. Para empeorar las cosas, ni siquiera me permiten pasar a una recepción, sino que debo esperar al lado del camino, bajo un sol abrasador. Cuando por fin aparece, me dice que tuvo que recibir al dueño de la viña y que por eso no pudo llegar antes. Está claro que hubo un error. Sin embargo, las disculpas suenan poco convincentes.

 

No creo que a los periodistas haya que tratarlos con guantes de seda, pero quizá en estos detalles menores se exprese una diferencia sustancial. Mientras en Galicia el vino es un oficio que se ama, una tradición milenaria, en Chile aún hay empresas que lo ven como un asunto meramente de números, un negocio que da prestigio, estatus. El vino es una industria y como tal debe ser rentable, pero no olvidemos que se trata de un producto complejo, que puede darnos placer, ayudar al romance y la amistad, e ncluso emocionarnos. Porque habla de un origen, de una tierra en un momento determinado y también de su gente. Yo, por mi parte, cada vez que pruebe una botella de Galicia recordaré la generosidad de Pepe Rodríguez.