Hacer una película es complejo. Entonces, ¿por qué Eastwood lo hace parecer tan fácil?

  • 23 diciembre, 2008

 

Hacer una película es complejo. Entonces, ¿por qué Eastwood lo hace parecer tan fácil? Por Christian Ramírez.

Si me hubieran dicho hace unos meses que Clint Eastwood volvería a repetir la gracia de estrenar dos cintas casi al mismo tiempo –tal como lo hizo en 2006 con sus filmes sobre la batalla de Iwo Jima–, lo habría puesto en duda. Pero aquí estamos, empezando otro verano en que lo más interesante por delante es un nuevo doblete de Clint: El sustituto y Gran Torino. Claro que, a diferencia del díptico bélico –emparentado en tiempo, lugar y tono–, esta pareja no puede ser más distinta. La primera película nació destinada a postular al Oscar: fue rodada con todo cuidado, sin reparar en gastos, con Angelina Jolie de protagonista y una campaña publicitaria que se venía fuerte. Pero desde su estreno en noviembre ha perdido considerable terreno y nada menos que a manos de la segunda. Mientras la comunidad se preparaba para celebrar por anticipado a Jolie como Mejor Actriz, Gran Torino apareció de la nada, producto de un capricho o de una súbita tincada del realizador, quien la rodó con mínimos gastos en tres semanas de septiembre con él mismo en el papel principal.

De modo que Clint –ahora, virtual candidato a Mejor Actor, a sus 78 años– le está robando el show a Angelina. Y con algo de justicia. Ambientada a fines de los años 20, en un Los Angeles meticulosamente recreado en digital, El sustituto (Changeling) parte como el calvario de una madre soltera que enfrenta la desaparición de su hijo, y luego se expande hasta configurar un amplio fresco de corrupción mediática al centro del cual está la policía de la ciudad que –obsesionada por dar a la tragedia un final feliz– “recupera” un niño que la madre no reconoce como suyo.

A su manera, la película es la otra cara del feroz circo publicitario que se armaba en torno a los soldados de La conquista del honor, pero en este caso el registro se inclina hacia el lado de lo grotesco o lo funerario. Y, aunque Jolie hace lo que puede por llenar los zapatos de Joan Crawford (a quien le iba como anillo al dedo esta clase de dramas), el resultado desbalancea la penetrante mirada que el director suele dirigir hacia las fisuras de su país.

Mirada es lo que sobra en Gran Torino, el otoñal relato de Walt Kowalski, un jubilado que, con la viudez y su creciente soledad, debe adaptarse a una nación que cambia aceleradamente y que sus propios prejuicios raciales le impiden reconocer como suya: incapaz de lidiar con sus hijos y nostálgico de los días en que otros inmigrantes (irlandeses, polacos, italianos) poblaban el barrio y la ciudad (una fantasmal Detroit), el tipo profesa abierto desprecio a sus nuevos vecinos asiáticos pero, paradójicamente, termina por acercase a éstos cuando la seguridad de esas familias se ve amenazada.

Quizá porque es el filme más simple, desnudo y sentido que Eastwood jamás haya intentado, muchos se han creído con la autoridad para vincular Gran Torino a la lectura que más les importa: “el filme” de la actual crisis económica, registro de un cambio radical en la sociedad americana, primera cinta de la era Obama, gran homenaje a los últimos westerns de John Wayne, virtual cierre de saga del detective Harry Callahan, despedida anticipada de Clint… Todas las anteriores podrían aplicarse, aunque la que más me gusta es la que alude a la fenomenal quietud y paz a la que aspira toda la historia; porque, aunque exista una gran cuota de Dirty Harry en la amargura y la reprimida violencia de Walt, al horrible costo de tener que ejercerla y dañar de paso a los otros, Eastwood opone el silencio y la compasión. Es la imparable fuerza de ambas lo que mueve sus bellísimas imágenes.