La necesidad de reformar el sistema penitenciario es tan antigua como su creación, aunque el debate salga a la luz sólo cuando se produce un hecho dramático: una fuga, un motín o un incendio con más de 80 muertos. La historia enseña que hay muchas buenas intenciones pero poco realismo para enfrentar el tema. Por Alejandro San Francisco

 

  • 27 diciembre, 2010

 

La necesidad de reformar el sistema penitenciario es tan antigua como su creación, aunque el debate salga a la luz sólo cuando se produce un hecho dramático: una fuga, un motín o un incendio con más de 80 muertos. La historia enseña que hay muchas buenas intenciones pero poco realismo para enfrentar el tema. Por Alejandro San Francisco

 
 
 

En su trabajo clásico sobre el nacimiento de las prisiones, Michael Foucault señala que “la reforma de la prisión es casi contemporánea de la prisión misma. Es como su programa”. Uno de los problemas, como argumenta el mismo autor, es que “conocidos son todos los inconvenientes de la prisión, y que es peligrosa cuando no es inútil. Y sin embargo, no se ve por qué reemplazarla”.

La cárcel no nació como un capricho de los legisladores, sino como expresión de la voluntad de adecuarse al progreso de las ideas humanitarias, así como de la moderación de las costumbres. En efecto, este tipo de sanción contra los delincuentes reemplazaba de manera más civilizada a las antiguas formas de coerción contra los antisociales, que iban desde la tortura hasta la pena de muerte, pasando por diversos tipos de humillación pública.

En la historia del progreso de los derechos de la persona, como ha ilustrado recientemente Lynn Hunt en La invención de los derechos humanos, un aspecto importante fue la abolición de la tortura y el castigo cruel. La transformación, en parte, se dio por la empatía, la compasión, la capacidad de “sentir” el dolor ajeno y, por lo tanto, de rebelarse contra esas formas de penuria evitable.

La cárcel, en este contexto, pasaba a ser una fórmula avanzada, que permitía por una parte hacer justicia contra quien violaba las leyes de la sociedad, privándolo de su libertad; pero por otro lado apostaba a la reinserción de los delincuentes en la misma sociedad, a través de un proceso de rehabilitación basado en criterios humanitarios, religiosos y laborales, entre otros.

El origen en Chile

El sistema de prisiones chileno se formó fundamentalmente en el siglo XIX, en un proceso que aparece narrado en la excelente y documentada investigación de Marco Antonio León titulada Encierro y corrección. En las primeras décadas de la república, entre 1810 y 1841, el nuevo régimen coexistió con “el empleo sistemático del horror público como mecanismo de disciplinamiento social y represión política”, en una forma de “escarmiento premoderna” tal como describe el interesante estudio El último suplicio, de Antonio Correa, referido a las ejecuciones en esos años.

El desarrollo del sistema de prisiones no fue fácil y se ensayaron diversas fórmulas. Cárceles de hombres y de mujeres, escuelas correccionales y sistemas de trabajo, regeneración del alma asociada a la confinación del cuerpo, sistemas de aislamiento total del reo y fórmulas más sociabilizadas, reformas a las leyes penales y transformaciones administrativas en la Dirección General de Prisiones.

Los esfuerzos, sin embargo, siempre parecían insuficientes. La población penal aumentaba de manera considerable, y si en 1897 había 37.869 personas en las cárceles, en 1911 la cifra llegaba a más de 50 mil. En esos años la prisión coexistía con la pena de azotes, fórmula que recibía críticas por su inhumanidad e inutilidad y que muchos gendarmes se negaban a aplicar.

Hacia 1910, en el año del centenario, el sistema seguía en deuda. Como resumió Luis Emilio Recabarren en Ricos y pobres a través de un siglo de vida republicana, “el régimen carcelario es de lo peor que puede haber en este país”. ¿Qué había sucedido?

Detrás de las rejas

En un artículo publicado en 1890, el jurista Robustiano Vera, gran observador del sistema de prisiones de Chile, hacía la siguiente reflexión: “nuestro régimen carcelario está basado en la mentira. No es exacto que tengamos cárceles, presidios ni penitenciarías. Lo que existe en toda la República bajo el nombre de prisiones son casas corruptoras, donde la promiscuidad completa la obra de depravación que se comienza en la vida libre”. Recabarren, escuetamente, llegó a sostener que la cárcel era la escuela “más perfecta para el aprendizaje y progreso del estudio del crimen y del vicio”.

Efectivamente, la violencia entre los reos, como las que ocasionó recientemente el incendio en la cárcel de San Miguel, tienen larga data en Chile. Entre las razones, según afirman Daniel Palma y Marcos Fernández en su Historia de la vida privada en Chile, destacan el hurto que se producía entre los reos, la participación de los presos en juegos de azar y la existencia de relaciones afectivas –sodomía– entre ellos. El propio Fernández revela, en otro estudio, “el fracaso permanente de la rehabilitación”, anhelo siempre deseado por juristas y gobernantes, que contrastaba con la difícil realidad de la reincidencia delictual y la transformación de los ex presidiarios en verdaderos parias sociales. El tema cobraba un carácter todavía más dramático cuando quienes sufrían las desgracias eran niños caídos en el crimen, ayunos de educación y condenados a una pobreza perpetua.

En un texto tan ilustrativo como doloroso, en el libro Sinceridad. Chile íntimo en 1910, de Alejandro Venegas (el Doctor Valdés Cange), se recrea una situación producida en la cárcel de Iquique: “me contaba un guardián el repugnante espectáculo que se repite en la cárcel cada vez que ingresa un menor de edad… Llega el muchacho, e inmediatamente se ve asediado por una multitud de pretendientes que se insultan y repelen entre sí; sin experiencia, sin fuerzas para defenderse, el infeliz se ve obligado a entregarse a uno de aquellos monstruos, por lo común al más capaz de defenderlo de los demás. Ese muchacho pasa a ser el cabrito del preso preferido y desde entonces hace vida marital con él”. El autor asocia el problema a los lupanares donde se desarrolla el vicio de la sodomía, en complicidad con el “monstruoso régimen carcelario” chileno. Desde la perspectiva penitenciaria, ilustra también sobre el absurdo de la coexistencia de menores y adultos en un mismo lugar. El viejo sueño de los pensadores sobre los delitos y la organización social destacaba dos dimensiones de las cárceles. Por una parte, era la sanción justa que correspondía a quienes habían violado la convivencia con sus actos delictuales. Por otro lado, la cárcel debía ser un lugar de regeneración que facilitara la reinserción social. Contrastado con la realidad, todo indica que tal anhelo estaba –y está– lejos de cumplirse.

El fracaso eterno

Podemos decir, tras dos siglos de vida independiente, que el futuro soñado no llegó. Así lo resume Marco León: “la cárcel de nuestros días pareciera ser sólo objeto de debate cuando se produce un hecho espectacular: una fuga en helicóptero, un motín sangriento o la violación de un menor durante una visita de día domingo”. A estos casos podríamos añadir el de un incendio con más de 80 muertos, como sucedió tristemente a fines de 2010.

Las cárceles no han sido ni son (¿serán algún día?) lugares donde la nación pueda enviar a sus hijos descarriados para que vuelvan después a servir precisamente a esa sociedad, dejando de lado los delitos, los malos ambientes y el círculo vicioso de la autodestrucción.

Cada cierto tiempo aparecen ideas más o menos creativas, llenas de buenas intenciones y de caridad, pensando en la prevención de los delitos más que en su represión. Así, se habla de educación para la vida y las virtudes, acceso al trabajo para evitar la necesidad de delinquir. También ha habido propuestas que promueven la recuperación de los reos para la sociedad, la rehabilitación verdadera a través del trabajo honesto, la asistencia espiritual y religiosa o bien el acceso a la educación formal que los reos no obtuvieron en el mundo libre. Como profecía autocumplida de males y delitos futuros, cada gobierno promete más cárceles, creación de espacios para la reclusión y para recibir a los nuevos delincuentes, en una fórmula que deje atrás el escandaloso hacinamiento en el que viven los presos ante la indolencia culpable de autoridades y compatriotas.

La realidad demuestra que los reos son dejados de lado por una sociedad que los prefiere tener olvidados recibiendo su merecido castigo. Así fue en el siglo XIX, en el XX y a comienzos del siglo XXI. Tiene que ocurrir una desgracia para que rápidamente surjan un reclamo por condiciones de vida mejores para los reos, la petición del respeto por su dignidad y los deseos fervientes por la reinserción social. Lamentablemente, en la práctica esos deseos sólo significan, una vez más, un discurso oportunista –incluso frívolo– en medio de la desgracia.

Para leer
Michel Foucault, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión (Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2005, 1a edición, 4a reimpresion en Argentina [1975 en París]), 314 paginas.

El escritor francés, preocupado de los mecanismos de control social, publicó en la década de 1975 este ensayo que se ha convertido en un texto histórico y metodológico fundamental para estudiar el tema de la cárcel, la delincuencia y las formas estatales de enfrentar el problema de la delincuencia y los castigos.

Marco Antonio León, En cierro y correccion. La configuración de un sistema de prisiones en Chile (1800-1911) (Santiago, Universidad Central de Chile, 2003), 3 tomos.

Es el trabajo más completo que existe sobre la historia del régimen carcelario chileno en su primer siglo de vida independiente. Se trata de una verdadera historia social del país en el siglo XIX, con gran capacidad de análisis y uso de una amplia documentación, que se refiere tanto a las prisiones como a los delincuentes que las habitaban.

Marcos Fernandez, Prisión común, imaginario social e identidad. Chile, 1870-1920 (Santiago, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana/Editorial Andres Bello, 2003), 243 paginas.

El libro aborda las prisiones chilenas de fines del siglo XIX y comienzos del XX, enfatizando tanto las condiciones de vida de los reos como las representaciones sociales que existían sobre ellos. Así, se estudian los hombres populares y sus formas de vida, además de incluir un interesante análisis de la “fotografía criminal”. Antonio Correa Gomez, El ultimo Suplicio.

Ejecuciones públicas en la formación republicana chilena 1810- 1843 (Santiago, Ocho Libros Editores, 2007), 142 paginas.

Estudio novedoso sobre la pena de muerte en Chile a comienzos del siglo XIX, desde el motín de Figueroa hasta los comienzos del régimen portaliano. Incluye tanto los casos de delincuentes comunes como las ejecuciones por razones políticas, así como un análisis del discurso oficial sobre el tema, a través de la prensa y otros documentos.